Por: María Clara Vargas 25 abril, 2015

En las pinturas de los siglos XVII y XVIII, algunas veces vemos un instrumento de teclado que semeja un piano, pero completamente decorado. Pero la diferencia va más allá del aspecto físico, ya que la sonoridad también varía mucho. Ambos son instrumentos de teclado, pero, en los pianos, las cuerdas son golpeadas por un martillo de fieltro, mientras que en los clavecines o clavichémbalos, las cuerdas son pulsadas por pequeños plectros o púas. De ahí que su sonido se asemeja al producido por otros instrumentos de cuerda pulsada como las guitarras.

Los clavecines fueron sumamente populares en la época barroca. De acuerdo con las posibilidades económicas de sus dueños, algunos eran pequeños y nada decorados, mientras que en los castillos y palacios, la decoración podía rayar en lo exagerado. En todo caso, tanto en la música de cámara como en la orquesta, el instrumento estaba presente al brindar la base armónica. Además, muchos compositores escribieron gran cantidad de obras para el instrumento solo. Entre ellas las suites compuestas por Handel y Bach y las sonatas de Scarlatti y de Soler.

Couperin y Rameau, por ejemplo escribieron obras de carácter, o sea, piezas que describen emociones, elementos de la naturaleza y personajes. El sonido relativamente pequeño del instrumento fue compensado por la profusa utilización de ornamentos musicales, que daban volumen a la línea melódica.

A finales del siglo XVIII, el instrumento perdió interés debido a que la música empezó a escucharse en teatros, que requerían instrumentos más sonoros como el piano. Más de cien años después, a inicios del siglo XX, los claves fueron redescubiertos. Poco a poco se empezaron a construir tal y como se hacía en el período barroco y con ello surgió una sonoridad ágil y de gran belleza, que nos permiten transportarnos a épocas pasadas.