Por: Juan Carlos Rojas.   16 marzo

​Soy optimista por naturaleza, pero el resultado electoral del pasado 4 de febrero me dejó desanimado.

En ese momento no podía visualizar el lado positivo del escenario que enfrentábamos: una segunda ronda por un lado con un candidato con muy poca experiencia y poca estructura partidaria, y por otro uno del partido oficialista de uno de los peores gobiernos en la historia reciente de nuestro país.

Costa Rica enfrentaba el mayor reto económico de los últimos 30 años, y los candidatos finalistas habían sido electos por temas totalmente ajenos a sus planes y capacidad para enfrentar esta crisis potencialmente desastrosa para el país.

"El tiempo dirá si estas acciones de las últimas semanas son pasajeras —únicamente instrumentos de campaña— o efectivamente el inicio de un nuevo paradigma político".

Ah, ¡pero cómo han cambiado las cosas! Hemos visto en las últimas semanas suficientes ejemplos para alentarnos un poco. Noto pinceladas que empiezan a retratar, aunque preliminarmente, cambios positivos:

Primero: la humildad sobre la arrogancia. Candidatos bajando la cabeza y balanceando posturas y planes para buscar consensos.

Segundo: el pragmatismo sobre la intransigencia. Candidatos alejándose de posturas dogmáticas de sus partidos en pro de soluciones racionales y más centristas.

Prefiero ilusionarme

Tercero: la meritocracia sobre el nepotismo. Una lucha sana por atraer talento capaz y experimentado, en vez de guardar puestos únicamente por compromisos políticos.

Cuarto: el equipo y las ideas por encima del candidato y los partidos. Vemos como abundan las presentaciones de equipos de trabajo, enfatizando los planes y debates de soluciones sobre eslóganes partidarios.

El tiempo dirá si estas acciones de las últimas semanas son pasajeras —únicamente instrumentos de campaña— o efectivamente el inicio de un nuevo paradigma político.

Pero lo cierto es que nuestra realidad ha forzado a este cambio, con el debilitamiento de los partidos y con la urgente necesidad de negociar en la Asamblea.

Y de pronto los futuros candidatos podrán ver esto como un aprendizaje y una mejor práctica, lo cual nos puede empezar a enrumbar hacia un futuro diferente, más colaborativo, más parlamentarista, de mayor participación ciudadana, de menos dogmas partidarios…

Tal vez es ingenuo este optimismo, pero al menos por ahora prefiero ilusionarme acerca del futuro de nuestro país.