Muy peligroso este tipo de suelo político: engañoso, resbaloso, traicionero, quebradizo y de alto riesgo; siempre oculta algo

Por: José David Guevara 13 diciembre, 2017
... lo importante no es el colorido que seduce a simple vista, sino lo que se se esconde debajo. Las apariencias engañan, máxime en tiempos de campaña electoral.
... lo importante no es el colorido que seduce a simple vista, sino lo que se se esconde debajo. Las apariencias engañan, máxime en tiempos de campaña electoral.

La hojarasca política, en especial la electoral, puede ser palabra reseca en materia de Derechos Humanos, paja tostada en relación con el Estado de Derecho, matorral estéril en el respeto a la institucionalidad. Los venezolanos lo saben; Húgo Chávez se los enseñó y Nicolás Maduro se los recuerda.

La hojarasca política, máxime cuando de votaciones se trata, puede mostrarse arrogante, soberbia, vanidosa, orgullosa, patán, fanfarrona, ostentosa, misógina, racista y matona. Los estadounidenses lo experimentaron en la pasada campaña en pos de la Casa Blanca.

"La hojarasca política también es dicharachera, come tamal, exhibe su pico de oro, tiene programas de radio o televisión, se deleita amenazando, intimidando, jugando el papel de inmaculada...".

La hojarasca política, cuando está en juego el poder, puede lucir charlatana, charanguera y mesiánica. Si no que lo digan los ecuatorianos, quienes fueron "gobernados" por Abdalá Bucáram entre el 10 de agosto de 1996 y el 6 de febrero de 1997; apenas 5 meses y 25 días, luego de que el Congreso declarara su “incapacidad mental para gobernar”.

La hojarasca política, si el ambiente huele a sufragio, lanza la red de la oratoria, la retórica, el verbo encendido, las frases prefabricadas, la palabrería que suena bien pero no dice nada, el blablabla que engatusa, seduce, deslumbra y envuelve. Perú en tiempos de Alan García (1985-1990 y 2006-2011), un político que en el colegio descubrió el poder de las palabras y a partir de entonces cultivó la oratoria.

Siempre oculta algo

La hojarasca política, urnas de por medio, corre el riesgo de tornarse corriente, ordinaria, chabacana, inculta, tosca, cínica, vulgar. ¿Qué mejor ejemplo que nuestro vecino del norte, Daniel Ortega?

La hojarasca política, cuando llega la hora de endulzar a los ciudadanos, se mimetiza de respeto a las libertades, pero una vez instalada en el sillón presidencial arremete —solapada o abiertamente— contra la libertad de expresión. No sean mal pensados, no supongan que estoy pensando en la argentina Cristina Fernández.

Eso no es todo. La hojarasca política también es dicharachera, come tamal, exhibe su pico de oro, tiene programas de radio o televisión, se deleita amenazando, intimidando, jugando el papel de inmaculada...

Muy peligrosa la hojarasca política, sobre todo la electoral. Es terreno engañoso, resbaloso, traicionero, quebradizo, de alto riesgo; siempre oculta algo.