Por:  21 octubre, 2015

Tras el anuncio del Plan Impulso por parte del presidente Luis Guillermo Solís en cadena nacional, la atención se enfocó en su planteamiento de reducir las tasas de interés con tal de estimular la economía. El alcance de la medida fue dilucidado al día siguiente cuando quedó claro que el gobierno dejará en manos de la banca el ajuste –¡por dicha!– y que el cambio vendría principalmente vía una modificación en la metodología de la Tasa Básica Pasiva, algo que escapa de mi entendimiento pero a lo que habrá que prestarle cuidado. Todo porque, en general, manipular las tasas de interés puede ser como jugar con fuego.

(Aclaro que en este post cuando hablo de tasas de interés me refiero en todo momento a las activas, es decir, las que los bancos cobran por prestar plata).

Primero, resulta claro que el costo del crédito es uno de los principales escollos que enfrenta nuestra economía. Según el Informe de Competitividad Global, el acceso al financiamiento es el tercer factor más problemático para hacer negocios en Costa Rica. Por eso, en principio es una buena idea intentar reducir las tasas de interés, con el fin de hacer más accesible el crédito para el consumo y la inversión.

Sin embargo, no olvidemos que las tasas de interés son un precio y como tal se ven influenciadas por diversos factores. En Costa Rica ha habido –y sigue habiendo– tres grandes elementos que impactan el costo del crédito: la inflación, el endeudamiento estatal y el encaje mínimo legal.

Al ser la tasa de interés el precio de prestar dinero, resulta lógico que quien preste la plata se quiera blindar de la eventual pérdida de valor que esta tendrá durante el plazo en que dure el crédito. Esta es una de las razones por las cuales una alta inflación es tan dañina para la economía de un país. No solo eleva las tasas de interés nominalmente, sino que también, al tender a ser volátil, añade incertidumbre y se traduce en una prima sobre el crédito vía un aumento adicional en la tasa de interés.

Como he señalado en múltiples ocasiones en este blog, uno de nuestros grandes flagelos ha sido tener un nivel alto de inflación. Ahora bien, este año, por primera vez desde 1974, se vislumbra que no habrá inflación por lo que mucha gente se cuestiona por qué las tasas de interés no bajan para reflejar esta nueva realidad. Sin embargo, el costo del crédito se determina no por lo que pase ahora, sino por lo que se espera que pase en uno, cinco, diez y hasta veinte años. Es aquí donde entran en juego las expectativas de inflación. Y aún cuando tengamos una inflación cero este año, el Banco Central mantiene una meta del 4% para el 2016. Por eso, si queremos poner presión a la baja sobre las tasas de interés, es muy importante que el BCCR reduzca su meta de inflación a un 2%, que es el estándar en los países desarrollados.

El otro factor que entra en juego es el endeudamiento estatal. Entre más crezca este como proporción del tamaño de la economía, menos plata queda disponible para el sector privado. El Estado básicamente succiona el dinero del sistema financiero y lo poco que queda tiene un mayor costo para los consumidores y empresas. Si el Poder Ejecutivo se tomara en serio reducir las tasas de interés de manera sostenible, estaría recortando el gasto y controlando el déficit fiscal. Como sabemos, más bien este va en aumento. El Ministerio de Hacienda ha anunciado algunas medidas que equivalen a patear la bola: buscar más vías de endeudamiento externo con China y organismos multilaterales. Pero hasta el tanto el gobierno no ponga orden en sus finanzas, las perspectivas de una reducción sostenible en las tasas de interés son más que dudosas.

El otro factor que se cita a la hora de analizar el comportamiento de las tasas de interés es el encaje mínimo legal (EML), que es la proporción de los depósitos que el Banco Central exige que los bancos tengan como reserva y que determina parte de los ingresos mismos que tiene el BCCR en forma de señoreaje. En Costa Rica el EML es del 15%, lo cual es bastante alto y eleva significativamente los costos de operación de la banca, ltraduciéndose en tasas de interés más altas. En otros países el EML es del 5%.

Pero el tema de las tasas de interés no se agota ahí. Mencionaba antes que manipular las tasas de interés sin entrarle de lleno a estos factores que determinan el costo del crédito podría tener consecuencias muy peligrosas para la economía. Si las tasas de interés bajaran por una directriz política –que no es el caso con lo anunciado por el presidente Solís– podría generarse una bonanza crediticia de corto plazo que luego se traduciría en inflación y eventualmente en una contracción económica cuando el estímulo se retire vía aumento de tasas.

Veamos lo que ocurrió en Brasil. En 2012 la presidenta Dilma Rousseff decidió estimular la economía bajando la tasa de interés de referencia del Banco Central de Brasil (ver gráfico). El resultado fue lo que los brasileños denominaron un voo de galinha (vuelo de gallina): la economía tuvo un pequeño y muy efímero levantón. Peor aún, el efecto más notable fue un aumento marcado de la inflación, lo que obligó al Banco Central a empezar a aumentar de nuevo la tasa de interés de referencia a niveles asfixiantes. Así, aunado a otros factores importantes como la caída en el precio de las materias primas, se espera que la economía brasileña se contraiga 3% este año.
infografia

En realidad, si bien es un factor importante, las tasas de interés no son el único criterio que un empresario utiliza a la hora de definir si invierte o no. Como indica el economista Oswald Céspedes, "Dentro de los determinantes de inversión, por ejemplo, podrían citarse el crecimiento económico en general, las expectativas de los inversionistas sobre el futuro cercano y de mediano plazo de la economía, el déficit fiscal que genera incertidumbre general en la población y los inversionistas, y el fantasma de nuevos impuestos que desalienta a cualquiera de invertir, entre otros factores".

Hay que seguir con atención entonces hacia dónde nos lleva este anuncio gubernamental sobre las tasas de interés, pero siempre teniendo claro que no se están combatiendo, en lo más mínimo, las causas estructurales del flojo desempeño económico del país.