Por: Constantino Urcuyo 21 diciembre, 2013

El país requiere una profunda reforma educativa.

Convertir a los niños y jóvenes en el objetivo central de todas las decisiones. Si queremos una juventud sana, responsable, productiva, empleable y feliz debemos dejar que estos conceptos guíen todas las decisiones que se tomen respecto al modelo educativo.

Hay que modernizar y fortalecer el contenido de los programas en lecto-escritura, análisis cuantitativo, resolución de problemas, el método científico, la enseñanza de un segundo idioma y tecnologías digitales, y promulgar la colaboración, la curiosidad y el conocimiento real de la patria y el planeta.

Se requiere de maestros motivados, formados y recertificados para enfrentar las demandas del exigente programa, bien remunerados, posicionados como líderes de la comunidad. Hay que lograr un cambio radical en la relación con los maestros y convertir la carrera educativa en el pilar de la sociedad.

Hay que modernizar la infraestructura, hacerla estimulante, higiénica, con espacios para actividad académica rigurosa, pero también espacios lúdicos, deportivos y de uso múltiple para el despliegue de la creatividad.

El gobierno escolar debe contar con directores mejor preparados para administrar recursos humanos y liderar el proceso educativo; y con juntas administrativas mejor conformadas y capaces de administrar recursos y de promover cambios en el sistema.

Se necesita fortalecer las opciones de educación técnica en colegios vocacionales y en el INA para que un porcentaje grande de los jóvenes obtengan educación superior que les brinde empleabilidad real sin tener que recurrir todos a las universidades.

El MEP y el Consejo Superior de Educación deben convertirse en plataforma habilitadora y no sentirse jerarcas del sistema, estar dispuestos a promover los cambios necesarios para que el sistema educativo vuelva a ser motivo de orgullo nacional y, más importante, el pilar central de la prosperidad sostenible del país.

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