Por: Neil Irwin.   1 febrero
Ahora que la economía mundial depende mucho de estímulos para lograr incluso un crecimiento ligero, no hay mucho espacio de maniobra para amortiguar un giro negativo.

El temor ante una recesión inminente, que generó una gran turbulencia en los mercados financieros a finales de 2018 y principios de 2019, se ha calmado un poco.

Esa es la buena noticia. La mala noticia es todo lo que ese episodio dejó al descubierto.

Durante gran parte de 2018, tuvimos la impresión de que la economía mundial por fin estaba saliendo del atolladero en el que se estancó durante una década tras la crisis financiera global. Sin embargo, ahora parece que, después de todo, la era de crecimiento bajo, inflación baja y tasas de interés bajas persistentes no ha concluido.

Tan solo la semana pasada, el Banco Central Europeo declaró que los riesgos económicos se habían “desplazado a la baja” y el Banco de Japón redujo sus proyecciones para la inflación.

La Reserva Federal celebrará una reunión para definir sus políticas el martes y el miércoles, y es probable que el rango objetivo de su tasa de interés se mantenga sin cambios. Sus dirigentes también podrían abordar el tema de la estrategia general de ajuste de la política monetaria, que podría incluir medidas como conservar una proporción mayor de su cartera gigante de bonos (acumulados durante los años de aplicación del estímulo) de lo que esperaban los analistas.

A pesar de haber dado algunas señales prometedoras de vitalidad durante gran parte del año pasado, los problemas que han inquietado a la economía mundial desde hace una década, como el envejecimiento de la fuerza de trabajo en muchas de las economías más importantes, un crecimiento muy bajo en la productividad, un exceso en la capacidad industrial y el ahorro global, además de una escasez de demanda en todo el mundo, siguen ahí.

Estos factores ayudan a explicar por qué los salarios de los trabajadores estadounidenses han aumentado con relativa lentitud a pesar de la baja tasa de desempleo. También vaticinan una época peligrosa: puesto que las tasas de crecimiento son bajas, la economía podría caer en una recesión con mayor facilidad y, en vista de que las tasas de interés son bajas, los bancos centrales tendrían a su disposición menos herramientas sólidas para aminorar las consecuencias de una desaceleración en el futuro.

“Esto demuestra que las fuerzas que están conteniendo a muchas economías son mucho más difíciles de resistir y más generalizadas de lo que muchos esperaban o creían”, explicó Roberto Perli, socio de Cornerstone Macro. “Es una mala noticia para las perspectivas de salario de la fuerza de trabajo en muchos países y para quienes esperan que se revierta la creciente tendencia de inequidad que se ha prolongado varios años”.

Un riesgo

Hay que tener presente que los mercados se colapsaron durante las últimas semanas de 2018 en gran parte debido al temor de que la Reserva Federal aumentara tanto las tasas de interés que la economía no pudiera manejarlas. El presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, desempeñó un papel importante para promover la recuperación del mercado accionario cuando, el 4 de enero, afirmó que la Reserva Federal ajustaría la política “con la rapidez y flexibilidad” requeridas según las circunstancias.

Su predecesora, Janet Yellen, incluso dijo hace poco que “es muy posible que hayamos visto el último aumento de este ciclo en la tasa de interés”. ¿Pero qué nos dice que una tasa de interés de solo el 2,4 %, alrededor del nivel de la tasa objetivo de la Reserva tras un aumento en diciembre, sea suficiente para poner a la economía al borde del derrumbe?

La situación es todavía más pesimista en la Unión Europea, donde, a pesar de que las tasas de interés apenas están un poco por encima del cero, el crecimiento es titubeante.

Ahora que la economía mundial depende mucho de estímulos para lograr incluso un crecimiento ligero, no hay mucho espacio de maniobra para amortiguar un giro negativo. En particular, deja a Estados Unidos en una posición más vulnerable a una recesión debido a varios factores, como el cierre de la administración y la guerra comercial.

Adam Posen, presidente del Instituto Peterson de Economía Internacional, declaró: “Si así lucen el crecimiento y la inversión cuando hay una política fiscal y monetaria relativamente expansivas, en especial en Estados Unidos, quiere decir que no hay ninguna solidez de fondo”.

“Tampoco significa que la política no sea eficaz o no se haya planeado a conciencia. La situación podría ser mucho peor, sin ninguna necesidad, si la política se hiciera mucho más restrictiva. De cualquier forma, es preocupante que la economía mundial no cuente con un gran respaldo macroeconómico”, es decir, el estímulo proporcionado por tasas de interés bajas y déficits amplios.

Existe el riesgo de que se presente un desagradable ciclo de realimentación. El bache de bajo crecimiento de la década pasada, que provocó el estancamiento de los ingresos, quizá haya contribuido al surgimiento de una política disfuncional en naciones como el Reino Unido, Italia y Estados Unidos. A su vez, esos políticos pueden crear nuevos riesgos de disrupción económica, como observamos al decretarse el reciente cierre parcial de la administración en Washington.

Un giro negativo. en la economía global dejaría a Estados Unidos en una posición más vulnerable a una recesión debido a varios factores, como el cierre de la administración y la guerra comercial.

La economía mundial no está en crisis. Registrar un crecimiento ligero es mejor que no registrarlo en absoluto o estar en franca contracción.

No obstante, la clara lección de los meses recientes es que las fuerzas que han frenado la economía global desde hace once años no eran temporales y no han desaparecido. En consecuencia, el mundo se encuentra en una posición poco común de vulnerabilidad ante una racha de mala suerte o mala política.

El mundo de crecimiento bajo no era solo una fase. Es la nueva realidad que debemos asumir ante cada debate y pregunta macroeconómicos en el futuro próximo.