Por: Juan Carlos Sánchez 13 junio, 2015

¿Qué es el conocimiento? ¿Cómo saber que alguien conoce? Estas interrogantes son medulares en todo programa de formación, o investigación, ya se trate del sistema educativo nacional, o de programas de capacitación empresarial.

Hay eventos concretos que revelan en alguien la presencia de conocimiento: por ejemplo cuando se habla apropiadamente de un tema; cuando se escribe claramente sobre el tema; cuando se hace una presentación profesional en forma sistemática y consistente, sin contradicciones ni karaokes de filminas; cuando se toma una decisión correcta; cuando se ejecutan acciones coherentes con los objetivos. Son manifestaciones concretas que constatan que una persona conoce sobre un objeto, relación o dominio.

Es asombroso observar que frente a estas obvias formas de constatar que se tiene conocimiento, los quices y los exámenes sean los instrumentos esenciales para evaluar a los estudiantes. Y se haga conociendo las limitaciones, consecuencias indeseables y costos que tienen estos fósiles de la evaluación formal. Recurren a la memoria en detrimento de la comprensión y la pasión, produciendo resultados engañosos de tener información sin comprenderla.

Es indeseable que condicionen el aprendizaje a recordar, no a comprender, lo cual provoca que la información se olvida en pocos meses, necesitándose “repasarla” en cursos superiores; que se divorcie la teoría de la práctica y se desaproveche la evaluación como una oportunidad de realimentación del aprendizaje.

Los costos son altos en esfuerzos intelectuales, emocionales y materiales, sufrimientos innecesarios, estrés y mucho tiempo para calificar, sin valor agregado a la nota. Es prometedor que en la Ulacit ya se esté cambiando esta historia. Quices y exámenes pueden ser necesarios, pero no deben ser los instrumentos fundamentales de la evaluación del aprendizaje.