Por: Peter Singer.   7 agosto
Según el Banco Mundial, hay 768,5 millones de personas en condición de pobreza (el 10,7% de la población mundial). En un mundo que produce más que suficiente para satisfacer las necesidades básicas de todos, esta cifra no puede dejar a nadie indiferente
Según el Banco Mundial, hay 768,5 millones de personas en condición de pobreza (el 10,7% de la población mundial). En un mundo que produce más que suficiente para satisfacer las necesidades básicas de todos, esta cifra no puede dejar a nadie indiferente

En un ensayo publicado el mes pasado en The Guardian, quince importantes economistas (incluidos los premios Nobel Angus Deaton, James Heckman y Joseph Stiglitz) criticaron lo que denominan una “manía” en relación con medir la eficacia de las ayudas al desarrollo, con el argumento de que nos lleva a ignorar las verdaderas raíces de la pobreza global.

Yo defiendo que se evalúe la eficacia de las ayudas y que se provean recursos a aquellas intervenciones que los usen de la manera más eficiente. Por eso fundé la organización The Life You Can Save, que se dedica a verificar cuáles son las entidades benéficas que obtienen mejores resultados con el dinero que reciben y alentar a los donantes a elegirlas. The Life You Can Save recomienda intervenciones comprobadas, porque pensamos que los donantes pueden hacer más bien ayudando a individuos con necesidades insatisfechas que aspirando a eliminar las raíces de la pobreza sin una estrategia realista para ello.

Deaton, Heckman, Stiglitz y sus colegas comienzan diciéndonos que la pobreza global “sigue siendo intratable”. Esta afirmación refleja y refuerza la idea pesimista de que no estamos haciendo ningún avance en la reducción de la pobreza.

Pero no es así. El Banco Mundial considera que viven en la “pobreza extrema” aquellas personas que carecen de un ingreso estable que les permita cubrir necesidades básicas como alimento, vivienda y otras. Según el cálculo más reciente del BM, hay 768,5 millones de personas (el 10,7 % de la población mundial) en esa condición. En un mundo que produce más que suficiente para satisfacer las necesidades básicas de todos, esta cifra no puede dejar a nadie indiferente. Pero en 1990, vivía en la pobreza extrema más del 35 % de la población mundial, mientras que en el 2012 la cifra era 12,4 %. La tendencia a largo plazo es claramente positiva.

Hay otros indicadores de bienestar que también refutan la idea pesimista. Por ejemplo, desde 1990, la tasa de mortalidad infantil se redujo de 93 muertes por cada 1.000 nacimientos a cerca de 40.

Los economistas luego dicen en el ensayo que el supuesto fracaso en la reducción de la pobreza global se produce a pesar de “cientos de miles de millones de dólares en ayudas”. No indican a qué período temporal se refieren, pero muchos lectores entenderán que el mundo dona “cientos de miles de millones de dólares” cada año. En el 2017, la asistencia oficial al desarrollo (AOD) de todas las economías avanzadas del mundo fue $146.600 millones, o sea, menos de un dólar por cada $300 de ingreso nacional bruto de esos países.

¿Qué proponen?

Si todo este dinero llegara a los 768,5 millones de personas que viven en la pobreza extrema, equivaldría a $191 para cada una. Pero sólo el 45 % de la AOD se destina a los países menos desarrollados, y mucho dinero se emplea en programas de dudosa eficacia. No es extraño que esta asistencia, escasa y a menudo mal asignada, no haya conseguido poner fin a la pobreza extrema.

A continuación los 15 economistas ponen en la mira la evaluación de eficacia mediante ensayos controlados aleatorizados, y señalan que estos son caros. Tal vez, pero son menos caros que seguir sosteniendo proyectos que no sirven. El ensayo aleatorizado no siempre es aplicable, y no es la única manera de demostrar eficacia. Pero los ensayos disponibles ofrecen pruebas firmes de que, por ejemplo, distribuir redes cubrecama para proteger a los niños contra los mosquitos transmisores de malaria salva vidas (y cuesta poco).

Pero como hemos dicho, la principal objeción de los economistas a estos datos empíricos es que nos llevan a concentrarnos en “microintervenciones” que no atacan las causas subyacentes de la pobreza. El peso de esta objeción depende de la disponibilidad de alternativas mejores.

¿Qué proponen los autores? Dicen que los pobres necesitan “acceso a atención médica y educación pública” y que hacen falta políticas públicas coordinadas para prevenir el cambio climático; que para lograr avances reales en agricultura, hay que poner fin a los subsidios agrícolas excesivos de los países ricos.

Otras recomendaciones incluyen terminar con la elusión fiscal de las multinacionales, regular los paraísos fiscales y crear normas laborales que pongan fin a la competencia salvaje generada por la globalización. Nos dicen que hay un tesoro de datos desaprovechados que, en combinación con las imágenes satelitales, nos ayudarían a entender qué políticas funcionan mejor. Y que el objetivo último debe ser cambiar las reglas del sistema económico internacional para volverlo “más ecológico y más justo para la mayoría”.

Son objetivos loables. Pero ¿a quién le hablan los economistas? ¿A las personas que donan a entidades benéficas? ¿A los altos funcionarios de los departamentos públicos responsables de la asignación de las ayudas? ¿A los gobiernos? Sólo estos últimos tienen poder para implementar los cambios recomendados.

Pero si los argumentos de los economistas son para los gobiernos, ¿ayudarán mejores datos a obtener mejores resultados? Por ejemplo, en el caso de los subsidios agrícolas en Estados Unidos, cualquier observador imparcial sabe que perjudican a los pobres de todo el mundo y son un inmenso desperdicio de fondos públicos. Sin embargo, los intentos de eliminarlos han fracasado una y otra vez, no por falta de análisis, sino por el poder político de los estados rurales.

The Life You Can Save, lo mismo que GiveWell y otras organizaciones similares, intenta influir en los donantes individuales y alentarlos a pensar en el mejor modo de usar sus donaciones. Espero que también sean ciudadanos activos que exhorten a los gobiernos a crear un mundo más justo y más sostenible. Pero mientras esperamos que los políticos ataquen las raíces de la pobreza global (y puede ser una larga espera), concentremos los recursos disponibles en dar a las personas que viven en la pobreza extrema una ayuda eficaz que mejore sus vidas lo más posible.

Peter Singer es profesor de bioética en la Universidad de Princeton y profesor laureado de la Universidad de Melbourne. Algunos de sus libros son: Ética práctica, Un solo mundo, Salvar una vida y The Most Good You Can Do.

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