¿Debemos tenerle miedo a China?

Las decisiones económicas del gigante asiático generan repercusiones globales, pero son parte del cambio de su “nueva normalidad”


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¿Hay que tenerle miedo al poderío y peso económico de China? La respuesta es no, pero no hay que quitarle los ojos de encima.

Está demostrado que cualquier cambio en la política económica o monetaria que haga esa nación, o una sacudida de sus mercados bursátiles, pueden arrastrar al resto del mundo.

Incluso, el 10 de febrero, la presidenta de la Reserva Federal (Fed) de Estados Unidos, Janet Yellen, volvió a insistir en que la situación económica de China y el manejo de su tipo de cambio han elevado las preocupaciones sobre la situación económica internacional.

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Sin embargo, eso no significa que China esté a punto de derribar la débil producción mundial, aunque ya puso a pensar a la Fed si es prudente seguir elevando sus tasas de interés.

Dicho esto, dejemos tres aspectos en claro.

Primero, China no es convencional. Aunque se denomina como una economía comunista, de control estatal, tiene un mercado muy abierto y su banco central maneja una política monetaria de libro de texto.

Segundo, es la segunda economía más grande del mundo y, efectivamente, el crecimiento de su Producto Interno Bruto (PIB) se ha desacelerado.

El año pasado creció un 6,9% (el más bajo en 25 años), contra el 7,3% del año anterior y, para este 2016, el Fondo Monetario Internacional (FMI) proyecta que cerrará en un 6,3% que, aun así, sería el doble de la economía mundial.

Tercero, no es un país que hace cambios de un momento a otro, sino que aplica ajustes de largo plazo y así lo demostró en 2013 cuando decidió que ahora su producción ya no se iba a enfocar en la manufactura, sino que iba a hacer un giro hacia el consumo y los servicios, un proceso que tardaría 10 años.

Hoy, los servicios representan la mitad del PIB.

Esta decisión se compara al giro radical que tomó en 1978, cuando su economía se abrió al mundo, según escribió la exministra de Planificación de Costa Rica Laura Alfaro, en un artículo de febrero del 2014.

“Al igual que la última vez, se espera que los cambios sean lentos y graduales, pero profundos”, señaló.

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Nueva normalidad

Ese cambio es un tema en el cual sus máximas autoridades han insistido durante meses. Lo llaman “la nueva normalidad”.

El 21 de enero anterior, el vicepresidente Li Yuanchao describió, en Davos, el nuevo periodo como “más estable” y basado en una diversificación de sus sectores productivos.

“Para esta nueva normalidad, necesitamos cambiar el modelo de crecimiento, cambiar el concepto de desarrollo, la manera como crecemos y centrarnos más en la calidad que en la velocidad”, agregó.

Un año atrás, el presidente Xi Jinping ya había hablado de esa “nueva normalidad” y que China iba a pasar de ser una economía de alto crecimiento a una de crecimiento medio-alto.

Se debe apuntar otro factor: no es posible que este país siga creciendo a tasas de dos dígitos cuando el mundo crece al 4%.

“El cambio de China hay que verlo con buenos ojos. No se hace de la noche a la mañana, se está traslando de un motor (de crecimiento) a otro, pero el Gobierno y el Banco Central están ahí haciendo ajustes”, opinó Douglas Montero, director de fondos de inversión de Aldesa.

Empero, su desaceleración ha encendido las luces de alerta en todos los rincones del planeta.

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“China está en una posición de poner muy nervioso a los inversionistas globales”, afirmó Marco Vinicio Ruiz, exembajador de Costa Rica en esa nación.

Meses atrás, el multimillonario George Soros sentenció que el gigante asiático iba a tener un aterrizaje duro ( hard landing ) y que era prácticamente inevitable.

Por el contrario, el expresidente de la Fed Ben Bernanke aseguró que “la desaceleración no será severa como para amenazar a la economía global”. Y añadió: “Tienes que hacer la transición a más servicios si quieres que la economía siga creciendo y generando empleos”.

The Economist también maneja la tesis de que China “no está al borde del colapso”, según un artículo publicado el 16 de enero anterior.

Y tal parece que las empresas tampoco están comprando la idea de que China va rumbo al descalabro.

El 8 de setiembre anterior, la comunidad de servicio de transporte Uber anunció su expansión a 100 ciudades de China, y el 12 de enero pasado, Starbucks dijo que abrirá 2.500 cafeterías más en cuestión de cinco años.

Es más, el año pasado, el país recibió $126.000 millones en inversión directa, un 5% más que en el 2014.

“China afirma que promoverá un modelo de producción para el consumo interno y eso puede contribuir a bajar la tasa de crecimiento, pero mejora la calidad de vida de sus habitantes”, apuntó el economista Thelmo Vargas.

Eso significa que los chinos comprarán más y las empresas así lo están leyendo.

Empero, es cierto que cualquier decisión que tome este gigante en temas económicos repercute a nivel global.

Solo el hecho de que China decidió cambiar su modelo productivo y redujera el ritmo de crecimiento se ha traído abajo (en parte) el precio del petróleo, que hoy roza cotizaciones que no se veían en más de 12 años. China es el segundo comprador mundial de crudo.

Paralelamente, los países exportadores de materias primas, entre ellos, Venezuela, Chile, Argentina y Brasil han sufrido fuertes repercusiones porque China ha dejado de adquirir tantos commodities , como el cobre o la soya.

El país asiático, por ejemplo, compraba 40% del cobre chileno.

Bolsas inmaduras

El otro gran impacto ha venido de las turbulencias bursátiles.

En agosto del 2015, los mercados sufrieron fuertes caídas, atribuidas, más que a las preocupaciones por el menor crecimiento, a ajustes propios de un mercado relativamente joven, en el que 90 millones de pequeños inversionistas controlan tres cuartas partes de la actividad; léase, personas que ante cualquier noticia, salen a vender sus acciones.

Aunque el Banco Central aplicó una baja en sus tasas de interés y los reguladores establecieron medidas para impedir fuertes caídas (entre ellas, que los grandes inversionistas tenían prohibido deshacerse de sus títulos durante seis meses y que los mercados podían cerrar prematuramente si sus indicadores caían más del 7%), la situación no mermó.

El 4 y 7 de enero de este año, las plazas volvieron a caer y derribaron el resto de los mercados mundiales, los cuales interpretaron la caída de la bolsa de Shanghái, otra vez, como un síntoma de que la economía china no anda bien.

La otra sacudida vino por la política monetaria seguida por el Banco Central chino y los crecientes temores por una nueva y mayor devaluación del yuan.

Entre el 2014 y 2015, el Banco Central recortó sus tasas de interés en cinco ocasiones, y en agosto anterior, China hizo tres correcciones seguidas a su moneda y la devaluó en un 5%.

A nivel mundial, esto se interpretó como que los asiáticos estaban quemando sus cartuchos para tratar de apuntalar su economía.

Otros creen que, más bien, están tratando de hacerle un campo a su moneda en el panorama cambiario mundial.

Hay que recordar que el FMI ya incluyó el yuan dentro de su canasta de monedas en que basa sus derechos especiales de giro.

Sin embargo, con la devaluación, empezaron los temores de una posible guerra de divisas (es decir, los países deciden depreciar sus monedas para hacer sus productos competitivos) y también de que China decidirá pronto hacer otro ajuste, que algunos apuntan a un 10%.

Tanto la caída en las bolsas, como la depreciación del yuan motivaron al Fed a no subir sus tasas de interés durante buena parte del segundo semestre del 2015, decisión que tomó hasta mediados de diciembre.

Hoy la situación se repite y la Fed no subió sus tipos el mes pasado, preocupada por lo que China pueda hacer.

No obstante, aunque las autoridades chinas están cómodas con su “nueva normalidad”, también es cierto que enfrentan desafíos que los obligarían a tomar nuevas medidas, entre ellas, el alto endeudamiento del sector privado (la relación de crédito al PIB hoy ronda el 250%), una caída fuerte en su inflación, y la posible salida de capitales dado el fortalecimiento del dólar.

Ante todo esto, ¿cuánto puede afectar la desaceleración china a Costa Rica?

La respuesta es, muy poco. Por ahora, las ventas a este país sumaron $80,9 millones en el 2015, lo que significa una caída del 76% respecto al año anterior. Aun así, representan la quinta parte de nuestras ventas totales a Asia.

Un impacto más fuerte para nuestro país solo ocurriría si los principales socios comerciales, Estados Unidos y Europa, sufren fuertes desaceleraciones por el enfriamiento de China.

Empero, a nivel mundial, la percepción puede ser distinta. “China corre el riesgo de amplificar, sin darse cuenta, la inestabilidad financiera global”, advirtió el jefe de asesores económico de Allianz, Mohamed El-Erian.

Por lo pronto, el gigante asiático anunció el 3 de febrero pasado que este año piensa crecer entre 6,5% y 7% y no prevé grandes planes de estímulo económico, pues ya no persigue crecimientos de dos dígitos.

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