Por: Zhang Jun.   21 diciembre, 2018
La realidad es que, pese a sus desequilibrios, el ascenso económico de China en los últimos 40 años ha sido extraordinario, y se logró gracias a una política exitosa de decidida reforma estructural. (Foto: Shutterstock para EF).

En los años cuarenta, el historiador británico Arnold J. Toynbee predijo que Estados Unidos y la Unión Soviética serían en el futuro las únicas dos grandes potencias del mundo. Ni siquiera China o la India (con sus “antiguas civilizaciones” y “vastas poblaciones, territorios y recursos”) lograrían “ejercer su poder latente” en las décadas siguientes.

Toynbee tuvo razón en lo de las décadas siguientes, pero se equivocó en dos cosas: la Unión Soviética se derrumbó, y ahora China es la segunda economía más grande del mundo y un importante actor global. Pero en un tiempo de grandes dificultades económicas y una nueva guerra fría con Estados Unidos, ¿continuará China su ascenso o seguirá el camino de la Unión Soviética?

Para responder esa pregunta, primero hay que señalar que China no es un enemigo de Estados Unidos, y que la nueva guerra fría chinoestadounidense no tiene raíces en el enfrentamiento militar y mucho menos en el conflicto ideológico, sino más bien, en el hecho de que el presidente estadounidense, Donald Trump, rechaza el ascenso económico de China y, más en general, las políticas de apertura.

Pero no es solo Trump, con su agenda populista de “Estados Unidos primero”, el que se opone a la globalización y defiende el proteccionismo, particularmente contra China. Algunos economistas liberales y muy respetados, entre ellos Larry Summers, también están preocupados por los resultados de la globalización, aunque no coincidan con las ideas de Trump. Esto habla de una creciente ansiedad en relación con la capacidad de la economía estadounidense para superar los desafíos a los que se enfrenta. Y es indudable que la angustia estadounidense halla aliciente en predicciones que dicen que China podría reemplazar a Estados Unidos como economía global dominante, por ejemplo la que formuló en el 2011 el economista indio Arvind Subramanian.

Es verdad que China enfrenta abundantes desafíos propios, causados en parte por un modelo de crecimiento que produjo importantes desequilibrios. Pero contra el relato que presenta el gobierno de Trump, esos desequilibrios (en particular el superávit comercial con Estados Unidos) no se crearon en forma intencional por medio de controles cambiarios y políticas distorsivas. Al fin y al cabo, esas tácticas perjudicarían ante todo a China.

La realidad es que, pese a sus desequilibrios, el ascenso económico de China en los últimos 40 años ha sido extraordinario, y se logró gracias a una política exitosa de decidida reforma estructural. La economía china ha sido mucho más abierta que la mayoría durante el mismo periodo, de modo que su asombroso éxito comercial (las exportaciones chinas equivalen ahora a alrededor del 60% del crecimiento del PIB) merece respeto, no reproche. Los críticos deberían pensar no solo en la diferencia entre lo que exporta China y lo que importa, sino también en la suma de ambos indicadores.

Además, las comparaciones entre la China actual y la Unión Soviética de la Guerra Fría tienen serias falencias. En aquel tiempo, los vastos recursos naturales de la Unión Soviética, su expansión industrial y militar, y el control estatal de la economía llevaron a muchos economistas a exagerar la capacidad de la dirigencia soviética para manejar los riesgos.

Diferencias importantes

En realidad, la Unión Soviética carecía de fuentes de dinamismo fundamentales, por ejemplo incentivos financieros para la asunción de riesgos económicos, competencia de mercado, libre comercio con las economías desarrolladas y sistemas de gobernanza descentralizados (aspectos todos ellos de la economía china actual). Asimismo, mientras sobre la economía soviética pesaba la expansión permanente de la burocracia, la economía de China tiene la ventaja de un alto grado de descentralización de la autoridad económica hacia los gobiernos de nivel local.

En vista de estas importantes diferencias, no parece probable que China corra una suerte similar a la de la Unión Soviética. Pero no es esa la única comparación negativa que se ha hecho. Algunos también han sugerido que la economía china puede seguir los pasos de la japonesa, con una “década perdida” (o dos) de crecimiento insignificante.

Pero esta predicción también pasa por alto importantes diferencias entre las dos economías en cuestión. Antes de caer en el estancamiento, Japón había alcanzado la condición de economía avanzada, con un PIB per cápita (por paridad del poder adquisitivo) de 26.000 dólares en 1990, apenas inferior a los 31.000 dólares de Estados Unidos. China, en cambio, todavía tiene mucho camino que recorrer antes de ponerse a la par de las economías avanzadas.

“China no es un enemigo de Estados Unidos. La nueva guerra fría chino-estadounidense no tiene raíces en el enfrentamiento militar y mucho menos en el conflicto ideológico, sino más bien en el hecho de que el presidente estadounidense, Donald Trump, rechaza el ascenso económico de China”.

Mientras China siga implementando reformas estructurales y una mayor apertura a los mercados, no hay motivos para creer que su tasa media de crecimiento anual en los próximos 15 años vaya a caer por debajo del 5%, como han predicho algunos. La tasa media de crecimiento per cápita predicha por Subramanian, 5,5% para el período 2010‑2030, ya es conservadora, puesto que (en general) es más de 40% inferior al crecimiento a lo largo de los últimos 20 años.

Para poner las cosas en contexto, Subramanian examinó cómo les fue a otros países después de llegar al nivel de desarrollo actual de China (la cuarta parte del nivel de vida en Estados Unidos durante su auge económico de la posguerra). Halló que si bien algunos sufrieron largos periodos de declive, otros pudieron sostener un crecimiento veloz. En palabras de Subramanian, “muchas cosas tendrán que ir mal” para que China se sume al primer grupo.

En 1995, el difunto economista de la Universidad Yale Gustav Ranis recalcó que el éxito de las economías del este asiático para mantener un crecimiento duradero le debía mucho a la “flexibilidad de las autoridades”, que siempre estuvieron atentas a las necesidades cambiantes. “Cada década tuvo sus desafíos”, escribió Ranis; y el Gobierno chino siempre respondió con políticas que hicieran lugar a los cambios necesarios, en vez de obstaculizarlos.

Ranis concluye: “Si hay una clave para el desarrollo exitoso, es evitar la incrustación de las ideas”. Eso se logra a través de una “creciente confianza [de las autoridades] en la capacidad de respuesta de grandes números de tomadores de decisiones dispersos”. Esta descripción le cabe perfectamente a China.

La respuesta a la crisis económica global es un buen ejemplo. Cuando las economías avanzadas implementaron un estímulo monetario de una magnitud inédita, la dirigencia china profundizó su compromiso con el paso de un modelo de crecimiento basado en las exportaciones a otro basado en el consumo interno, incluso aunque supusiera un difícil periodo de ajustes estructurales, que explica la desaceleración del país en los últimos cinco años.

No debemos subestimar la capacidad de China para hacer frente a sus desafíos, viejos y nuevos, incluida la guerra comercial iniciada por Trump. De hecho, en vista de su historial, parece probable que la dirigencia de China reforzará su determinación de seguir calibrando el modelo de crecimiento del país, abriendo la economía e implementando más reformas estructurales, todo ello al servicio de su objetivo final de que China ocupe su lugar entre las economías avanzadas del mundo.

Zhang Jun es decano de la Escuela de Economía de la Universidad Fudan y director del Centro de Estudios Económicos de China con sede en Shanghái.

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