Por: Peter S. Goodman.   27 marzo
El presidente estadounidense Donald Trump y el presidente Xi Jinping, de China, durante un encuentro que tuvo lugar en Beijing, el 9 de noviembre del 2017.
El presidente estadounidense Donald Trump y el presidente Xi Jinping, de China, durante un encuentro que tuvo lugar en Beijing, el 9 de noviembre del 2017.

​En la historia reciente narrada por el presidente Donald Trump, Estados Unidos ha sido desplumado y humillado por naciones más listas que no han estado bajo las ataduras de nociones ingenuas como las reglas del comercio mundial.

Las potencias depredadoras han explotado la debilidad de Estados Unidos para robar empleos en las fábricas, con lo cual han sembrado la desesperanza.

El villano principal de esta historia es China, el país que Trump ha colocado en el centro de la política comercial combativa que está fomentando.

El aumento de los aranceles al acero y al aluminio que estaba planeado para entrar en vigencia la semana pasada supuestamente tiene como blanco a China, aunque la mayoría de los golpes caerán en otras potencias.

En una ampliación de la batalla por los aparatos electrónicos y la ropa, el gobierno de Trump está preparando al menos $50.000 millones en aranceles y multas a las importaciones de productos chinos.

Si estas muestras de poder tienen la intención de fortalecer la posición que guarda Estados Unidos en la pelea con China, los expertos en comercio están cada vez más inquietos de que las políticas de Trump estén haciendo lo contrario: es probable que debiliten la posición de Estados Unidos en el mundo al alejar a sus aliados, pues socava el potencial para realizar acciones colectivas entre los países que comparten las quejas en contra de China.

“Sería más eficaz si lo hicieran juntos”, explicó Meredith Crowley, una experta en comercio internacional de la Universidad de Cambridge en Inglaterra. “Al hacer todo esto solo, en efecto pareciera que Estados Unidos está debilitando su posición”.

Trabas y subsidios

Es claro que el impactante desarrollo económico de China ha recibido el impulso de prácticas comerciales que explotan las lagunas de las leyes internacionales o las violan directamente.

El gobierno del Partido Comunista aún subsidia industrias clave, prodiga créditos a empresas que son propiedad del Estado e impone trabas a los competidores del extranjero.

En muchas de las ciudades más importantes, los acereros se enfrentan a un exceso de productos de bajo costo, la mayoría de los cuales están hechos en China. Los negocios de Occidente deben someterse a los deseos de Pekín de compartir tecnología de punta como una condición para entrar en el mercado chino.

Es frecuente que esta tecnología se incorpore a los productos chinos que llegan a los mercados mundiales, y los innovadores se ven obligados a competir en contra de sus propias creaciones.

Estos son problemas reales y constantes. Ninguno se resolverá con facilidad, a pesar del atractivo político que conlleva prometer acciones más severas en contra de China.

El gigante asiático es una parte inextricable de la cadena de suministro a nivel mundial, ya que produce partes de autos, dispositivos, pantalones de mezclilla y en esencia cualquier cosa que hagan las manos humanas. Sus productos —y cada vez más sus inversiones— son componentes cruciales en cualquier economía.

Trump está yendo en la dirección contraria. En uno de sus primeros actos como presidente, hizo que Estados Unidos renunciara a participar en el Acuerdo Transpacífico, un bloque comercial que forjó el gobierno de Obama en parte como una manera para contrarrestar el ascenso de China.

Con esto en cuenta, podría pensarse que ningún país por sí solo tiene el poder para obligar a China a reformar su manera de actuar.

China puede sortear los aranceles en un país enviando sus mercancías a otras partes. Puede comprar su ingreso a los mercados: ejerciendo su esplendidez, construyendo infraestructura y ofreciendo préstamos.

La mayoría de los expertos cree que la única forma de presionar a los chinos para que jueguen limpio es por medio de las acciones colectivas. Las economías más grandes deben unir fuerzas, llevar sus casos a la Organización Mundial del Comercio y armonizar sus políticas.

“China genera muchas preocupaciones, ya que subsidia de una manera tremenda las empresas propiedad del Estado”, comentó en enero Cecilia Malmstrom, la ministra de comercio de la Unión Europea, al margen del Foro Económico Mundial que se celebró en Davos, Suiza. “Y, en efecto, podríamos trabajar con Estados Unidos”.

No obstante, Trump está yendo en la dirección contraria. En uno de sus primeros actos como presidente, hizo que Estados Unidos renunciara a participar en el Acuerdo Transpacífico, un bloque comercial que forjó el gobierno de Obama en parte como una manera para contrarrestar el ascenso de China.

El pacto incluía prohibiciones a los subsidios del Estado, en lo que en teoría iba a ser una plantilla que con el tiempo podría influenciar las realidades comerciales de China.

Ataques a la OMC

Trump también ha atacado a la Organización Mundial del Comercio —el eje del sistema comercial en el mundo y el mejor sitio para organizar acciones colectivas—, e incluso ha sugerido que podría revocar la participación de Estados Unidos.

El miércoles 21 de marzo, en un comunicado formal a un comité del congreso, un alto funcionario comercial de la Casa Blanca dijo que la OMC era “totalmente incompetente para enfrentar la versión china de una economía dominada por el Estado que rechaza los principios del mercado”.

Al menos por ahora, Trump ha eximido a Canadá y México del peso de sus aranceles al acero y al aluminio. Sin embargo, es una condición para que satisfagan sus demandas de términos más laxos en la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte.

Otros países —Argentina, Australia, Brasil, la Unión Europea y Corea del Sur— han obtenido una suspensión temporal. Pero lo lograron tan solo después de un cabildeo intenso.

Aliados fieles se rebajaron prácticamente a rogar para no sufrir una ofensiva estadounidense. No hay condiciones fértiles para construir una coalición.

“Todo mundo se está distrayendo del verdadero problema”, mencionó Chad P. Bown, un experto en comercio del Instituto Peterson de Economía Internacional en Washington. “Ahora, nadie está hablando del exceso de capacidad que tiene China sobre el acero. Si golpeas a los europeos, los japoneses y los surcoreanos con el acero, ¿qué tan fácil es que esos países cooperen contigo para forzar la transferencia de tecnología?“ Se necesita que todos esos países concuerden en este asunto, el cual requiere una tremenda cantidad de cooperación y confianza”, añadió Bown. “Y en este momento hay una escasez enorme en ese aspecto”.