Es mejor una Europa unida


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En el debate internacional, se ha planteado la conveniencia de que la Unión Europea (UE) expulse a algunos de sus miembros con problemas de deuda para salvarse a sí misma.

En primera instancia, la idea pareciera hacer justicia con aquellos que han llevado bien sus finanzas nacionales y un “justo” castigo para quienes se dedicaron a despilfarrar el dinero. Pero, reducir el problema a la expulsión de algunos de sus miembros traería consigo consecuencias económicas, sociales y políticas que ninguno de sus miembros o países amigos desea. Además, limitaría el poder y potencial adquirido por la zona a través de este proyecto de unificación.

La salida de uno de sus miembros traería repercusiones directas en los mercados financieros como el incremento en la variación del precio de los bonos y acciones, la pérdida de confianza de los inversionistas y salidas masivas de capital desde Europa.

Al suceder una eventual ruptura, los inversionistas sentirían inseguridad sobre las nuevas dinámicas de una economía europea que se intentaría reinventar enfrentando barreras comerciales entre los países que se quedan y se van con una clara limitación al acceso a mercados. En el imaginario caso de la salida de España, por ejemplo, la UE perdería acceso directo alrededor del 10% de los habitantes de la región con el potencial de ser la cuarta economía de la zona.

Asimismo, la expulsión de los países problemáticos implicaría el renacimiento de las antiguas divisas como la dracma griega o la lira italiana. Según estimados del banco de inversión japonés Nomura, Grecia e Italia llegarían a perder alrededor del 60% al 30% del valor de sus divisas; esto es como decir que necesitaríamos ¢250 para comprar lo que antes valía ¢100. Esto implica fuertes pérdidas económicas para la región porque los bonos de esos países se pagarían en monedas que valdrían una fracción de lo que en realidad fueron comprados. Esto dificultaría obtener capital extranjero que invierta en sus países porque nadie quiere poner sus recursos en monedas con fuertes tendencias de devaluación.

Euro y riesgo social

Por otra parte, la salida de estos países implicaría la revaluación del euro. Esto lastimaría particularmente al motor de la economía europea: Alemania. Las exportaciones alemanas representan alrededor de un 50% de su PIB y encarecerlas significaría un atentado directo contra estas. Esto cobraría más relevancia aún si vemos que Alemania, en el contexto europeo, representa un 28% de su PIB. Por tanto, una potencial desaceleración de la economía alemana representa implicaciones directas negativas para el crecimiento de la la región.

Por otra parte, ante la salida de países miembros, la Unión Europea disminuiría su cuota de representación en organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial. Esto deja a la UE con una capacidad reducida en la toma de decisiones sobre políticas internacionales, acceso a fondos y, peor aún, disminuye su poder relativo ante otras potencias como China y Estados Unidos.

El aspecto social correría riesgo también. Los países expulsados sufrirían de una alta inflación (hasta un 50% para Grecia, según el banco BNP Paribas) y, por ende, lastimaría directamente el poder adquisitivo de los ciudadanos causando mucho desempleo que, a su vez, rebota en pobreza, crimen e insatisfacción en el sistema político. Esto da terreno fértil para que haya intentos considerables de migraciones desde los países expulsados y la posibilidad de que extremistas políticos tomen el poder y generen inestabilidades.

Los europeos han reconocido que su oportunidad radica en la unión. La última acción de aprobar el nuevo fondo de salvamento por parte de los alemanes reivindica este pensamiento. Esto garantiza aplicar un eventual salvamiento a los países con mayores problemas de deuda.

Los europeos han sido ejemplo en vislumbrar una integración poco antes explorada, como lo son la complementación de la integración social y política junto a la económica. El camino de la recuperación seguirá siendo lento como hasta ahora, pero de tomarse la vía alternativa de la desintegración, solo podríamos esperar que las cosas se pongan peor.

Participaron en este artículo, además, Fernando Cabrera, Andrea Hernández, José Paz, Jorge Ortega y Alvaro Goicoechea, de AMBA Research.

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