La explicación de los atentados terroristas en París en términos políticos, sociológicos e históricos resulta insuficiente, es preciso complementarla con el análisis de la subjetividad del terrorista

Por:  17 noviembre, 2015
Una mujer enciende velas durante una vigilia en la plaza del Capitolio en Toulouse, sur de Francia, hoy 17 de noviembre 2015. Los ataques terroristas del pasado viernes causaron al menos 129 muertos y más de 300 heridos.
Una mujer enciende velas durante una vigilia en la plaza del Capitolio en Toulouse, sur de Francia, hoy 17 de noviembre 2015. Los ataques terroristas del pasado viernes causaron al menos 129 muertos y más de 300 heridos.

¿Por qué un joven mata con crueldad a los indefensos y luego se suicida? Esta es una de las preguntas que surgen ante la masacre de París. ¿Por qué jóvenes nacidos en sociedades desarrolladas se pliegan a la Guerra Santa (Yihad) y a la restauración del Califato, la dominación universal de una religión? ¿Por qué matar en nombre de Alá, el Misericordioso?

La explicación en términos políticos, sociológicos e históricos resulta insuficiente, aunque necesaria, es preciso complementarla con el análisis de la subjetividad del terrorista.

Dos tercios de los jóvenes radicalizados franceses tienen entre 15 y 25 años, y un porcentaje importante no proviene de familias de migrantes o musulmanes sino de conversos al Islam.

Desesperanza. Sociológicamente, gran parte de este fenómeno está vinculado a la pérdida de esperanza que se incuba en los suburbios de las ciudades francesas. Falta de integración social para los jóvenes de familias migrantes y musulmanas, carencia de horizontes de vida para otros jóvenes que viven entre pequeños empleos, carencias educativas y fuertes presiones de una sociedad de consumo que ofrece mucho pero no da los recursos suficientes para adquirir su oferta. La desesperación es la ausencia de esperanza, la carencia de perspectivas.

En esta etapa de la vida los jóvenes viven profundos ajustes en su identidad y buscan ideales para orientar su acción,los ideales enlazan lo individual con lo colectivo en la formación del sujeto.

Como lo ha señalado el profesor de la Universidad Paris-Diderot, Fethi Benslama (fundamento este análisis en una entrevista reciente que él ha concedió al periódico Le Monde), la oferta de la Yihad capta a jóvenes angustiados por su identidad y se transforma en un Ideal Total que colma sus fallas, vacíos y les permite repararse en una situación social en que sus lazos (trabajo, educación) con la sociedad son problemáticos. La creencia religiosa se transforma en una prótesis sobre la que no existe duda alguna.

En este encuentro con un ideal absoluto, se pasa de sentirse nada a sentirse todo y la fragilidad de la identidad deviene un blindaje poderoso cuando la juventud se viste con el ideal religioso absoluto. La angustia se alivia, se produce un sentimiento de liberación de los males de este mundo y de omnipotencia, con la desaparición de la individualidad, fusionada en un ideal histórico religioso muy grande.

El islamismo radical se presenta como "la solución" a los problemas de la existencia (soledad, comunicación, marginación, pobreza) y también de la muerte.

El fin de la Primera Guerra Mundial trajo la caída del imperio otomano y con él la desaparición del Califato como entidad teológica política con pretensiones de vigencia universal, el ideal islámico quedó en situación de hemorragia continua (Benslama). Este traumatismo histórico provocó que los musulmanes pasaran de ser amos a subalternos de las potencias occidentales, traumatismo histórico que todavía persiste y donde muchos musulmanes viven este hecho (real) como una infamia que precisa repararse.

Algunos han optado por mantenerse musulmanes en el marco de estados nacionales laicos (Ataturk), pero otros buscan vengarse por la caída histórica y restaurar la soberanía teológica frente al ideal democrático occidental apoyado inicialmente en la fuerza militar de Francia y el Reino Unido.

George Bush quiso reeditar este proyecto de diseño democrático del Medio Oriente y no hizo más que despertar todas las fuerzas del odio, así como la defensa de la creencia radical. La confrontación geopolítica (Iran, Arabia Saudita) reavivó también la confrontación entre chiitas y sunitas, el conflicto al interior del Islam (Fitna).

El islamismo no es sino una afirmación extrema de la identidad musulmana (literalista, profética, puritana), es la defensa a ultranza de actores que se perciben en vías de extinción, una identidad en alerta permanente ante el riesgo de occidentalizarse y en busca de la comunidad original.

El enemigo no son únicamente los europeos, sino también todo el que se oponga a su visión absolutista, de ahí la masacre en Beirut o el derribo del avión ruso por parte del Estado Islámico.

El sentimiento de derrota y de caída se supera con una afirmación absoluta de la fe y de la ley (Sharia) que ofrecen el camino misionero para lograr la reparación de todos los males históricos e inmediatos.

La salida para el mártir de la fe es por el camino de la Gloria, el muchacho descartable de los suburbios europeos se siente todopoderoso, su acción terrorista pone en jaque a los aparatos represivos más sofisticados.

El mártir, nos dice Benslama, es alguien que busca sobrevivir desapareciendo, el autosacrificio es una transferencia hacia un ideal absoluto (Dios es grande) que lleva a la inmortalidad donde se gozará sin límites (promesa de un paraíso con vírgenes).

Este ideal autoritario se transforma en una salida aceptable para jóvenes que viven en sociedades donde el peso de la responsabilidad individual para la construcción de sus vidas es excesivo, por la ausencia de medios para tal tarea.

Por el contrario, la disolución en el ideal religioso total brinda seguridad y la promesa de un mundo mejor que el desempleo y la marginación.

La religión, como decía Karl Marx, se puede transformar en opio, pero también en el suspiro terrorífico de la criatura oprimida.