Por:  24 noviembre, 2013

Una de las particularidades de las microfinanzas es tener rostro de mujer. Ya se ha comentado en artículos previos que una de las manifestaciones de la pobreza es la irregularidad de los ingresos. Otro elemento es la presencia de mujeres como jefas de hogar. Y, por lo tanto, mujeres que deben ingeniárselas para rendir la plata (cuando hay) para atender la variedad de necesidades de la familia, con frecuencia sin el apoyo de una pareja.

No es de extrañar que las microfinanzas pongan tanto énfasis en las mujeres. En parte, porque los servicios financieros están diseñados con y para una formalidad que no pueden costearse los pobres. En segundo lugar, las finanzas formales demandan implícitamente un récord crediticio que a menudo no pueden satisfacer más que los hombres, convirtiendo a las mujeres en seres inexistentes en términos crediticios. Y en tercer lugar, porque las mujeres pobres no pueden adoptar el mero rol de empresarias: siguen siendo madres, educadoras y consejeras.

Se ha invocado a menudo que el crédito es la solución para su pobreza, de ser posible el crédito barato, si no, regalado. Ese pensamiento es falaz. Las mujeres microempresarias requieren buenos instrumentos financieros para gestionar su hogar-empresa. Ocupan herramientas para administrar su operación, ocupan armas para negociar, necesitan estímulo emocional, ocupan conocimientos prácticos de costos y de precios, ocupan sugerencias de publicidad. El crédito no es más que una pequeña parte de la historia.

Otras aspiraciones

En Acorde, el programa EHVA nos confirma que con frecuencia estas líderes lo que necesitan es solo convencerlas de lo que son capaces. En la inauguración de uno de los grupos, una de ellas, no con poca candidez, compartía que ella tenía diez años de tener un negocio y no sabía que era empresaria. Cuando a estas maravillosas ciudadanas se les pregunta en la primera sesión cuál es su principal aspiración, nunca se menciona un smartphone o un auto nuevo. Por lo general es que sus hijos terminen sus estudios, tener casa propia o ver consolidar sus negocios.

Sus campos de acción son tan variados, que puede ser el comercio de ropa usada, bisutería de su propia creación, repostería o la elaboración de jaleas. Su escala de planta puede ser el garaje de la casa, la cocina donde comen y comparten con su familia, o un local independiente. Su equipo puede incluir un par de máquinas de coser, una olla freidora o una simple valija para llevar los cosméticos que promueve.

Algunas de ellas pueden exhibir títulos universitarios, o con justificado orgullo solo su título de secundaria. Pueden vestir con decorosa sencillez o mostrar marcas de destacable prestigio.

Las microfinanzas, por lo tanto, deben partir de esa naturaleza tan particular de la irregularidad de los ingresos de los pobres, de su vulnerabilidad social, y de la responsabilidad social que tienen con la mente y el corazón de tantas mujeres valientes.