Por: Cade Metz y Adam Satariano.  Hace 5 días
Google, Apple y Amazon establecieron centros de investigación e ingeniería en Gran Bretaña por medio de la adquisición de universidades locales. Estos gigantes han invertido cientos de millones de dólares.
Google, Apple y Amazon establecieron centros de investigación e ingeniería en Gran Bretaña por medio de la adquisición de universidades locales. Estos gigantes han invertido cientos de millones de dólares.

Cuando los pasajeros descienden del tren y salen de la estación hacia la plaza, no alcanzan a ver las agujas de la capilla de King’s College ni las torres del gran patio de Trinity College. Para llegar a la Universidad de Cambridge, todavía es necesario tomar un taxi. Lo que sí pueden ver desde la plaza es un edificio de oficinas construido con piedra y cristal, que tiene un área cubierta en la azotea. En su interior, Amazon diseña sus drones voladores.

A solo una cuadra, en su propio edificio de piedra, Microsoft diseña una especie de chip para inteligencia artificial. Un poco más adelante, se encuentra otro edificio más, que ostenta el logotipo de Apple en color azul. Ahí, varios ingenieros trabajan para ampliar las capacidades de Siri, el asistente digital incluido en el iPhone con el que es posible hablar.

Desde hace varios años, los periodistas, planificadores urbanos y otros funcionarios de gobierno han utilizado el sobrenombre Silicon Fen para referirse a esta área, pues esperan que esta zona ubicada a las afueras de Cambridge, donde antes no pasaba gran cosa, se convierta en la versión británica de Silicon Valley.

El uso de este nombre, que hace referencia a las extensas marismas que rodean a Cambridge (Fens o fenlands, en inglés), no se ha extendido. Sin embargo, el concepto sí se encuentra arraigado, por lo que las nuevas potencias tecnológicas del mundo han comenzado a mudarse al área y a contratar a los mejores ingenieros e investigadores, en particular en el floreciente campo de la inteligencia artificial.

Su llegada es un estímulo positivo para la economía británica, que se espera sufra algunos contratiempos tras su salida de la Unión Europea. Apple, Amazon y Google establecieron centros de investigación e ingeniería en el Reino Unido mediante la compra de empresas surgidas de las universidades locales, una estrategia en la que invirtieron millones (e incluso cientos de millones) de dólares.

En Cambridge hay más de 4.500 empresas de alta tecnología, que dan empleo a casi 75.000 personas, muchas de las cuales se trasladan de otros lugares, según el grupo de contacto empresarial Cambridge Network.

Investigadores e ingenieros

Al otro lado de la calle de las oficinas principales de Amazon en Cambridge, la empresa de chips informáticos ARM, que forma parte del gigante tecnológico japonés SoftBank, mudó hace poco a un grupo de ingenieros a un conjunto de oficinas temporales. A unos cuantos metros de ahí, se construye otro edificio, en el que el conglomerado tecnológico surcoreano Samsung pronto instalará otro laboratorio de inteligencia artificial, donde trabajarán unos 150 empleados entre investigadores, ingenieros y otro tipo de personal.

“Alguien que no ha estado aquí en los últimos 20 años podría preguntarse: ‘¿Es acaso el mismo lugar?'”, señaló Claire Ruskin, directora ejecutiva de Cambridge Network, mientras conducía por la ciudad una tarde.

No obstante, los edificios que se alzan frente a la estación de trenes son un recordatorio de que el Reino Unido no cuenta (y tampoco Europa) con su propio motor de internet, una potencia corporativa capaz de guiar al mundo por nuevos rumbos en materia técnica, cultural y política. La mejor candidata era ARM, pero SoftBank la compró en 2016.

En Londres, a 45 minutos en tren desde Cambridge, se encuentra DeepMind, un laboratorio de inteligencia artificial que podría considerarse el líder del sector en este momento. DeepMind encabeza una revolución tecnológica que, según muchos, transformará las normas económicas y sociales por todo el mundo. Google la adquirió en 2014.

“Claro que las grandes empresas existentes son bienvenidas”, comentó Matthew Hancock, secretario de Estado británico encargado de la política digital. “Sin embargo, estamos decididos a garantizar que la siguiente generación de empresas surja aquí”.

Una mañana hace poco, Chris Bishop, quien supervisa a Microsoft Research Cambridge, contemplando la vista panorámica de Cambridge desde la ventana de su oficina en el quinto piso del edificio, señaló los picos de la capilla de King’s College que se asomaban a la distancia detrás de los árboles, y dijo: “Alan Turing estuvo ahí”.

El gobierno británico dijo que para el 2020 otorgaría financiamiento para 200 nuevos doctorados en inteligencia artificial y campos relacionados, además de invertir un total de $500 millones en educación técnica, digital y matemática en todo el Reino Unido.

En 1950, en su ensayo titulado Maquinaria computacional e inteligencia, Turing, el matemático, experto en decodificación y pionero informático británico, se preguntó si las máquinas podrían pensar algún día. Bishop, investigador especializado en inteligencia artificial egresado de Oxford, quien trabajó en la Universidad de Edimburgo antes de mudarse a Cambridge, considera que su trabajo es solo un eslabón más en el amplio legado británico.

Bishop se incorporó al laboratorio en 1997, poco después de su fundación. En esa época, Microsoft era el gigante tecnológico que pagaba sumas considerables para convencer a los principales académicos de participar en este tipo de investigación corporativa. Ahora que la inteligencia artificial es el tema principal en las mejores empresas tecnológicas, es común pagar sueldos elevados a los académicos.

Muchos de estos investigadores, al igual que otros destacados investigadores expertos en inteligencia artificial, no nacieron en el Reino Unido. De cualquier forma, a quienes definen las políticas locales les preocupa que el talento local se vaya a las empresas extranjeras.

“En el Reino Unido tenemos a algunos de los mejores investigadores especializados en inteligencia artificial del mundo”, afirmó Wendy Hall, profesora de Ciencias de la Computación en la Universidad de Southampton. “¿Cómo podemos evitar la fuga de cerebros del sector de inteligencia artificial a Estados Unidos, o a empresas estadounidenses, en todo caso?”.

El año pasado, el gobierno británico encargó a Hall y a Jerome Pesenti, director ejecutivo de BenevolentAI, una empresa emergente dedicada a la inteligencia artificial con sede en Londres, un informe sobre la situación de ese sector en el país. Solo unas semanas después de darse a conocer el informe, Pesenti comenzó a trabajar para Facebook. Ahora es vicepresidente de inteligencia artificial en las oficinas de la empresa en Nueva York.

“Es un ejemplo perfecto del problema que enfrentamos”, se lamentó Hall. “En cuanto destacas un poco en este mundo, atraes interés, en particular de los gigantes de Silicon Valley”.

El informe subrayaba la necesidad de aumentar el presupuesto de las universidades. En unos meses, el gobierno respondió que para 2020 otorgaría financiamiento para 200 nuevos doctorados en inteligencia artificial y campos relacionados, además de invertir un total de $500 millones en educación técnica, digital y matemática en todo el Reino Unido.

No todos aplauden

En Cambridge, es necesario responder preguntas más complejas en lo que respecta a la división entre la academia y la industria. Incluso quienes han logrado prosperar financieramente gracias a la dinámica existente no saben con certeza dónde fijar los límites.

Zoubin Ghahramani, profesor de Cambridge, le vendió una empresa emergente a Uber y ahora es su director científico, además de mantener vínculos con la universidad. A Ghahramani le preocupa la fuga de cerebros de Europa en el campo de inteligencia artificial, por lo que ha promovido la creación de un instituto de investigación europeo que contrate a personas de la región que de otra forma decidirían trabajar para una empresa de Silicon Valley.

Steve Young, uno de sus colegas de Cambridge, que es un investigador respetado en el campo de reconocimiento de voz y le ha vendido empresas a Microsoft, Google y Apple, enfatizó que es “casi imposible” que la universidad compita por personal con las empresas tecnológicas, lo que significa que no habrá muchos catedráticos para educar a la siguiente generación de estudiantes. “Esta situación podría tener consecuencias muy graves”, advirtió.

No pudo contener la risa en cuanto hizo ese comentario. Young trabaja para la universidad y para Apple, donde el reclutamiento es parte importante de su trabajo. “No contrato a nadie de Cambridge”, bromeó.

Muchos aplauden el enorme cambio económico que estas adquisiciones ayudan a impulsar en Londres y Cambridge. Pero no todos están tan contentos.

El año pasado, un nuevo desarrollo habitacional de Cambridge fue víctima del vandalismo y quedó cubierto de grafiti con la frase en latín: Locus in Domos Loci Populum. Según los reportajes de la BBC, la traducción de esta frase es “vivienda local para la gente local”. Conforme aumentan los salarios de los empleados tecnológicos, se disparan los precios de la vivienda y la gente del área va quedando excluida. Es otra característica que hace a Silicon Fen más parecida a Silicon Valley.