Grandes expectativas para el yuan


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Shanghái. La reciente decisión del Fondo Monetario Internacional (FMI) de sumar el yuan chino a la canasta de monedas que determinan el valor de su activo de reservas, los Derechos Especiales de Giro, ha capturado los titulares en todo el mundo. Pero los DEG en sí mismos no han dominado precisamente las discusiones –mucho menos las transacciones– desde su creación en 1969. ¿La decisión realmente importa entonces?

En verdad, considerando el papel muy limitado de los DEG en la economía global, la medida tendrá pocos efectos concretos en el corto plazo. En el más largo plazo, en cambio, la atención que ha generado la decisión podría impulsar un uso más amplio de los DEG. Más importante aún, al menos por ahora, es el hecho de que la decisión equivale a una aprobación por parte del FMI del progreso que China ha hecho a favor de la internacionalización del yuan, a la vez que refleja –y reafirma– la creciente influencia económica de China.

Desde que China se sumó a la Organización Mundial de Comercio (OMC) en 2001, su PIB ha pasado de aproximadamente 20 billones de yuanes chinos ($3,1 billones) a 60 billones de yuanes chinos. En 2009, China se convirtió en el mayor exportador del mundo. Y el año pasado, según el FMI, China superó a Estados Unidos y devino la mayor economía mundial (en términos de paridad de poder adquisitivo). El reconocimiento por parte del directorio del FMI, que representa a los 188 países miembros, de que el yuan cumple con “todos los criterios existentes” para la inclusión en la canasta de los DEG es otro paso adelante en este sendero de progreso.

Sin embargo, es importante observar que cumplir “con todos los criterios existentes” no coloca al yuan a la par de, digamos, el dólar estadounidense –o, por cierto, de ninguna de las otras monedas de los DEG (el euro, la libra británica o el yen japonés)– en términos de uso internacional. Por el contrario, a pesar del enorme PIB y volumen comercial de China, la participación del yuan en el mercado cambiario global sigue siendo insignificante. Y el proceso de internacionalización está lejos de haberse completado.

En este escenario, el FMI fácilmente podría haber rechazado la solicitud de inclusión del yuan en la canasta de los DEG, como lo hizo hace cinco años. Pero el FMI parecía ansioso (especialmente en los últimos meses) por incorporar a China esta vez. ¿Qué fue lo que produjo el cambio de opinión del Fondo?

La verdadera razón

La explicación, a mi entender, reside básicamente en la devaluación del yuan del 11 de agosto, después de una década de apreciación. Al abandonar la paridad del yuan con el dólar estadounidense –una medida indudablemente riesgosa–, China demostró su voluntad de permitirles a las fuerzas de mercado establecer el tipo de cambio en el largo plazo.

Por supuesto, ahora que el yuan ha sido aceptado en la canasta de los DEG, China debe demostrar que puede manejar de manera efectiva una depreciación drástica de la moneda y seguir haciendo progresos hacia la internacionalización. Esta no será una tarea sencilla, especialmente en un momento de desaceleración del crecimiento económico.

Una depreciación gradual crearía expectativas de un mayor debilitamiento del tipo de cambio, alimentando así las salidas de capital y minando la voluntad de las empresas de utilizar el yuan en las exportaciones y las importaciones. El mercado offshore de esta moneda, que se ha fortalecido considerablemente en los últimos años, perdería valor, obligando al Banco Popular de China a canalizar las reservas monetarias hacia ese mercado para compensar la caída. Las reservas de China ya han caído considerablemente, $87.200 millones solamente el mes pasado.

A pesar de estos desafíos, los líderes de China prevén que, en el más largo plazo, la inclusión del yuan en la canasta de los DEG ayudará a generar una apreciación estable de la moneda y, al ser una suerte de certificación de credibilidad, respaldar su continua internacionalización. Probablemente tengan razón.

Sin embargo, lo que realmente impulsará el continuo crecimiento del yuan no serán los DEG (aunque ayudarán), sino el propio desempeño económico de China a largo plazo. Por cierto, como sostuvo Arvind Subramanian, la participación de China en el PIB y comercio global es lo que hará que probablemente se convierta en una moneda de reserva global.

La pregunta es cuándo. Según Subramanian, esto podría ocurrir en 2020. Los investigadores chinos son un poco menos optimistas. Hace cinco años, Pan Yingli, de la Universidad Shaghái Jiao Tong, proyectó que, sin tener en cuenta la ventaja de incumbencia de otras monedas, la participación del yuan en las reservas monetarias mundiales podría alcanzar el 26% en 2025 (aproximadamente el nivel actual del euro). Si se tiene en cuenta la ventaja de incumbencia, el porcentaje cae a 10%. Pero inclusive en ese nivel, la divisa china podría ser la tercera moneda de reserva del mundo, después del dólar y del euro, en 2030.

En resumen, la inclusión del yuan en la canasta de los DEG sí importa, y no solo simbólicamente. Al demostrar su confianza en el continuo ascenso de la divisa, el FMI ha reforzado las expectativas globales del progreso del yuan hacia la internacionalización –a la vez que le brindó un respaldo explícito–. Sean cuales fueren los desafíos que enfrenta China, su marcha constante hacia la vanguardia de la economía global va a continuar.

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