Por:  16 abril, 2016
 No nos engañemos, el tipo de cambio sí golpea la competitividad de Costa Rica
No nos engañemos, el tipo de cambio sí golpea la competitividad de Costa Rica

Recientemente, el FMI actualizó sus perspectivas de crecimiento mundial con una panorama no muy alentador, pues el mundo crecerá cerca de un 3% y con correcciones a la baja prácticamente en todas las regiones.

Es evidente que, en el mundo actual desacelerado, las metas de inflación han pasado a un segundo plano y la preocupación mayor de todos los países es como lograr que el aparato productivo sea más competitivo, genere más crecimiento, empleo e ingresos para mejorar las condiciones de pobreza en las que se encuentran miles de millones de personas.

Nuestro mundo es un mundo en búsqueda de la competitividad, entendida esta como la capacidad de poder competir, luchar, pelear, en la búsqueda de mayores participaciones de mercado global, con productos de mejor calidad y mucho más baratos en términos relativos.

Los factores que determinan en el largo plazo esta capacidad de competir están identificados: la calidad de la institucionalidad, la estabilidad macroeconómica, la calidad de la infraestructura al servicio del sector productivo, el nivel de educación, el grado de innovación así como el desarrollo del mercado financiero.

Nosotros tenemos retos muy grandes que, si rectificamos, tendrán efectos en el mediano plazo. Entre ellos: ejecutar todas las obras de infraestructura que se requieren; reducir el déficit fiscal con reglas o garantías económicas para que nunca más vuelva a aparecer, y transformar el modelo educativo para que nuestros jóvenes, no solo un segmento selecto, tengan las competencias, habilidades de un mercado demandante, más digital, tecnológico, global, trilingüe, etc.

Sin embargo, tenemos serios problemas de falta de consistencia y apoyo al modelo de desarrollo económico que queremos seguir hacia futuro.

Después de la crisis de los años 80 –en mi criterio, con buen tino–, un grupo de estadistas visionarios, decidió cambiar el esquema productivo de Costa Rica hacia un modelo de apertura comercial basado en la promoción, diversificación de las exportaciones y el turismo, junto con un paquete de reformas estructurales en materia financiera y fiscal.

Los resultados del modelo adoptado después de la crisis de los 80 han sido evidentes. Hoy el país exporta anualmente más de $11.100 millones en bienes y, en servicios, existe una balanza favorable de casi $ 4.300 millones, con una diversificación en oferta exportable, turística y de servicios, de las más competitivas del mundo.

A su vez, a pesar de seguir teniendo un déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos del 5% del PIB, la inversión extranjera directa ha compensando ese faltante y nos ha permitido evitar de nuevo caer en una crisis cambiaria y económica.

Lo contradictorio es que, a pesar de estas señales, en las últimas administraciones se ha reducido la importancia del estímulo a estos sectores y creemos que por sí solos, en términos de mejora de productividad y en eficiencia en costos e innovación, las empresas continuarán siendo competitivas y sobrevivirán en el largo plazo.

Pareciera que no tenemos en el radar que el país perdió su grado de inversión; que a escala de calidad de infraestructura de transporte ocupamos la posición 105, muy cerca del último país denominado Chad; que llevamos años en una discusión bizantina de reforma tributaria cuando es evidente que hay que actuar con un plan simultáneo de reducción de gastos, eficiencia del aparato estatal y reforma tributaria; que hay que desentrabar el modelo de toma de decisiones y penalizar a los funcionarios públicos (normalmente, mandos medios) a quienes no les importa el tiempo ni la sobrevivencia del país y nos han metido en una tramitomanía brutal.

Tampoco nos damos cuenta que, de una vez por todas, se debe cambiar el Reglamento Legislativo pues no se vale que un solo diputado tenga el poder y así paralice la aprobación de proyectos estratégicos y urgentes.

Si es cierto que debemos exigir empresas privadas más competitivas, eficientes y productivas, la mayoría está haciendo su tarea y ha logrado mantenerse a flote. Sin embargo, también me consta que muchas de ellas están ya por tirar la toalla, no solo en cuanto a reducir sus jornadas de trabajo sino incluso considerando marcharse a otras latitudes.

El otro factor clave

Dicho todo lo anterior, me parece que hemos dado por sentado que el tipo de cambio real no importa o, al menos, que no se puede hacer nada, a pesar que hasta el mismo Banco Central reconoce que ha habido una pérdida de competitividad de casi 30 puntos porcentuales por la caída del tipo de cambio real.

Tengo un gran respeto por el Banco Central, su personal técnico, el cual, en mi criterio, es lo mejor que hay en el sector público y me une una gran amistad con un caballero como lo es su presidente,don Olivier Castro.

Mas no por ello eso me inhibe, como un simple ciudadano, el poder emitir opinión o criterio sobre la política cambiaria actual, aparentemente muy exitosa en términos de haber logrado una estabilidad del tipo de cambio nominal.

He analizado dos documentos producidos por el Banco Central, el primero denominado “Reflexiones sobre el Tipo de Cambio Real”, de julio del 2015, y el segundo “Tipo de Cambio Real y Zona de Equilibrio”.

Debo confesar que, aunque bajo la teoría ortodoxa, son documentos técnicamente correctos y destacados, tiendo a diferir de algunos de los supuestos.

En resumidas cuentas, resumo las premisas de ambos documentos:

1. Reconocen que ha habido una pérdida de competitividad del sector exportador estimada en 30 puntos porcentuales de caída del tipo cambio real multilateral desde el 2006.

2. Las causas las atribuyen al aumento del gasto público como porcentaje del PIB que ha obligado a financiar el déficit con endeudamiento externo que se coloniza y también por el diferencial de tasas de interés en colones respecto a las de dólares locales y externas, lo cual promueve la colonización de los ahorros.

3. Consideran que el tipo de cambio real actual está dentro de una franja de equilibrio, es decir, que refleja los fundamentales de la economía en este momento

4. Por equilibrio entienden una situación del país de estabilidad interna y externa

Concluyen que una intervención directa del Banco Central comprando más dólares para provocar una devaluación del tipo de cambio nominal no es una solución al problema de la pérdida de competitividad. Consideran que sus efectos son transitorios en el tanto, esos mayores colones emitidos, provocarían una incremento de la inflación y el tipo de cambio real volvería al nivel anterior.

Sentencian que la solución permanente a devaluar el tipo de cambio real es reducir el gasto del Gobierno y el diferencial de tasas de interés.

El primer tema, directamente no es resorte del Central, pero si tienen la persuasión moral y política para reiterar la urgencia a Gobierno y legisladores que se requiere aterrizar ya con este tema, una propuesta conjunta de aumento de impuestos del 2% del PIB y una reducción de al menos 1% del PIB con una ley de empleo público, para recuperar nuestro grado de inversión.

El segundo tema es resorte directo del Central y, a pesar que han modificado su política de tasas interbancarias por alguna razón estructural, este ajuste no se ha transmitido al mercado y, por el contrario, parece contradictorio tener tasas de inflación negativas y a la vez tasas activas y pasivas reales en colones sumamente altas que provocan las distorsiones de conversión de monedas del lado de ahorros y de los créditos, lo que obviamente desestimula la inversión.

No pareciera que el Banco Central ni el Gobierno hayan sido efectivos en provocar en las Juntas Directivas de sus bancos un sentido de urgencia en el que reconozcan que el agotamiento que se está produciendo en nuestro sector exportador y turístico ha sido provocado por los mismos gobiernos (sin distingos de color político) y que, por tanto, les corresponde a ellos buscar soluciones urgentes para mantener a flote nuestro modelo productivo.

Los países competidores nuestros como Brasil, Colombia, Perú, México, así como en Europa, Canadá y China han entrado en una guerra de monedas tratando de generar competitividad, aunque sea en el corto plazo con devaluaciones significativas.

Nosotros, más bien, hemos convertido en un destino o en un país de origen exportador sumamente caro.

Me consta que nuestras empresas se han tecnificado, eficientizado, han reducido sus gastos operativos, mejorado la productividad, pero eso tiene un piso y ya muchas lo tocaron.

Cuando he sostenido reuniones con técnicos del Central, he desarrollado estos puntos, pero de inmediato me contestan que las devaluaciones provocadas por los bancos centrales de otros países obedecen a otras razones, entre ellas, la caída de la demanda de China y su impacto en la exportación de sus productos genéricos.

Sin embargo, no importa el origen de las devaluaciones de otros países; para el comprador extranjero, el poder de compra se ha visto significativamente aumentado en los productos y servicios como banano, piña, mano de obra, cuartos de hotel y recreación, todos los cuales sí compiten directamente con los nuestros.

El problema es que si los sectores de exportación o turísticos no crecen y pierden competitividad, los niveles de desempleo van a aumentar. Y el tipo de mano de obra que se contrata en estas actividades no es la que mide el promedio de desempleo del 9%, sino es de los quintiles de ingresos más bajos, cuyas tasas de desempleo superan el 25%.

De ahí mi contribución de emergencia nacional, pues como siempre lo he dicho, la inflación no produce hambre, el desempleo sí. El hambre produce inestabilidad social y política y no puede haber empresa exitosa en una ambiente de este tipo, lo que, a su vez, produce más desempleo. Es decir, estamos en un círculo vicioso muy peligroso, que pone en riesgo nuestra gran ventaja competitiva para la inversión extranjera directa, como lo ha sido la paz social y política.

Para que queremos una inflación negativa, si eso nos conduce a mayor inseguridad ciudadana, a más rejas, más condominios cerrados, más carros blindados, más miedo y temor por lo que pueda pasarle a nuestros hijos, familiares cercanos y a nosotros mismos.

Se dice que la devaluación no tiene efectos en el comercio internacional, pero, si no me creen, les presento un fragmento del documento “Perspectivas Económicas Globales”, de octubre del 2015, del FMI, que concluye:

“Las variaciones inusitadamente marcadas en los tipos de cambio de las principales monedas –del orden de 10 al 30% en términos efectivos reales– han generado un debate acerca de los probables efectos de dichas variaciones en el comercio. • Hay quienes piensan que los movimientos de los tipos de cambio ahora revisten menos importancia para el comercio que antes, lo cual podría complicar la formulación de las políticas. • El análisis presentado en este capítulo, que se basa en datos de economías avanzadas, de mercados emergentes y en desarrollo correspondientes a más de tres décadas, revela que los movimientos de los tipos de cambio aún inciden de forma sustancial en las exportaciones e importaciones. • Una depreciación efectiva real de 10% en la moneda de una economía eleva las exportaciones reales netas, en promedio, 1,5% del PIB, con importantes variaciones entre los países en torno a este promedio”.

“Son escasos los indicios de una desvinculación entre los tipos de cambio y el comercio. Los recientes movimientos de los tipos de cambio implican una considerable redistribución de las exportaciones en las distintas economías. Los tipos de cambio aún pueden ayudar a reducir los desequilibrios comerciales”.

Termino preguntando: ¿qué tal si los dos supuestos de equilibrio de los estudios del Central sobre estabilidad interna y externa –entendidos como que la brecha del producto en el país es nula y que el déficit de cuenta corriente se encuentra permanentemente financiado con la inversión extranjera– están equivocados?

¿Qué pasaría si aplicamos una política monetaria y cambiaria no convencional, meramente como prueba y error y resulta que una mayor intervención activa del Banco Central en el mercado cambiario, comprando dólares baratos, genera una demanda incremental de bienes y servicios que, a su vez, libera inventarios y provoca expectativas positivas que llevan a los empresarios a producir más y a generar más empleo, ingresos e impuestos y no (como el supuesto) inflación inmediata?

Lo peor que nos podría pasar es que efectivamente el Central esté en lo cierto, en cuyo caso, como hay una diferencia grande entre la inflación real y la meta deseada, si la economía se recalienta por esa política heterodoxa, entonces se venden dólares, se recoge la liquidez excesiva y, en consecuencia, volvemos al nivel anterior.

Sé que para muchos, lo que he escrito es una herejía y, como en la Inquisición, me podrían enviar a quemar a la hoguera. Pero, aunque fuera el caso, la historia demuestra que muchas de las víctimas de la Edad Media, tenían razón, según reconoció la misma Iglesia católica siglos después. “Quien quita un quite”, como decimos en Paraíso.