19 septiembre, 2015

E n la más reciente edición del estudio RED 506, que EF divulga por quinto año consecutivo, vemos cómo sigue creciendo rápidamente el uso de apps en dispositivos móviles, en especial las de mensajería y redes sociales. También notamos cómo crece la variedad de dispositivos y la frecuencia de uso, en todas las franjas de edad, pero en especial en los más jóvenes.

A primera vista, estos datos –producto de investigaciones realizadas por las firmas Dichter & Neira Research Network y Gorileo Producciones– no son sorprendentes; por el contrario, son bastante esperados. Tal vez los resultados más inesperados son los relativos a los adultos mayores, quienes están cerrando la brecha de adopción y frecuencia de utilización.

Pero si consideramos la regla comúnmente aceptada de que para cambiar de tecnología un usuario requiere que la nueva sea percibida como mínimo 10 veces mejor que la anterior, tal vez la frecuencia y velocidad con la que se están adoptando nuevas aplicaciones sea un tanto sorprendente.

Pensar que los usuarios están reduciendo su umbral de resistencia al cambio, no es de recibo, por cuanto al crecer el número de apps que cada uno utiliza, crece la inversión en tiempo y atención requeridos para poder utilizarlas (los manuales de usuario son cosa del pasado). Los dispositivos móviles todavía son engorrosos –hay quienes aseguran que las nuevas generaciones van a mutar hacía dedos pulgares deslocados– y las aplicaciones están lejos de ser intuitivas. La única respuesta posible es el valor percibido de la funcionalidad ofrecida, ya sea en mejor conexión con amigos y familiares o mejor conocimiento, en tiempo real de lo que está sucediendo –en el tráfico vial, transporte, noticias o “vinazos”–, es suficiente para convencer a usuarios de todas las edades de adoptar más y mejores apps de una manera casi obsesiva.

Es válido preguntar ¿a dónde nos va a llevar esto? La respuesta no es sencilla, puesto que mientras algunas aplicaciones se adoptan por su eficiencia en el desplazamiento urbano y realización de transacciones –ahorran tiempo– otras , las de redes sociales, son como un fregadero de tiempo por el cual se van horas interminables, cuyo valor social es imposible medir, pero cuyo valor percibido es tan grande que siguen creciendo a pesar de grandes inconvenientes como la mala conectividad, el mal diseño de la interfase con el usuario y problemas laborales como el trastorno de agendas y el incumplimiento de fechas metas.

Es interesante, mas no tranquilizante, ver que los resultados del estudio RED 506 concuerdan grandemente con los Pew Research en los Estados Unidos. La conexión digital, ubicua e incesante está cambiando profundamente la dinámica social. Que suceda igual en Costa Rica que en Estados Unidos u otros países, no es ni estimulante ni consolador. Ver a una familia reunida a la hora del almuerzo o la cena, en donde cada miembro está en silencio y con los ojos y pulgares adheridos al dispositivo digital es preocupante. El alcance social que ofrecen las redes es muchas veces mayor que el que alguna vez tuvimos sin las tecnologías digitales, sin embargo las destrezas blandas que involucran mirar al interlocutor a lo ojos y sentir verdadera empatía (o no) se están perdiendo a gran velocidad y en gran escala; además, son irremplazables por emoticones.

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