Por: David Segal.  15 diciembre, 2017
Panorámica de París, Francia.
Panorámica de París, Francia.

París. El teléfono suena mucho en Empresas de la Región Parisina, una ventanilla única para las empresas que deciden llevar a sus empleados a la Ciudad Luz. Por lo general, las personas que llaman preguntan sobre visas y minucias de la ley laboral, pero no hace mucho, un ejecutivo de Japón llamó con una pregunta sin respuesta: “¿Dónde están los clubes de baile?”

“Se trataba de un tipo de club del que nadie había oído hablar”, comentó Robin Rivaton, el director ejecutivo de la organización. “Una especie de club social para ejecutivos y sus esposas. Uno de los chicos hizo algunas llamadas por aquí y por allá y encontró uno al oeste de París”.

Hasta hace poco, este tipo de servicio personal era inimaginable. Desde hace tiempo, Francia es conocida por su abierta hostilidad a las corporaciones y su desconfianza por la riqueza personal. Los impuestos eran elevados, las normas incomprensibles y “No es posible” era la respuesta automática a cualquier pregunta, si es que una empresa lograba encontrar a la persona correcta para hacer la pregunta.

Ahora, el país está en medio de un intento épico para cambiar la imagen nacional. Las leyes laborales se están modificando para agilizar el proceso de contratación y despido. La nueva legislación ha eliminado el “impuesto a la riqueza” que se decía que alejaba a los millonarios del país. Se está trabajando en tribunales con jueces que hablan en inglés y se está construyendo una nueva escuela internacional para dar servicio a los niños de los ejecutivos extranjeros.

Existe un sentido de urgencia detrás de estos cambios. Cientos de empresas financieras podrían necesitar reubicar a miles de trabajadores que se encuentran en Londres, antes de que el Reino Unido abandone la Unión Europea para finales de marzo de 2019, en el proceso de retirada que se conoce como brexit. De lo contrario, estas empresas perderían sus derechos de pasaporte financiero, que les otorga un acceso privilegiado a los 27 países que se quedarán en la Unión Europea.

Esto ha desatado una competencia internacional en la que hay mucho en juego entre un puñado de ciudades que esperan convertirse en la capital financiera de Europa.

El tiempo de decidir es inminente. Los avances en la negociación del brexit solo han resuelto cuestiones preliminares que permiten el comienzo de las negociaciones de la siguiente ronda. Conforme al calendario actual, el acuerdo final se debe firmar mucho antes de la fecha límite de marzo de 2019.

Reñida competencia

París compite con Dublín; Fráncfort, Alemania; y Luxemburgo en un concurso en el que la belleza no es el principal factor. Lo que más se valora en las salas de juntas es que las leyes, las normas y la cultura sean amigables con los negocios, que es el tipo de cálida bienvenida que París alguna vez se negó a ofrecer con una actitud desafiante.

“Cuando creces en Francia, ninguno de los héroes de los que aprendes son emprendedores”, comentó Brigitte Granville, profesora de economía en la Universidad de Londres Reina María, quien estudió en Francia. “Cuando alguien se hace rico en Francia, la gente pregunta de inmediato: ‘¿Qué hizo para hacerse de ese dinero? Debe ser una persona desagradable’”.

Los orígenes de esta actitud por lo general se remontan a la Revolución Francesa, que, explicó Granville, elevó la igualdad para convertirla en una especie de religión. Cuando François Hollande declaró durante su campaña presidencial en 2012: “Mi enemigo es el mundo de las finanzas”, estaba resumiendo un sentimiento bastante común.

Ahora, una nueva generación de líderes franceses, muy en especial el presidente Emmanuel Macron, que apoya el libre mercado, está tratando con todas sus fuerzas de deshacerse de esta reputación anticapitalista. Durante su campaña, visitó Londres, donde residen unos 400.000 expatriados franceses, y los exhortó a regresar a Francia e “innovar”. Desde su elección, el gobierno ha comenzado una campaña extremadamente agresiva para captar empleos provenientes de Londres.

Comenzó el día en que se anunciaron los resultados del voto del brexit, el 24 de junio del año pasado. Esa tarde, Empresas de la Región Parisina bombardeó con anuncios decenas de sitios web (“Elige la región parisina” no fue un eslogan muy atractivo). Unas cuantas semanas más tarde, se enviaron por correo 4.000 cartas a empresas de todo el mundo.

Para octubre de ese año, los funcionarios de un distrito financiero en París colocaron anuncios atrevidos en los aeropuertos y estaciones de trenes de Londres, con divertidas ocurrencias: “¿Cansado de la neblina? ¡Prueba las ranas!” Después vino el momento de congraciarse y dar instrucciones. En febrero de este año, una delegación de líderes franceses en el ámbito político y empresarial se reunió con más de 80 ejecutivos en el piso 37 de Shard, un edificio icónico del distrito financiero de Londres.

Los políticos locales han predicho que 10.000 empleos relacionados con el brexit acabarán por mudarse aquí, creando unos 10.000 empleos indirectos más. No se sabe con claridad si la ciudad llegará a esa cifra, pero un puñado de anuncios sugieren que al menos París está en el juego.

HSBC comentó este verano que podría llevar a 1.000 empleados de París a Londres. En septiembre, Bank of America estaba negociando alquilar un espacio de oficinas no lejos del Arco del Triunfo, con planes para mudar inicialmente a 300 empleados a la Ciudad Luz.

Voces de protesta

En Francia, los cambios legislativos y los esfuerzos del brexit tienen su cuota de críticos, muchos de los cuales los consideran una prueba más de que Macron es el “presidente de los ricos”.

“La idea de que las empresas no se establecen en Francia debido a los impuestos elevados es una falacia que nos dicen para aprobar políticas que son difíciles de justificar a los ojos de la población”, comentó Alexandre Derigny, vocero de la Confederación General del Trabajo, un grupo de organizaciones sindicales.

El cambio de imagen de Francia ha inspirado algunas burlas afuera del país también. Para alguien como Nicholas Mackal, director ejecutivo de Luxemburgo para las Finanzas, una asociación pública y privada que promueve al país como un centro de negocios, esta estrategia tiene un ligero tufo de desesperación. Se siente orgulloso de decir que el gran ducado no ha recurrido a las tácticas que se han desplegado en París.

“Me van a acusar de vapulear a los franceses”, dijo mientras tomaba té hace poco, “pero a principios de este año anunciaron que harían que los reguladores hablaran inglés. Nosotros no necesitamos hacer eso porque nuestros reguladores ya lo hacen y siempre lo han hecho”.

A Francia podría tomarle años realmente alterar su imagen, si es que puede hacerlo. Sin embargo, además de los compromisos que han hecho varios bancos, hay pocos signos que indiquen que esta iniciativa dará buenos resultados.

En un tuit de mediados de noviembre, el director ejecutivo de Goldman Sachs, Lloyd C. Blankfein, alabó el compromiso del gobierno francés con los cambios económicos, describiéndolos como “primeros pasos”.

“Sorprendido con la energía positiva aquí en París”, escribió. Y solo para enfatizar lo que su audiencia ya sabía, agregó: “¡Y la comida también es buena!”