Por: Liz Alderman.   26 julio
En una época de creciente incertidumbre en Europa, Portugal desafió las insistentes críticas basadas en el consenso de que las medidas de austeridad eran la mejor manera de resolver la crisis económica y financiera del continente.
En una época de creciente incertidumbre en Europa, Portugal desafió las insistentes críticas basadas en el consenso de que las medidas de austeridad eran la mejor manera de resolver la crisis económica y financiera del continente.

Ramón Rivera apenas había arrancado su negocio de aceite de oliva en la soleada región de Algarve en Portugal cuando la crisis de deuda estalló en Europa. La economía comenzó a desmoronarse, los salarios sufrieron recortes y se duplicó el desempleo. El gobierno de Lisboa tuvo que aceptar un humillante rescate internacional.

No obstante, en vista de que se seguía agravando la miseria, Portugal tomó una postura desafiante: en 2015 dejó de aplicar las medidas de austeridad impuestas por sus acreditantes europeos y marcó el inicio de un círculo virtuoso que ha permitido de nuevo a su economía registrar cierto crecimiento. El gobierno eliminó los recortes a los salarios, las pensiones y la seguridad social; además, comenzó a ofrecer incentivos a las empresas.

Este giro total del gobierno, junto con su decisión de invertir, tuvo grandes efectos. Aunque debieron enfrentar la oposición de los acreedores a estos cambios, comenzó a desaparecer el pesimismo que imperaba en la nación como resultado de años de reducciones en el gasto. Se restableció la confianza de las empresas y empezaron a aumentar la producción y las exportaciones, incluso en los huertos de olivos de Rivera.

“Tuvimos fe en que Portugal lograría superar la crisis”, comentó Rivera, gerente general de Elaia. La empresa se dedicó a aplicar tecnología de punta para su cosecha; ahora es una de las mayores productoras de aceite de oliva de Portugal. “Nos percatamos de que era el mejor lugar del mundo para invertir”.

En una época de creciente incertidumbre en Europa, Portugal desafió las insistentes críticas basadas en el consenso de que las medidas de austeridad eran la mejor manera de resolver la crisis económica y financiera del continente. Mientras que otros países como Grecia e Irlanda (y también Portugal, por un tiempo) se apegaron a los lineamientos, Lisboa se resistió, gracias a lo cual impulsó una recuperación que le permitió registrar el año pasado cifras récord de crecimiento económico en una década.

¿Exagerar las medidas?

Esta recuperación es evidente casi en todos los sectores. Se han inaugurado muchos hoteles, restaurantes y tiendas debido al aumento en el turismo, lo que a su vez ha ayudado a reducir el desempleo a la mitad. En el distrito Beato de Lisboa, a partir de los restos de una fábrica militar abandonada, se erigió un enorme complejo de empresas emergentes. Bosch, Google y Mercedes-Benz abrieron hace poco oficinas y centros de investigación digital en ese lugar, gracias a lo cual se crearon miles de empleos.

La inversión extranjera en los sectores aeroespacial y de la construcción, entre otros, ha alcanzado cifras récord. Por su parte, las industrias portuguesas tradicionales, como las fábricas de papel y textiles, están invirtiendo en áreas de innovación y promueven el auge de las exportaciones.

“El caso de Portugal demuestra que, si se exageran las medidas de austeridad, terminan agravando la recesión y crean un círculo vicioso”, enfatizó el primer ministro António Costa en una entrevista. “Diseñamos otra opción para remplazar la austeridad, con metas como un mayor crecimiento y más y mejores empleos”.

A finales de 2015, los electores llevaron al poder a Costa, un político de centro-izquierda que prometió eliminar los recortes a los ingresos que había autorizado el gobierno previo para reducir el enorme déficit de Portugal conforme a las disposiciones del rescate internacional de 78.000 millones de euros ($90.000 millones). Costa formó una alianza inusual con partidos de ideología comunista y de izquierda radical, que no habían tenido acceso al poder desde el fin de la dictadura en Portugal en 1974. Se unieron con el propósito de ir eliminando las medidas de austeridad sin descuidar su contabilidad para evitar contravenir las normas de la eurozona.

El gobierno aumentó los salarios del sector público, el salario mínimo y las pensiones, e incluso volvió a fijar los días de vacaciones al número que se otorgaba antes del rescate, a pesar de las objeciones de acreditantes como Alemania y el Fondo Monetario Internacional. Entre los incentivos para estimular a las empresas, otorgó subsidios de desarrollo, créditos fiscales y financiamiento para empresas pequeñas y medianas.

“El caso de Portugal demuestra que, si se exageran las medidas de austeridad, terminan agravando la recesión y crean un círculo vicioso. Diseñamos otra opción para remplazar la austeridad, con metas como un mayor crecimiento y más y mejores empleos”, enfatizó el primer ministro António Costa.

Costa compensó estos ajustes mediante recortes al gasto en infraestructura y otras áreas, gracias a lo cual logró reducir el déficit presupuestario anual a un uno por ciento del producto interno bruto, en contraste con el 4,4 por ciento registrado cuando asumió el poder. El gobierno va por buen rumbo para lograr un superávit para 2020, un año antes de lo esperado, con lo que le pondrá fin a veinticinco años de déficit.

Ahora, los funcionarios europeos admiten que quizá Portugal haya encontrado una mejor respuesta a la crisis. Hace poco, como recompensa para Lisboa, designaron al ministro de Finanzas portugués Mário Centeno, quien participó en el diseño de los cambios aplicados en el país, como presidente de Eurogroup, el influyente grupo formado por los ministros de Finanzas de la eurozona.

Este giro económico tuvo un efecto sorprendente en la psique colectiva de Portugal. Mientras que en Grecia se sigue percibiendo un ambiente de desaliento tras una década de recortes al gasto, la recuperación de Portugal se basó en el restablecimiento de la confianza, en generar de nuevo motivación entre los ciudadanos y las empresas.

“El estímulo real al gasto fue muy pequeño”, explicó João Borges de Assunção, profesor de la Escuela de Negocios y Economía de la Universidad Católica de Lisboa. “Sin embargo, el país cambió por completo de mentalidad y, desde una perspectiva económica, un cambio así es más trascendental que el cambio en la política en sí”.

De cualquier forma, con todo y su éxito, Portugal sigue en una posición vulnerable.

El crecimiento es menor que el 2,7 % registrado el año pasado, pues Costa ha mantenido la inversión pública al nivel más bajo en 40 años para seguir reduciendo el déficit. En cuanto a los salarios, si bien los restableció al nivel que tenían antes, casi no se han movido con respecto a las cifras anteriores a la crisis. También persiste la precariedad social, agravada porque se han hecho más comunes los contratos de medio tiempo. Además, si bien el salario mínimo es más alto (se ubica en 580 euros al mes), sigue siendo uno de los más bajos de la eurozona.

Los sindicatos de Portugal han comenzado a amenazar con ir a huelga para ejercer presión sobre el gobierno y lograr que aumente los salarios y libere más gasto público para reducir la desigualdad.

Mucho por hacer

Costa insiste en que el gobierno no debe dejar de recortar el déficit para controlar la mayor amenaza que pende sobre Portugal: su enorme deuda, que todavía es una de las mayores de la eurozona. Los bancos portugueses tienen en sus carteras innumerables préstamos incobrables originados en la crisis anterior y el país todavía es vulnerable a trastornos del mercado financiero derivados de problemas en la cercana Italia.

“No hemos ido del lado oscuro al lado iluminado de la luna”, señaló el primer ministro. “Todavía hay mucho por hacer”.

“Con todo, cuando comenzamos el proceso, muchos dijeron que sería imposible alcanzar nuestras metas”, añadió. “Hemos demostrado que existe una alternativa”.

Para cimentar el ciclo de crecimiento, el gobierno ha decidido canalizar sus limitadas inversiones a iniciativas específicas, como exenciones fiscales para empresas extranjeras y capacitación para los desempleados.

A una hora y media al este de Lisboa, en Évora, entre varias llanuras rodeadas por árboles de corcho, se levanta una fábrica construida sobre una superficie de cinco acres por la fabricante francesa de aeropartes Mecachrome. Convencida de instalarse en la región en 2016 debido a los incentivos ofrecidos por el gobierno y algunos préstamos de la Unión Europea, invirtió 30 millones de euros en un inmenso parque aeroespacial en el que varios buldócers excavan los campos para poder construir caminos y establecimientos.

Algunos robots fabrican componentes de precisión para Airbus, Boeing y otros gigantes de la industria. Una agencia de empleos cercana que lanzó un programa intensivo de perfeccionamiento con el gobierno contrató a la mayoría de los 150 técnicos que trabajan ahí.

Christian Santos, director de Mecachrome en Portugal, dijo que planea contratar a 150 empleados más e invertir otros millones más en un plazo de tres años.

“Portugal es un país muy activo”, aseveró. “El ambiente está lleno de entusiasmo”.