Por: Nellie Bowles.   8 enero
Computadoras minando criptomonedas en Massena, N.Y. El tipo de computadora que se necesita para minar un Bitcoin u otra criptomoneda en ocasiones cuesta más que el valor de la moneda. Fotografía: Gabriela Bhaskar The New York Times.
Computadoras minando criptomonedas en Massena, N.Y. El tipo de computadora que se necesita para minar un Bitcoin u otra criptomoneda en ocasiones cuesta más que el valor de la moneda. Fotografía: Gabriela Bhaskar The New York Times.

California. El año pasado, más o menos en estas fechas, se vendió un juguete llamado “cryptokitty” por $170.000. Un agente inmobiliario se reinventó bajo el nombre de CoinDaddy y comenzó a producir videos musicales con las criptomonedas como tema. Por un momento, el hombre detrás de una empresa llamada Ripple se volvió más rico que Mark Zuckerberg. Jóvenes que apenas habían salido del bachillerato compraban Lamborghinis debido a un criptomeme. Los expertos fueron a CNBC para decir que el bitcóin alcanzaría los $100.000 por moneda.

Durante unos dulces meses de 2018, todo Silicon Valley estuvo envuelto en el frenesí del dinero fácil y en la fantasía de reconstruir una nueva versión del orden mundial con criptomonedas y una tecnología relacionada con ellas llamada cadena de bloques. Una avalancha de júbilo azotó el Área de la Bahía. The New York Times siguió la corriente con un artículo titulado “Todo el mundo está gozando al volverse rico y tú no”. Fue una verdad temporal.

Y justo cuando el pueblo estadounidense había leído todos los tipos de explicaciones posibles sobre la blockchain, se colapsó todo el asunto. La burbuja estalló.

En la actualidad, el precio del bitcóin —$19.783 en diciembre pasado— es de $3.810. Una moneda de Litecoin costaba $366; ahora vale $30. Etherum valía $1.400 en enero; hoy, $130.

Una criptofiesta navideña reciente ofreció “sueños Lambo rotos y una barra libre para ahogar tus penas”.

Este diciembre finalizó el año más emocionante para las criptomonedas, el cual terminó en un terrible, austero e invernal dolor de cabeza.

En las reuniones y en los lugares de trabajo que siguen en pie, los que se han quedado lo llaman “el invierno de las cripto”. Los seguidores aseguran que solo es “el punto mínimo de la desilusión”, pues hablan de una gráfica que sugiere que todas las nuevas tecnologías pasan por una depresión similar antes de la explosión hacia una gloria inevitable.

Las personas que todavía se aferran a sus criptosueños insisten en que todo esto es una buena señal porque permanecen solo los que se lo toman en serio, los verdaderos criptocreyentes.

“Duele perder dinero, pero es un paso necesario”, mencionó Robert Neivert, un inversionista de la firma de capital de riesgo 500 Startups. “En 2018, se pasó de la promoción al producto”.

Cadenas de bloques

Este año, la industria de la cadena de bloques —un subconjunto de la industria de las criptomonedas que desearía con ansias vivir por sí solo— pasó por una explosión cámbrica. Pero, antes que nada, he aquí una explicación sobre la blockchain: una cadena de bloques es un tipo relativamente nuevo de base de datos que en un inicio se introdujo con Bitcoin. No es la moneda digital. Es la tecnología de base que sirve para administrar la moneda. Aún más importante es que es un sistema descentralizado, así que no la puede controlar una sola persona, ni un solo gobierno, ni un solo negocio.

La blockchain se volvió una solución para todo: cadena de bloques para el periodismo, para la marihuana, para los dentistas. En el núcleo de todo, hubo un progreso tecnológico verdadero y una comprensión cada vez mayor de que esta tecnología descentralizada podría transformar los sistemas financieros. No obstante, la emoción se salió de control.

Incluso decir la palabra “blockchain” disparaba las acciones. Cuando Long Island Iced Tea Co. cambió de nombre a Long Blockchain Co., sus acciones subieron 500% en un día. El espacio se llenó de estafadores que lanzaron nuevos y sospechosos esquemas de inversión llamados “ofertas iniciales de monedas”.

Incluso decir la palabra “blockchain” disparaba las acciones. Cuando Long Island Iced Tea Co. cambió de nombre a Long Blockchain Co., sus acciones subieron 500% en un día.
Incluso decir la palabra “blockchain” disparaba las acciones. Cuando Long Island Iced Tea Co. cambió de nombre a Long Blockchain Co., sus acciones subieron 500% en un día.

El poder de cómputo necesario para “minar” un bitcoin u otras criptomonedas ahora puede costar más que el valor de la moneda misma. Las minas —en realidad, son centros de datos necesitados de electricidad— están cerrando. Las imágenes de aparatos electrónicos apilados en las esquinas de las calles se están volviendo virales. A medida que se ha reducido la demanda del bitcoin, el algoritmo de bitcoin se ha ajustado y se ha facilitado el minado de la moneda.

No obstante, según los criptoexpertos, en realidad esto es bueno.

“El hecho de que los mineros estén cerrando y que esté disminuyendo la dificultad es una característica, no un error, del diseño del bitcoin”, escribió en Twitter la capitalista de riesgo Arianna Simpson.

Algunas personas en el negocio de las criptomonedas solo quisieran que el mundo supiera que aún hay gente que trabaja en él. Julian Spediacci, quien invirtió en criptomonedas junto con su gemelo en San Francisco, señaló que le gustaría que la gente supiera que sigue vivo y que se identifica como un HODLer, una persona que no vende a pesar de las fluctuaciones del mercado.

“Mucha gente se ha puesto en contacto con nosotros, quieren saber qué nos pasó y si seguimos vivos, así que sería una muy buena idea aclarar que todavía hay muchos HODLers de la vieja escuela”, comentó Spediacci, usando la jerga común de la industria de las criptomonedas para indicar que seguiría siendo un inversionista.

No todo el mundo está padeciendo la caída. Para los abogados, es la nueva fiebre del oro.

“Ahora que se cayó el mercado, todo mundo está recibiendo demandas”, aseveró Chante Eliaszadeh, una estudiante de derecho y presidenta de un club legal de cadena de bloques llamado Blockchain at Berkeley Law.

Eliaszadeh dijo que en este momento el entorno legal es muy emocionante. Debido a que la Comisión de Bolsa y Valores está tomando medidas enérgicas, algunos estafadores quieren escapar a Bali o Malta, donde las regulaciones son más laxas.

Durante una fiesta navideña celebrada este año en Palo Alto, el tema fue “real”.

Los organizadores habían pegado el lema “Gente real, dinero real, acuerdos reales” en muros, pizarras, presentaciones de diapositivas y volantes.

Uno de los paneles fue moderado por Radhika Iyengar-Emens, socia fundadora de una firma de capital de riesgo llamada StarChain Ventures que se especializa en empresas emergentes de criptomonedas y cadena de bloques.

“Creo que veremos muchos de los casos de uso real”, comentó Iyengar-Emens. “Y estos muchachos estarán aquí para esos casos de usos muy reales”.

Un caso de uso sería que un consumidor común pueda usar una criptomoneda para hacer algo más que una inversión especulativa.

La audiencia se sentó en sillas plegables de color blanco. Los aperitivos eran galletas Ritz Bits.

“¿Qué es QuarkChain?”, preguntó a la audiencia el fundador y director ejecutivo de QuarkChain, Qi Zhou. “La siguiente generación de cadena de bloques”.

Kerry Washington, miembro de la Fundación Litecoin, la cual promueve los Litecoines, realizó una presentación sobre este año, en el cual la moneda perdió más del 90 por ciento de su valor.

El director ejecutivo habló sobre una gran reunión de Litecoin celebrada este año, la cual costó un cuarto de millón de dólares, según una diapositiva en la que lo especificó. Ahí, los invitados podían comprar dulces con Litecoins. Esto le mostró a todos lo útil que podía ser el Litecoin, mencionó.

El problema es que ya tenemos algo que nos permite comprar dulces.