La competencia no existe. O al menos no como la promovemos (idealizamos)


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Lo que creemos es un modelo de competencia (¿perfecta?), se ha convertido en un remedo de ella, o más bien, en un intento (fallido casi siempre) de ocultar la manipulación de la misma para lograr beneficios personales a costa del bienestar colectivo.  ¿Las razones?

  1. Los procesos (procedimientos) se encuentran mal diseñados (o directamente amañados) y por tanto, los resultados no pueden ser los esperados
  2. Los mecanismos de implementación permiten cierta manipulación que impide que se de el mejor resultado y este se reemplace por el “resultado esperado”
  3. El deseo (¿o la necesidad?) de sobresalir sobre el resto (a como dé lugar) y sin importar el costo.

¿Qué hacer ante esta situación que se convierte en estructural y que afecta el principio mismo de la competencia?

Aun cuando muchos defendemos la lógica de la competencia, no podemos mirar para el lado cuando nos damos cuenta que más que la competencia entendida en su mejor sentido, un absurdo sentido de competir (por competir)  está derribando nuestros propios paradigmas. Algunos simples ejemplos al respecto. 

-          En el colegio se organiza un campeonato y el anfitrión se “encarga” de que los grupos queden cómodos para llegar lo más lejos posible. Esto pasa también a nivel profesional.

-          En otro ámbito académico, los maestros tienen un tiempo de clase para preparar a sus estudiantes. Pero uno de ellos les da más tiempo de clase para lograr mejores resultados, suena bien, ¿no? Pero lo hace solo a su grupo y no a todos los estudiantes involucrados!!!

-          En el ámbito del trabajo, una licitación cuyos costos  adecuadamente establecidos suponen un precio y finalmente la gana alguien que señala que lo puede hacer por “la mitad de  ese precio” (dado que la licitación es por precio más bajo – pero sin estudiar la propuesta técnica). ¿Que podemos esperar de esos resultados? ¿Otra platina?

-          En el mismo tenor, vemos que muchos proyectos realizados “por invitación” (y por tanto con pocos oferentes), se convierten en un mecanismo para disfrazar el otorgamiento discrecional al amigo, en ausencia de reglas claras de convocatoria. 

Podríamos seguir todo el día dando ejemplos de cómo nosotros mismos nos encargamos de sepultar el verdadero concepto de competencia (contienda), donde se supone que las armas son legales y quienes compiten se encuentran en igualdad de condiciones; por algo que llamamos de la misma forma, pero que no es otra cosa que una grosera manipulación para lograr un resultado favorable (amañado).

Entonces, ¿de que competencia hablamos? De la que se arregla desde el inicio para “orientar los resultados”, o de la que apoya al “grupo preferido” para lograr mejores resultados.  El objetivo de la competencia es una posibilidad real de mejora para los involucrados basada en la mejor propuesta, la más eficiente, efectiva, etc. La competencia no supone que un contendiente vaya armado y el otro desarmado (y quizás también amarrado).

Lo que busca la competencia es mejorar las posibilidades de lograr mejores productos /  servicios por medio de un concurso donde la mejor propuesta (entendida como la mejor para el cliente, para la sociedad, para los beneficiarios, etc.), es la que se impone sobre el resto. Y donde quienes compiten se encuentran razonablemente en igualdad de condiciones. Si entendemos lo anterior debemos promover sanamente la competencia, basada en el mérito y no en la manipulación.

Los ejemplos anteriormente señalados muestran que hacemos las cosas mal a pesar de que podemos hacerlas bien. ¿Cómo cambiar ese derrotero y optar por una competencia leal limpia y transparente? No es fácil y no funcionará mientras un grupo sea juez y parte.  Por ello, es necesario:  

-          Definir bien las reglas de juego, de forma tal que los fallos previos puedan ser subsanados;

-          Hacer como en “Ulises y las Sirenas”, que en un momento de lucidez Ulises decide amarrarse a un poste para no cambiar el rumbo de la embarcación cuando se escuche el canto de las Sirenas. Es decir, si creo que voy a manipular, que sea otro quien redacte las reglas.

Competir sanamente supone un espíritu y valores. Lamentablemente vemos con pesar que muchos a veces no diferenciamos la realidad de la ficción y deseamos a toda costa que nuestro grupo sea el ganador. Por ello, si no somos conscientes de como manipulamos para lograr nuestras metas debemos entonces definir  reglas claras y penalidades altas; así como un cuerpo ejecutivo que las haga cumplir (la policía). La competencia es buena, pero lo es mas cuando está en manos de gente competente. 

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Pymescopio Emilio Zevallos

Emilio Zevallos V., es consultor internacional e investigador especialista en nuevos emprendimientos, así como en micro, pequeñas y medianas empresas de América Latina; además trabaja temas de crecimiento y desarrollo económico, sector informal, desarrollo local y gestión de proyectos. Cuenta con varios libros y publicaciones en revistas especializadas sobre estos temas.

Ha sido profesor del TEC de Monterrey (México), así como profesor visitante en varias universidades de A.L. Es Master en Economía (ITAM, México), Políticas Públicas (FLACSO, México), y especialista en desarrollo económico local por la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Además de su actividad de consultoría y académica, en la actualidad se encuentra generando un nuevo emprendimiento de información y formación para nuevos emprendimientos y pequeñas empresas llamado PYMEScopio.

Pueden conocer más de esta iniciativa en Facebook: https://www.facebook.com/PYMEScopio

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