Por:  25 enero, 2015
Un gran cambio
Un gran cambio

París, La Ciudad Luz, suele figurar entre los lugares con prioridad a visitar en cualquier viaje a Europa. En lo personal, la cultura, comida, vinos y quesos de Francia, así como la historia que se conserva en el Monasterio de Cluny y en los museos de Louvre, d’Orsay y otros, son incomparables. Una misa en latín en Nuestra Señora de París es algo celestial.

Uno de los lugares que en esa ciudad me gustaba visitar es el Marche aux Puces (“Mercado de las Pulgas”), el mercado libre más grande del mundo. Se trata de un mercado de antigüedades donde se encuentra desde lágrimas de candeleros de cristal hasta uniformes de soldados, cascos y pistolas de la Primera Guerra Mundial, pasando por pinturas, espadas, relojes, artefactos en hierro forjado, muebles, mapas y libros antiguos, hasta las cosas más raras.

Al ser objetos antiguos, y muchas veces únicos, el concepto de “costo de producción”, que en otros casos sirve como guía para establecer precios, no se usa. Los precios los define la intensidad de la oferta y la demanda y por eso (al comprar) no hay que mostrar mucho interés, por más que algo le guste a uno.

Un gran cambio
Un gran cambio

En una oportunidad que caminaba hacia la estación del metro me encontré con Olivier Castro, actual presidente del Banco Central, quien me preguntó “¿A dónde vas?”. “Al mercado de las pulgas”, le respondí. “OK, yo te acompaño”, me dijo. De momento sentí una carga, pues a un mercado tan inmenso como ese uno no va a comprar una cosa predeterminada, como un pantalón gris de gabardina talla 36, sino a ver todo, a calcular las respectivas relaciones “utilidad por dólar gastado”, a ir una y otra vez a una tienda donde encontró algo que le atrajo pero que no estaba seguro si estaba dispuesto a pagar el precio que por ello pedían.

En este propósito, que tiene mucho de personal, no todo acompañante es bienvenido. También el acompañante, si no va con el mismo fin que uno, puede desesperarse. Por fortuna Olivier resultó ser una buena compañía y hasta me ayudó a seleccionar una aldaba antigua que por ahí conservo.

Seguridad e inmigración

Sin embargo, fue antes, quizá hace 15 años ya, cuando mi esposa, Gretel, me dijo que notaba que la zona se estaba deteriorando y que sentía gran inseguridad de caminar el trecho (unos 300 metros) que hay entre la estación de metro llamada Porte de Clignancourt y el Marche aux Puces de Saint-Ouen. Me dijo que mejor no volviéramos allí. Que no convenía pasar de Montmartre y de la zona de la iglesia Sacré Coeur (el Sagrado Corazón), que están un poco más abajo en dirección del rio Sena. Sin embargo, yo volví un par de veces, pues me encantan las antigüedades y ese sitio es La Meca para el propósito.

Gretel tenía razón. Esa zona, al norte de París, comenzaba a ponerse peligrosa por la llegada de muchos inmigrantes árabes. Más adelante, con mi familia fuimos a Montmartre/Sacré Coeur a buscar algún gobelino de los que antaño vendían en una linda tiendita típica, pero nos sorprendió el que el área estuviera muy poblada de policías, y de ruidosos inmigrantes, y que de la tiendita que antes conocimos prácticamente no quedaba nada. Nuestros hijos, a quienes les encanta probar toda la comida que encuentren, fueron muy firmes en sugerir que cuanto antes saliéramos de allí, pues el lugar no parecía nada seguro. Eso hicimos; tomamos el metro dirección Louvre y en su food court encontramos una rica variedad de comida francesa, italiana, turca, española y de un par de países más. Como era muy difícil elegir, pues toda era riquísima, optamos pedir de todo y compartirlo.

Partes importantes de Francia, y de París en particular, han sido pobladas por inmigrantes de extrañas costumbres. Algunos de ellos, aunque quizá no la mayoría, profesan un islamismo extremo, que habiendo definido a Occidente como el mal, consideran su obligación luchar por todos los medios contra él.

Alemania no es ajena al fenómeno. Ciertos barrios de Berlín se asemejan a la zona de Porte de Clignancourt en París. Europa ciertamente enfrenta un serio problema demográfico. Tiene un problema de asimilación de grupos étnicos con ideas, valores y restricciones muy diferentes de los de sus nativos. El fenómeno ha propiciado un aumento de la violencia y la inseguridad en ciertas calles, y también en la afiliación a partidos nacionalistas, antiinmigración y antieurozona. En una década Europa podría ser otra cosa, para bien o para mal.