Por:  12 junio, 2015

Durante los últimos años hemos visto la emergencia del emprendimiento como una alternativa al trabajo asalariado, la posibilidad de lograr la independencia financiera y la tan ansiada autonomía laboral. Desde otra perspectiva, también se ha presentado como parte de un nuevo paradigma económico en donde las personas son capaces de lograr desarrollar sus intereses y competencias por medio de una actividad económica que “agrega valor” a la economía al tiempo que incrementa la calidad de vida de las personas. Sin embargo, el argumento implícito en el desarrollo emprendedor es que cualquiera puede ser empresario, y eso no es cierto.

Lo anterior es parte del “ilusionismo emprendedor” que trata de vender la idea de que todos podemos ser propietarios de nuestro propio negocio y tener una vida próspera haciendo lo que nos gusta. Sin embargo, tratando de ser realistas, el emprendimiento es la nueva “tabla de salvación” de los Estados para paliar los resultados de sus malas políticas públicas (ineficientes en la creación de mejores condiciones para el empleo), las propias limitaciones del mercado laboral (que no puede absorber la mano de obra que ingresa todos los años a la economía), la inefectividad del sistema educativo (que obliga a las personas a emprender sus propios negocios –muchas veces sin conocimientos- debido a la imposibilidad de conseguir un empleo formal acorde a sus conocimientos y competencias). Por supuesto, no estamos negando la presencia de verdaderos emprendedores que –sea por oportunidad o por necesidad- lograron desarrollar una actividad económica y basados en sus conocimientos y competencias, han sacado la tarea adelante innovando. En este grupo hay de todo; desde los más dinámicos, -por lo general educados, con contactos, acceso al capital, tecnología, etc.-, hasta los que sin mayores conocimientos pero con un entusiasmo y voluntad a toda prueba han empezado con negocios muy pequeños que han ido escalando hacia la formalización y de ahí al crecimiento sostenido. Sin embargo, claro está, siguen siendo muy pocos y esta es una tendencia que no cambiará en el corto plazo. Además viven en un mar plagado de tiburones donde un buen proyecto puede caer en manos de gente inescrupulosa que le ofrece financiamiento en condiciones no solo desfavorables sino casi confiscatorias.

Del otro lado tenemos el “pragmatismo PYME”, que basa el desarrollo de estas pequeñas unidades económicas en sus propias habilidades y análisis de lo que es “viable” y lo que no. Se refiere a las empresas que desde su creación han sacado la tarea con grandes esfuerzos, que no creen en el discurso oficial del emprendimiento y las políticas de apoyo y que basadas en sus competencias y conocimientos han ido alejándose de la economía informal y en la actualidad se encuentran en un proceso de crecimiento (por supuesto no exento de tropiezos). Igual que en la situación anterior hay de todo; desde los más tradicionales hasta los dinámicos. Lo importante que en su mayoría no están a la espera de la ayuda del Estado sino que han asumido una actitud de autoayuda, han tejido sus propias redes, y buscan apoyo privado cuando el público no está disponible.

Y en estos dos grupos se encuentran también los “buscadores de rentas” que son quienes se han adherido –casi monopólicamente- a las ayudas del Estado (u otros entes) para vivir artificialmente de una renta y no de sus propias competencias.

Como vemos, en ambos grupos hay de todo por lo que las políticas públicas deben ser claramente selectivas. Y como es claro, no es posible apoyar a todos, ni todo el tiempo; ello eso nos llevaría al despilfarro de recursos y muy poco o ningún impacto significativo. Sin embargo, la selectividad también tiene un costo: ¿a quien apoyar, al pequeño que requiere de conocimientos y competencias para desarrollar un producto simple ubicado en zonas económicamente deprimidas, o al que es más dinámico y tiene mayores posibilidades de éxito y que además es empresario urbano, o al que quiere desarrollar un negocio nuevo, dinámico o no? Lo que es claro es que no se le puede dar un poco a todos porque no alcanza y tampoco genera el impacto deseado.