Por: Jim Rutenberg.   11 enero
El comediante Hasan Minhaj en el set de Patriot Act, su nuevo programa semanal de noticias satíricas en Netflix. La decisión del servicio de transmisión para eliminar un episodio de la
El comediante Hasan Minhaj en el set de Patriot Act, su nuevo programa semanal de noticias satíricas en Netflix. La decisión del servicio de transmisión para eliminar un episodio de la "Ley Patriota" de su servicio en Arabia Saudita plantea dudas sobre si los gigantes del entretenimiento lucharán por valores como la libre expresión.

Conforme al artículo 6, párrafo 1 de la Ley Anticibercrímenes de Arabia Saudita, lo siguiente se castiga hasta con cinco años de cárcel: “Producción, preparación, transmisión o almacenamiento de material que transgreda el orden público, los valores religiosos, los principios morales públicos y la privacidad, mediante redes de información o computadoras”.

Es como la “Primera Enmienda”, pero invertida.

La semana pasada, nos enteramos de que el reino había alertado a Netflix por haber violado el estatuto con un episodio de su programa de comedia Patriot Act, el cual protagoniza Hasan Minhaj, un comediante musulmán estadounidense. ¿Cómo? Minhaj se atrevió a poner en duda al príncipe heredero Mohamed bin Salmán respecto de la conclusión a la que llegó la CIA de que él ordenó el asesinato del disidente saudita Jamal Khashoggi y de las atrocidades que ha cometido Arabia Saudita en la guerra en Yemen.

Tal vez la queja de los sauditas no fue tan sorpresiva. Como cualquier monarca autoritario que valore su sierra para huesos, el príncipe heredero Mohamed bin Salmán no soporta las críticas, razón por la cual Arabia Saudita ha incrementado el encarcelamiento de periodistas, críticos y rivales.

Lo impactante fue la docilidad supina de Netflix. Después de sacar el episodio de su catálogo saudita, el servicio de vídeos de emisión en continuo le comentó a The Financial Times que simplemente respondía a “una válida solicitud legal”.

Sumemos otros diez pasos a la retirada de Estados Unidos del lugar que ocupaba en la vanguardia de la libertad de expresión y la expresión política.

Solo fue un episodio en un país. Además, los sauditas que se mueran por verlo aún lo pueden encontrar en YouTube.

Sin embargo, cada vez que los líderes estadounidenses —ya sean políticos o empresariales— son cómplices de un paso pequeño para las represiones dictatoriales, significa un brinco gigantesco para las fuerzas que ahora tienen tanto éxito restañando la libertad de expresión y el disentimiento por todo el mundo.

Una gran pregunta

Esta situación de Netflix produce una gran pregunta: ahora que los nuevos caciques de los medios en Estados Unidos crecen a un ritmo impresionante y se expanden hacia cada rincón y rendija del mundo donde se los permitan los gobiernos, ¿están obligados a defender los valores universales sobre los que se fundó su país de origen, como la libertad de expresión?

Pareciera que cada vez es más frecuente ver cómo las ganancias, la expansión y quizás un poco de cobardía superan los mismos principios que hicieron posible que las industrias estadounidenses de las noticias y el entretenimiento se convirtieran en lo que son… y que permitieron que Netflix existiera en primer lugar.

No soy tan inocente como para no entender que este es el costo de volverse un actor dominante en la industria de los medios en esta época, cuando el éxito se mide en cuántos cientos de millones de usuarios más puede atraer una empresa.

“El precio de las acciones mide los ingresos que se esperan en el futuro y estos dependen de las cifras de usuarios a nivel mundial”, comentó Sam Blatteis, quien fue director de políticas públicas de Google y YouTube en el Golfo y ahora es director ejecutivo de MENA Catalysts, una consultoría de asuntos gubernamentales de Medio Oriente.

El crecimiento yace en los mercados emergentes, muchos de los cuales son dirigidos por personajes desagradables que usan mecanismos desagradables para gobernar.

“Las empresas deben caminar sobre una cuerda floja que se tiende entre los valores cosmopolitas, además, deben percatarse de que la expansión hacia muchos mercados emergentes en el extranjero es un deporte de contacto”, me dijo la semana pasada Blatteis, quien estaba en Dubái. “Debes levantarte las mangas y esto puede involucrar adaptación y compromiso”.

Por esta razón Apple accedió a la demanda de China de eliminar varias aplicaciones que eludían a los censores del país, así como las aplicaciones de noticias de The New York Times.

Es el motivo por el cual Hollywood dejó de hacer películas que criticaban a China (y recibió a cambio un botín de financiamiento cinematográfico chino).

A riesgo de herir los sentimientos de Mark Zuckerberg, es la razón por la que Facebook accedió a las demandas de países como Turquía, los Emiratos Árabes Unidos y Pakistán de restringir el acceso a publicaciones que fueran consideradas ilegales por haber criticado a los líderes o fundadores de esos países.

Y es el motivo por el que —después de que el príncipe heredero Mohamed bin Salmán señaló que iba a terminar una prohibición de 35 años a los cines del reino— los magnates del entretenimiento como Ari Emanuel, Robert Iger, y Murdoch festejaron al monarca la primavera pasada en cenas íntimas por Los Ángeles, a pesar de las noticias sobre la represión en el reino y las muertes de civiles en Yemen.

“Sería bueno que los titanes de los medios recordaran que su crecimiento futuro dependerá de las mismas libertades que fomentaron su creación”.

Luego tuvo lugar el homicidio de Khashoggi, quien escribía columnas para The Washington Post en las que criticaba al príncipe heredero. De acuerdo con la inteligencia estadounidense, el príncipe heredero Mohamed ordenó el asesinato de Khashoggi, el cual llevaron a cabo sus hombres con un aplomo de asesino serial digno de una película de terror, supuestamente desmembrando su cuerpo con una sierra para huesos.

Eso no le bastó al presidente Donald Trump, quien sembró dudas respecto de la conclusión de la agencia de inteligencia y al mismo tiempo alabó a Arabia Saudita por “mantener los precios del petróleo en niveles razonables”. El mensaje sobre derechos humanos y la Primera Enmienda: háganme una oferta.

¿Qué dice Netflix?

Netflix tuvo la oportunidad de enviar un mensaje diferente.

“Puesto que Trump y la Casa Blanca han valorado tanto el dinero por encima de las vidas, francamente hubiera esperado aún más que en esta situación las empresas estadounidenses pudieran asumir una postura”, comentó la editora de opiniones globales de The Washington Post, Karen Attiah, quien editaba las columnas de Khashoggi. “Netflix en verdad tuvo una oportunidad de defender los valores y a Hasan”.

Según Attiah, Netflix nunca debió calificar de “válida” la solicitud legal de los sauditas, aunque creyera que debía cumplirlas para mantener su presencia en el país.

Netflix no respondió mis preguntas respecto de por qué era una solicitud “válida”. En un comunicado dirigido hacia mí, su director jurídico, David Hyman, señaló lo siguiente: “Nuestros programas expanden las fronteras sobre asuntos importantes a nivel social y de otro tipo en muchos lugares del mundo”. No obstante, agregó: “Para dirigir un servicio global”, la empresa debe cumplir las leyes extranjeras “aun cuando no estamos de acuerdo con ellas”. Es decir, para la libertad de expresión, es mejor que haya un Netflix que cede ante regímenes que no tienen tantos escrúpulos a que no haya ningún Netflix.

Una persona externa a la producción, quien tuvo acceso a información relacionada con las deliberaciones en tiempo real, me comentó que, antes de que Minhaj filmara el episodio, Netflix había discutido sobre los problemas potenciales que este podía causar en Arabia Saudita, y se sugirió sabotearlo. Esta persona solo habló bajo la condición de permanecer en el anonimato por la naturaleza delicada de las conversaciones privadas. Un ejecutivo de la empresa, quien quiso quedar en el anonimato por las mismas razones, señaló que la empresa solo había compartido las probables consecuencias legales con el equipo de Minhaj como diligencia debida, e hizo notar que a fin de cuentas siguió adelante con el programa y su distribución en Arabia Saudita.

Sería bueno que los titanes de los medios recordaran que su crecimiento futuro dependerá de las mismas libertades que fomentaron su creación.

Me acordé de una línea de diálogo de Watership Down, una coproducción de Netflix y BBC One, que se basa en la novela alegórica de Richard Adams sobre la búsqueda de una patria pacífica que realiza un grupo de conejos nobles. Después de que su líder Hazel ayuda a otro grupo de conejos a escapar de una madriguera totalitaria, este les dice: “Han peleado mucho para obtener su libertad, pero ahora deben luchar para mantenerla, porque la batalla por la libertad nunca termina”.

Presta atención, Netflix.