Por: Peter S. Goodman.   3 enero
Los residentes recolectan agua fuera de un puesto de té en Ahmedabad, estado de Gujarat, India, el 24 de noviembre de 2018. Fotografía: Rebecca Conway / The New York Times.

Vikram Singh está acostumbrado a vivir bajo la tiranía de los elementos que no puede controlar, desde las lluvias que no caen hasta los insectos que destrozan sus cultivos. A últimas fechas, un problema invariable está asolando a su familia: el alza de los precios.

“Todo ha subido”, mencionó Singh una tarde reciente, mientras sus familiares extraían una cosecha escasa de algodón en su terreno de media hectárea en el estado de Gujarat en India. Recita sin vacilar los artículos que cuestan más: las lentejas que son un alimento básico en la dieta de su familia; las tortitas de aceite de algodón con las que alimentan a sus vacas lecheras. El fertilizante. El diésel para su tractor. La ropa y las colegiaturas de sus cuatro hijos.

Como sucede en muchos de los países en vías de desarrollo, por toda esta nación de más de 1.300 millones de personas hay diferentes versiones de ese tipo de tribulaciones que están disminuyendo fortunas.

La carga de los precios altos es el reflejo de un cambio de tendencia a nivel global, mientras la Reserva Federal de Estados Unidos (la Fed) —conocida, no por nada, como el Banco Central del mundo— aumenta las tasas de interés de manera constante, como lo hizo el pasado miércoles 19 de diciembre.

Los inversionistas han sacado su dinero de países en vías de desarrollo que son más riesgosos y lo están encomendando a economías más seguras y establecidas como Estados Unidos. Esto ha desplomado el valor de las monedas desde Argentina, pasando por Turquía, hasta India y ha provocado que los productos básicos se encarezcan para las familias y los negocios, además de amplificar las deudas.

“Los agricultores están perdiendo dinero”, comentó Singh. “Solo sobrevivimos. Estamos ganando menos y gastando más”.

A medida que el dinero abandona los mercados emergentes, la actividad comercial se está ralentizando, lo cual magnifica las preocupaciones sobre una desaceleración generalizada del crecimiento en la economía mundial. Este tipo de inquietudes se han sumado a los problemas en los mercados bursátiles de todo el mundo, incluido Estados Unidos, donde los inversionistas están asimilando la posibilidad de una época de mayor austeridad.

El fin del dinero ultrabarato

En parte, el cambio en el flujo del dinero ha sido el diseño de gente de Washington, a unos 12.800 kilómetros de distancia de la granja de Singh, la cual está ubicada al oeste de India. El Banco Central de Estados Unidos ha aumentado las tasas de interés, con lo cual ha puesto fin a una era de dinero ultrabarato que comenzó hace una década cuando el mundo cayó en la peor crisis financiera desde la Gran Depresión.

Cuando las tasas estaban en cero, los inversionistas exploraron el mundo en busca de mejores rendimientos, para esto apostaban en grande en países que daban una alta compensación por un alto riesgo —entre ellos, India—, lo cual elevaba el valor de las monedas. Ahora que la Reserva Federal está yendo en la dirección contraria, el dinero ha comenzado a volver a Estados Unidos, para apuntalar el dólar mientras se debilitan muchas monedas en los mercados emergentes.

Un trabajador descarga algodón crudo de un camión en la fábrica de algodón Radhe Industries en Kadi, estado de Gujarat, India, el 23 de noviembre de 2018. Fotografía: Rebecca Conway / The New York Times.

El año pasado, los inversionistas de todo el mundo metieron $315.000 millones de capital fresco a los mercados accionarios y de bonos de las economías emergentes, sin contar a China, de acuerdo con un análisis que realizó Oxford Economics en Londres. Este año, el flujo cayó a $105.000 millones hasta octubre. Muchas economías han experimentado reversiones rotundas: Turquía, Argentina, India, Indonesia, Malasia, Tailandia y Sudáfrica han visto declives totales.

“Se tiene la mezcla perfecta de riesgos para los mercados emergentes”, comentó Nafez Zouk, economista en jefe de mercados emergentes en Oxford Economics.

Debido a que India importa más productos de los que exporta, los efectos son potentes. Cualquier incremento en el costo, cualquier factor que desaliente la contratación en las empresas, deteriora un país en el que una de cada cinco personas sobrevive con no más de $1,9 al día, de acuerdo con el Banco Mundial (BM).

“India es un país muy vulnerable a los efectos secundarios del reajuste en las tasas de interés a nivel mundial”, explicó Joseph E. Stiglitz, economista ganador del Nobel que trabaja en la Universidad de Columbia en Nueva York y fue economista en jefe del Banco Mundial.

India importa más del 80% de su petróleo. Aunque durante los dos últimos meses se ha desplomado el precio del crudo Brent —la referencia mundial—, ha superado el doble del precio que tenía a inicios de 2016. El precio del petróleo está en dólares. Su aumento, combinado con una disminución del 10% en el valor de la rupia este año, ha elevado el costo de los productos derivados del petróleo, desde los combustibles hasta los químicos que se usan en partes clave de la industria india.

Están creciendo las preocupaciones por el aumento en los niveles de la deuda mientras el gobierno del primer ministro Narendra Modi da rienda suelta al gasto, con el objetivo de ganar el apoyo popular antes de las elecciones del próximo año. Las inquietudes se supuran por los préstamos incobrables que ahorcan a un sistema bancario aún dominado por el gobierno.

Impacto a los negocios

En Gujarat, el estado natal de Modi y un punto importante empresarial, muchas industrias locales necesitan materiales importados para hacer sus mercancías, en especial, productos derivados del petróleo. La ciudad más grande de Gujarat, Ahmedabad, una metrópolis de seis millones de personas, es el hogar de fábricas que producen plásticos, que van desde materiales para empacar hasta las películas para cubrir los invernaderos.

El precio de muchos de los productos indispensables derivados del petróleo ha aumentado hasta un 35%. Al mismo tiempo, una saturación de fábricas de plásticos a nivel mundial ha evitado que los productores eleven los precios, por lo tanto, se han visto afectados los márgenes de utilidades.

Manjula Popat limpia el algodón de las máquinas de procesamiento en la fábrica de desmotado de algodón Radhe Industries en Kadi en el estado indio de Gujarat, el 23 de noviembre de 2018. Fotografía: Rebecca Conway / The New York Times.

“Nos ha afectado muchísimo”, mencionó Jigish Doshi, presidente de Plastindia Foundation, una alianza de grupos comerciales de la industria que representa colectivamente a más de 50.000 empresas de plástico en toda India.

La propia empresa de Doshi, Vishakha Group, hace mangueras de plástico para riego. A lo largo del año pasado, la caída de la rupia elevó un 15% el costo de las materias primas. “Nuestra producción se ha ralentizado”, aseveró Doshi.

En una concesionaria de Mercedes Benz ubicada en el centro de Ahmedabad, donde el modelo más caro, el sedán Maybach S 650, se vende por 35 millones de rupias (más de $486.000 dólares), el personal de ventas está preocupado de que el debilitamiento de la rupia haya inflado los costos de los vehículos. Los modelos más cotizados son importados de fábricas en Alemania.

A dos calles de distancia, en un terreno cubierto de polvo y basura desde donde se ve el logotipo giratorio de Mercedes que tiene la concesionaria, viven unas 600 personas sin electricidad, en chozas hechas con tablas, toldos de plástico y láminas de aluminio corrugado. Las mujeres limpian las ollas con agua que un camión cisterna de la municipalidad les da una vez al día. Los niños golpean palos en la tierra a falta de juguetes.

Vivir en tiempos de alzas

La mayoría de las familias son migrantes de pueblos, quienes sobreviven de la chatarra y ganan menos de $3 al día mientras exploran las calles de la ciudad en busca de materiales de desecho para vender: botellas de plástico, trozos de papel y pedazos de metal.

Laxman Gohel, de 38 años y padre de dos, ahorró lo suficiente de la chatarra para abrir una casa de té. Hierve el agua sobre una llama producto del carbón y vende alrededor de 1.500 rupias al día (unos $21). Sin embargo, debido a que durante el último año el precio del carbón ha subido a más del doble, se queda tal vez con una ganancia de 300 rupias al día. No puede transferir los costos.

“Esta gente es pobre y no me puede pagar más”, explicó.

Cuarenta y ocho kilómetros al noroeste de Ahmedabad, en el pueblo de Kadi, la suerte de la familia Singh está atada con firmeza a su tierra.

El año pasado las lluvias torrenciales destruyeron su cosecha de algodón. Este año, una plaga de insectos la redujo a la mitad.

Laxman Gohel en su tienda de té, que abrió con el dinero que había ahorrado con el trapo, en Ahmedabad, estado de Gujarat, India. Fotografía: Rebecca Conway / The New York Times.

Una tarde reciente, la esposa de Singh, Sonal Ben, estaba trabajando bajo 35 grados de calor, cosechando algodón de las plantas que habían florecido y depositándolo en bolsas de plástico. Singh iba a usar su tractor para transportar la cosecha a un comerciante del pueblo.

El precio del diésel que usa su vehículo ha subido una quinta parte. Sin embargo, cuando lleva su cosecha al mercado, no puede recuperar los costos adicionales.

“Los comerciantes deciden el precio”, explicó. “Yo no”.

Los mismos comerciantes insisten en que están a merced de las fuerzas mundiales, pues aceptan el precio que dictan los pisos de materias primas desde Nueva York hasta São Paulo.

“Ahora, estamos perdiendo dinero”, comentó Prahlad Bhai Patel, dueño de una fábrica de algodón en Kadi.

Generalmente, la empresa de Patel vende la mitad del producto a fábricas domésticas que tejen el algodón y la otra mitad la exporta a China, Bangladés, Vietnam y Pakistán.

Últimamente, solo apila las pacas en un muelle de carga, a la espera de días mejores. El precio de sus exportaciones es demasiado bajo como para cubrir sus costos, mencionó.