Por: Juan Carlos Sánchez 10 enero, 2015
Grandes avances humanos a grandes costos ambientales
Grandes avances humanos a grandes costos ambientales

En diversas ocasiones, el tema de esta columna ha sido la imperiosa necesidad de que los humanos tengamos una relación armoniosa con la naturaleza.

Esto requiere de nuestra parte una comprensión básica del mundo natural que nos rodea y de la forma en que funciona, para entender así la razón de la insistencia en “bioalfabetizarnos”.

Muchos consideran que, como especie, los humanos somos “utilitaristas”. Es decir, que la importancia que le damos a las cosas está en función directa de la utilidad que tienen para nosotros. Pero esta percepción no excluye el que nos interesen otras cosas cuya utilidad es más de carácter intelectual o espiritual, y que son también básicas en nuestra vida.

Desde esa perspectiva de “utilidad”, podemos ver la naturaleza, los ecosistemas, como proveedores de servicios esenciales para nosotros, sin los cuales no podríamos vivir.

Los ecosistemas están constituidos por el conjunto de especies presentes en un área determinada, que interactúan entre sí y con el ambiente físico que las rodea.

Un arrecife coralino es un ecosistema marino con características muy propias, al igual que un bosque tropical lluvioso (Corcovado), o un bosque estacionalmente seco, como en Guanacaste. Tanto las especies como el entorno físico que las rodea son distintos en cada caso.

Diferentes ecosistemas brindan servicios diferentes, como el aprovisionamiento de alimentos, fibras (algodón, maderas) y agua; o la regulación del clima, las inundaciones y la purificación del agua.

Hay también servicios esenciales de apoyo, como la formación de suelo, el ciclo de los nutrientes o la polinización de los cultivos, todos los cuales permiten que haya vida en la Tierra.

También existen otros de carácter cultural, que conllevan beneficios espirituales y recreativos para los humanos. Todos ellos son esenciales para nuestra vida.

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