EMBRIAGUEZ DEL PENSAMIENTO

Chaplin


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El otro día estaba viendo por la televisión una película "muda" del sensacional Buster Keaton. Y recordé algo que se cuenta entre mis más bellas experiencias profesionales, y que no sé por qué hasta ahora no había relatado.

Me llaman un día del Museum of Fine Arts (durante años gasté suelas recorriéndolo: tenían varias pinturas impresionistas, quedaba contiguo al campus de mi alma mater). Me preguntaron si quería tocar el piano en las proyecciones de películas de Chaplin, Keaton, Harold Lloyd, Ben Turpin, y "Fatty" Arbuckle. Yo debía mimetizar al piano la acción de las cintas. Así no más, en vivo, en directo, siguiendo las peripecias de los personajes, improvisación pura. Acepté con cierta reticencia: era algo que nunca había hecho. La primera noche estuve nervioso... la ausencia de partitura, la dificultad para seguir, por una parte, la acción en la pantalla, por otra, el movimiento y la posición de mis manos en el teclado.

Me tocó, entre otras cosas, musicalizar la famosa secuencia "del barco" de Chaplin. La tormenta afuera, y el navío que se balancea sin cesar, obligando a Charlot a las más cómicas proezas físicas que sea dable imaginar. Encontré que los "glissandi"1 para arriba y para abajo (a lo Debussy) eran una magnífica manera de ilustrar los bandazos a babor y estribor del barco. Fue un trabajo que desempeñé durante más de un año, una práctica con menos dignidad -se dirá- que los recitales y los conciertos con orquesta a que estaba acostumbrado. Siempre temía la presencia de alguno de los profesores de la universidad, así que antes de comenzar hacía una rápida inspección de la sala. En el fondo estoy seguro de que hubieran entendido... todos los músicos hemos sido, en alguno u otro momento de nuestra vida, saltimbanquis, pianistas de cóctel, amenizadores de fiestas, tocadores de marchas nupciales en las ceremonias de bodas, y de Jesús, alegría del deseo de los hombres, de Bach, con ocasión de funerales. Si Brahms se había ganado la vida cuando joven tocando en un prostíbulo -eso me decía a mí mismo-, ¿por qué no debía yo de prodigarme en una práctica musical tan divertida y colaborativa? El efecto de conjunto de la experiencia estética era en buena medida debido a mí. Yo contribuía de manera esencial al goce de las películas, y eso me daba una gran satisfacción.

"Me tocó, entre otras cosas, musicalizar la famosa secuencia “del barco” de Chaplin. La tormenta afuera, y el navío que se balancea sin cesar, obligando a Charlot a las más cómicas proezas físicas que sea dable imaginar". (Istock)

Para los villanos usaba el amenazador registro bajo del teclado, para los héroes pequeñas marchas en Mi bemol mayor -tonalidad épica por antonomasia- y para las damas seductoras y primorosamente ataviadas, melopeas llenas de trinos en el registro medio y agudo. En las escenas de amor echaba mano del Sueño de amor, de Liszt, y de algún nocturno de Chopin. Por supuesto, los amaneraba, los convertía en caricaturas, en muecas musicales. En las secuencias de persecuciones manoseaba los primeros compases del Erlkönig, de Schubert, con su fantástico ritmo de galope. Cuando la escena era idílica y pastoril invariablemente tocaba la Canción de primavera, de Mendelssohn. De vez en cuando algún ragtime -cuyo ritmo se me ha tornado desde entonces odioso-. En el caso de Los tiempos modernos o de Luces de la ciudad me sentía dispensado de tocar: ¡la música, del propio Chaplin, era tan hermosa! Y la belleza de Paulette Godard (una de sus muchas mujeres), y el embrujo de la canción Candilejas... no tenía sentido ponerle música a algo que ya la tenía. Por lo demás, mis "interpretaciones" se reducían a lugares comunes por todas partes, pero qué se podía hacer, mis destrezas pianísticas no me daban para más. La paga era pésima, me la enviaban por correo y con frecuencia se retrasaba.

Una semana se organiza un "festival Chaplin". Toqué con la soltura y desaprensión que poco a poco había terminado por desarrollar. Al terminar la última sesión una señora se me acerca a felicitarme. Está visiblemente conmovida. En primera instancia nada en ella me llama la atención. "¿Con quién tengo el placer?" -le pregunté-. "Permítame presentarme: mi nombre es Geraldine Chaplin".

NOTA 1 "Resbalando" sobre las teclas.

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NOTA: Jacques Sagot, pianista y escritor. Reconocido por su talento artístico a nivel nacional e internacional.

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