Por: David Gelles.  6 abril
Los fundadores impetuosos y ambiciosos de WeWork, una red global de espacios de oficinas compartidos, quiere nada menos que transformar la forma en que trabajamos, vivimos y jugamos.
Los fundadores impetuosos y ambiciosos de WeWork, una red global de espacios de oficinas compartidos, quiere nada menos que transformar la forma en que trabajamos, vivimos y jugamos.

​En una fría mañana de febrero, el esqueleto de un edificio de 15 pisos se empezaba a elevar a lo largo del East River de Nueva York. Una moderna estructura de vidrio irguiéndose por encima de los oxidados y centenarios muelles secos del astillero Brooklyn Navy Yard, le notificaba al vecindario industrial sobre la llegada de la nueva economía.

El proyecto, Dock 72, es la idea de WeWork, la empresa de arranque neoyorquina de rápido crecimiento valuada en la enorme suma de $20.000 millones.

En sólo ocho años, WeWork ha construido una red de 212 espacios laborales compartidos alrededor del mundo. Sin embargo, Adam Neumann, el cofundador y director ejecutivo de WeWork, no está conforme con sólo ofrecer en renta oficinas comunitarias.

Neumann —un larguirucho israelí de 38 años y cabello largo— desea transformar de manera radical la manera en que trabajamos, vivimos y jugamos.

Cuando Dock 72 esté terminado, habrá un enorme espacio de co-working (trabajo cooperativo), un spa de lujo y oficinas grandes, diseñadas y administradas por WeWork, para otras compañías como IBM y Verizon.

“Si realmente quieres cambiar al mundo, cambia a los niños cuando tienen 2 años”, dijo Adam Neumann, cofundador y director ejecutivo de WeWork.

Habrá un bar de jugos, un bar real, un gimnasio con estudio de box, una cancha de basquetbol al aire libre y vistas panorámicas de Manhattan. Además, restaurantes y quizá hasta tintorería y peluquería.

Será el tipo de lugar del que nunca tendrás que salir hasta que necesites ir a dormir —y si Neumann se sale con la suya, dormirás en uno de los departamentos que ofrecerá en renta cerca de allí.

Neumann, que creció en un kibbutz (comuna israelí), está llevando la vibra comunal a la oficina.“¿Cómo cambias al mundo?”, preguntó Neumann. “Uniendo a la gente. ¿Dónde es el lugar más fácil para reunir a la gente? En el ambiente de trabajo”.

Simplemente al alentar a desconocidos a compartir una cerveza en la oficina, argumenta, WeWork puede curar a la sociedad fracturada estadounidense. Podría sonar simplista, pero alrededor del mundo, hay compañías que están comprando cualquier cosa que Neumann y su cofundador, Miguel McKelvey, estén vendiendo.

WeWork se ha expandido rápidamente a 20 países, ha armado un formidable equipo ejecutivo y ha atraído a unos 200.000 miembros. Compañías grandes como JPMorgan Chase y Siemens están firmando como inquilinos, y los ingresos están creciendo rápido: se espera que superen los $2.300 millones este año.

La compañía presumiblemente de co-working emplea ahora instructores de yoga, arquitectos, maestros, científicos ambientales, ingenieros de software, biólogos moleculares y psicólogos sociales.

En el 2010

Neumann y McKelvey, un arquitecto de Oregon, de 47 años, que creció en un colectivo, empezaron con un espacio de co-working amigable con el ambiente en Brooklyn. Lo vendieron y luego iniciaron WeWork en el 2010. Las personas pagan tan sólo $45 mensuales por acceso ocasional a un escritorio en un área común.

Las startups, o empresas de arranque, pueden pagar unos cuantos miles de dólares mensuales por una sala privada, y algunas compañías grandes pagan millones de dólares al año por espacios que albergan a miles de empleados en múltiples locaciones.

Desde hace años, las compañías grandes han subcontratado el procesamiento de nómina, los servicios de limpieza y la seguridad. No es exagerado imaginar que una mayor cantidad de ellas esté subcontratando el diseño y mantenimiento de sus oficinas a una compañía como WeWork.

Y cada vez más empresas —GE, HSBC, Salesforce y Microsoft, entre otras— están afiliándose.

Debido a que WeWork está construyendo tanto espacio y comprando tanto mobiliario, dice Neumann, puede renovar y operar una oficina por una fracción de lo que las compañías normalmente gastarían.

Neumann cree que crear un ambiente laboral y habitable donde la gente conviva es, de hecho, una innovación que cambia al mundo.

Más que la mayoría de las compañías, WeWork promueve el consumo de alcohol como una virtud social. Pósters en la pared motivan a las personas a tomar una copa. Pero muchas mujeres han compartido haberse sentido incómodas con lo que describieron como una cultura de fraternidad estudiantil.

Aun así, en setiembre, WeWork abrirá su proyecto más ambicioso hasta la fecha: un jardín de niños, WeGrow, creado por la esposa de Neumann, Rebekah, de 39 años. El costo de la colegiatura: $36.000 al año.

“Si realmente quieres cambiar al mundo, cambia a los niños cuando tienen 2 años”, dijo Neumann.