OPINIÓN

Transgénicos: hay que educar


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La reciente autorización de la Comisión Nacional de Bioseguridad al cultivo de semilla de maíz transgénico en el país, por parte de la empresa DPL Semillas (filial de Monsanto), ha desatado una gran polémica, llegando en ocasiones a matices absurdos. No es el objetivo de este artículo inclinar al lector hacia un criterio a favor o en contra, sino más bien recapitular algunas consideraciones fundamentales en cualquier discusión profunda al respecto.

Primero, vale la pena definir un organismo transgénico como aquel que ha sido modificado mediante la adición de genes exógenos para lograr nuevas propiedades. Desde el punto de vista científico, la transgénesis como tecnología resulta sumamente prometedora al ampliar de manera exponencial el pool genético disponible, siendo así capaz de brindar soluciones innovadoras a diversos problemas.

Resulta fundamental discernir entre la tecnología y su uso. Una analogía conveniente es el Internet. Si bien hoy nadie cuestiona la utilidad de esta tecnología, su empleo abarca desde fines educativos y de comunicación, hasta crímenes informáticos. Así, lo censurable es el uso, bueno o malo, de la herramienta. Algo similar podría aplicarse a la transgénesis. Realizar esta diferencia permite comprender lo impreciso y precipitado que resultan aseveraciones como “estoy a favor de los transgénicos” o “estoy en contra de los transgénicos”. Cada caso deberá ser analizado independientemente.

Aunque mucha investigación se realiza en centros universitarios, la empresa privada (con su visión de negocio y lucro) no ha estado para nada ajena al desarrollo de estas tecnologías. Al igual que en otros temas, las compañías dueñas de las patentes no son ONG, sino que en su mayoría persiguen fines lucrativos y esperan grandes retornos ante las inversiones realizadas. Sin mencionar nombres específicos, lo cierto del caso es que muchas no se han caracterizado precisamente por su comportamiento ético y su responsabilidad social. De forma que cualquier estrategia que incorpore el uso de transgénicos deberá ir acompañada de programas de apoyo a los productores y regulaciones específicas.

Riesgos

Los transgénicos no están exentos de riesgos, en este caso relacionados principalmente con la salud de la población y la integridad del ambiente. Aunque existen métodos (como las zonas de amortiguamiento) y acuerdos internacionales (como el Protocolo de Cartagena) que minimizan los riesgos y regulan el tema, como en toda tecnología, el riesgo nunca será cero. También es justo aclarar que probablemente ninguna tecnología en la historia ha sido puesta a prueba tantas veces y tan rigurosamente como lo ha sido la de los cultivos transgénicos, sin que hasta el momento existan estudios reconocidos por la comunidad científica internacional que logren demostrar de forma convincente una relación directa entre transgénicos y daños a la salud o al ambiente.

Sin embargo, en términos de evaluar los impactos a largo plazo, todavía puede ser muy temprano para obtener conclusiones definitivas. Después de todo, ¿cuánto tiempo nos llevó reconocer que las emisiones antropogénicas de gases de efecto invernadero eran grandes responsables del calentamiento global? Por otro lado, en materia ambiental, es de gran importancia el principio precautorio, por medio del cual, cuando haya peligro de daño grave o irreversible, la falta de certeza científica absoluta no deberá utilizarse como razón para postergar la adopción de medidas para impedir la degradación del ambiente.

Resulta fundamental empoderar al consumidor para que sea capaz de tomar las decisiones que considere adecuadas de manera fundamentada. Para lograr esto, se deben destinar importantes esfuerzos en la concientización y la educación de la población. En este proceso desempeñan un rol fundamental el Estado, las universidades, la educación informal y, sobre todo, la prensa. Sin embargo, el consumidor también debe interesarse, investigando por su cuenta o asistiendo a espacios de diálogo.

Paralelo a esto, considero que el etiquetado de productos provenientes de transgénicos es también necesario, de manera que se respete el derecho de los consumidores de estar informados. Lamentablemente esta práctica aún no se da de manera extendida, en parte debido a presiones de diversos sectores.

Finalmente, antes de tomar una posición, ya sea favorable o contraria ante cualquier nueva tecnología, debemos informarnos y educarnos en el tema para formarnos un criterio objetivo. Con respecto a la transgénesis, se debe discernir en primer lugar entre la tecnología y su respectivo uso. No se debe santificar ni satanizar: carecen de sentido tanto las visiones apocalípticas de los detractores como las afirmaciones de que la transgénesis es la panacea que resolverá el hambre en el mundo. Por ende, cada evento transgénico debe valorarse caso a caso, como unidades diferentes que son.

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