Ganar la presidencia de la República ya no garantiza la supervivencia de un partido político en Costa Rica. En las últimas tres administraciones, las agrupaciones que llevaron a su candidato a la Casa Presidencial desaparecieron o quedaron fuera del juego legislativo, sin capacidad de sostener representación en el Congreso.
Detrás de este patrón hay un fenómeno que comenzó a hacerse visible hace casi dos décadas: el respaldo electoral dejó de anclarse en los partidos y pasó a concentrarse en las personas. Ese apoyo personalista permitió a algunas agrupaciones como el Movimiento Libertario y Accesibilidad sin Exclusión mantenerse en el escenario político —principalmente a través de la Asamblea Legislativa—, pero cuando el liderazgo se retiró, el partido perdió respaldo.
El proceso se repitió con distintas expresiones a lo largo del tiempo y alcanzó su punto más evidente en el actual ciclo político. El Partido Progreso Social Democrático (PPSD), que llevó a Rodrigo Chaves a la presidencia, quedó fuera de la Asamblea Legislativa tras las elecciones de 2026, luego de un período marcado por fracturas internas y por el respaldo del mandatario a otra agrupación.
Aunque el funcionamiento de una república democrática requiere un sistema de partidos políticos, las organizaciones que lo integran muestran un debilitamiento sostenido, con escasa capacidad para retener apoyo electoral más allá de un liderazgo específico.
¿Están muriendo los partidos políticos en su papel de atraer electores? Para Carlos Murillo, director del Observatorio del Desarrollo de la Universidad de Costa Rica (UCR), sí, y se trata de una consecuencia directa del debilitamiento estructural de las organizaciones partidarias.
“Lo que hay son agrupaciones político-electorales como Liberación Nacional, Frente Amplio y la Unidad Social Cristiana. Y luego tenemos simples agrupaciones electorales que ni siquiera son políticas, porque dependen de lo que piense el candidato o el líder, y a partir de ahí definen lo que debe pensar la agrupación”, señaló.
De la banda presidencial al olvido
El PPSD y el Partido Acción Ciudadana (PAC) son las dos agrupaciones que gobernaron el país, en distintas administraciones, desde 2014. Ambas comparten un rasgo en común: una vez finalizado su paso por el Poder Ejecutivo —en el caso del PAC, tras dos periodos consecutivos—, el electorado les retiró el respaldo en las urnas.
Si bien el desenlace fue similar, el origen y la evolución de cada partido fueron distintos. El PAC surgió a inicios de los años 2000 y desde 2002 logró consolidar una presencia legislativa sostenida, que eventualmente lo llevó a la presidencia en 2014 y le permitió gobernar hasta 2022.
Sin embargo, escándalos como el Cementazo —presunto tráfico de influencias desde Casa Presidencial— y el caso de la Unidad Presidencial de Análisis de Datos (UPAD) —por supuestos delitos de prevaricato y abuso de autoridad— erosionaron la confianza ciudadana. El resultado fue un desplome electoral: en 2022 obtuvo apenas el 0,66% de los votos.
Tras ese resultado, el PAC quedó fuera del escenario político y entró en una etapa de inactividad. Intentó reconfigurarse bajo una nueva estructura y nombre —Coalición Agenda Ciudadana (CAC)— con la exprimera dama Claudia Dobles como aspirante presidencial, pero el peso de su pasado reciente habría limitado el respaldo electoral y apenas alcanzó el 4,85% de los votos emitidos el pasado 1.° de febrero.
El PPSD, por su parte, comenzó a evidenciar su fractura interna poco más de un año después de iniciado el gobierno de Rodrigo Chaves. La entonces diputada y presidenta del partido, Luz Mary Alpízar, se distanció públicamente de la línea política del Ejecutivo y solicitó al Directorio Legislativo la separación de la fracción por apoyar a otra agrupación afín al gobierno. En respuesta, el mandatario afirmó en conferencia de prensa que la legisladora no representaba al oficialismo.
Ese episodio selló la ruptura del PPSD como brazo político del Gobierno y fue la antesala de su debacle electoral: apenas un 0,36% de los votos en las elecciones de 2026. La agrupación pasó de contar con nueve diputados a no tener representación legislativa durante los próximos cuatro años.
“Los casos de partidos con vida efímera se vuelven más frecuentes. (En el caso del PPSD) es un partido que nace, de repente tienen algún grado de éxito y después muere”, indicó Ronald Alfaro, politólogo del Centro de Investigación y Estudios Políticos de la Universidad de Costa Rica (CIEP-UCR), quien explicó que estas agrupaciones carecen de estructuras sólidas capaces de resistir más de un proceso electoral.
Los colores quedaron atrás
Alfaro evita afirmar que los partidos políticos estén muriendo en términos absolutos, aunque reconoce que, en la historia reciente, al menos dos agrupaciones que llegaron a Zapote desaparecieron. Sin embargo, reconoce que los partidos que logran sobrevivir o integrarse en el mapa político son los que logran consolidar a un líder.
Es decir, para el electorado perdió peso la identidad partidaria —liberacionista, socialcristiana, liberal o frenteamplista— y ganó terreno el personalismo.
“El grueso del electorado, que son los millennials hacia adelante, lo que les interesa es qué le ofrece cada aspirante en esa coyuntura, y no ve si detrás del candidato hay toda una estructura partidaria que lo respalda”, aseguró Murillo.
Ese fenómeno se manifestó con fuerza en las elecciones de 2022, cuando Rodrigo Chaves alcanzó la silla presidencial con un partido nuevo, tras enfrentarse en segunda ronda al expresidente José María Figueres Olsen, del PLN.
“Nadie que votó por Pueblo Soberano tiene claridad sobre cuál es el proyecto ideológico del partido”
— Carlos Murillo, director del Observatorio del Desarrollo de la UCR.
La hazaña no fue tan complicada para Chaves, ya que se enfrentó a un candidato que caminaba bajo la sombra del caso Alcatel, por una asesoría de $906.000 relacionada con la compra de líneas celulares del Instituto Costarricense de Electricidad. El rechazo de los ciudadanos hacia Figueres se manifestó en las urnas, aunque fue necesaria una segunda ronda para elegir al presidente.
Ya en el poder, Chaves mantuvo un discurso confrontativo que fortaleció su base de apoyo. Ese respaldo personal se trasladó a Laura Fernández, a quien señaló como su sucesora, y permitió que los votantes apoyaran a una nueva agrupación, no al partido que lo llevó originalmente al Gobierno.
Aunque el PLN carga con un golpe reputacional por escándalos del pasado, fue el personalismo el encargado de que la agrupación volviera con fuerza a la contienda electoral.
“Álvaro Ramos Chaves le da un oxígeno que el partido no tenía y a pesar de que no es suficiente para pasar a la segunda ronda electoral, le dio una potencia electoral al partido del que venía adoleciendo hace muchísimo tiempo”, analizó Ilka Treminio, politóloga.
Tanto Treminio como Murillo coincidieron en que el impacto de Álvaro Ramos permitió aglutinar a votantes no liberacionistas, a sectores desencantados con el liberacionismo y a electores que terminaron por converger en esa alternativa, lo que redujo el número efectivo de partidos en la contienda por el Poder Ejecutivo.
El desempeño del candidato del PLN en debates y entrevistas trasladó el foco de atención hacia el candidato y relegó, temporalmente, los cuestionamientos históricos al partido. Compitió en un escenario de personalismo respaldado por una estructura partidaria sólida, aunque insuficiente para alcanzar la presidencia.
En contraste, el PUSC —protagonista de la historia bipartidista del país—no logró capitalizar su historia ni articular un liderazgo que conectara con el electorado. Apenas obtuvo el 2,79% de los votos y pasó de nueve curules a una sola diputación.
Según los politólogos consultados, el resultado responde tanto a su desempeño legislativo como a las tensiones internas derivadas de la cercanía de la bancada legislativa con el oficialismo.
El voto centrado en el personaje comenzó a evidenciarse desde las elecciones de 2002, cuando el Movimiento Libertario postuló reiteradamente a Otto Guevara. Aunque nunca llegó a la presidencia, la agrupación se debilitó tras su salida y derivó en la desaparición del partido del escenario político.
Más partidos debilitados
El fenómeno también se refleja en partidos emergentes. El apoyo al candidato y no a los colores retrató el paso del diputado Fabricio Alvarado en la política. Rozó la presidencia al llegar a la segunda ronda en el 2018, con una derrota que le permitió una curul en Cuesta de Moras, cuatro años después volvió a participar pero bajo el nombre de Nueva República y logró alargar su estancia en el Congreso.
No obstante, Alvarado y su partido saldrán del mapa político a partir del 1.° de mayo tras no obtener el apoyo suficiente del electorado, ya que solamente obtuvo el 2,18% de los votos.
El Partido Liberal Progresista (PLP) siguió un camino similar. Pasó de seis diputados a dos en el actual periodo legislativo, marcado por rupturas internas, y no logró representación en la próxima Asamblea Legislativa.
De acuerdo con Murillo, la muerte de los partidos políticos como imán de votos se debe a tres factores: liderazgos personalistas, un marco normativo flexible que regula la inscripción de candidaturas (porque se pueden crear y desaparecer para cada proceso electoral) y poca identificación de los ciudadanos con las agrupaciones.
El curso electoral en Costa Rica confirma que los partidos políticos ya no sobreviven por sí mismos. En un escenario dominado por liderazgos personalistas, las agrupaciones dejaron de ser espacios estables de representación y pasaron a funcionar como vehículos temporales al servicio de una figura específica. Cuando ese liderazgo se retira, migra o pierde respaldo, la estructura partidaria queda expuesta a su fragilidad.
Más que una desaparición formal, lo que se observa es una muerte funcional: los partidos siguen existiendo en el papel, pero pierden su capacidad de atraer, retener y organizar al electorado. Bajo este contexto, la incógnita no es solo si el próximo partido en el poder logrará gobernar, sino si será capaz de sobrevivir políticamente una vez que el liderazgo que lo impulsó abandone el escenario.
