Por: Mauricio Meléndez.   3 febrero, 2018

Aunque los candidatos a la Presidencia de la República Antonio Álvarez Desanti, Juan Diego Castro Fernández, Fabricio Alvarado Muñoz, Rodolfo Hernández Gómez, Carlos Alvarado Quesada y Otto Guevara Guth comparten diversos orígenes remotos en el periodo de la conquista y primeros 150 años del dominio español –que veremos en breve–, un hecho histórico los hermana: la esclavitud. Los cinco primeros descienden de personas que vivieron como esclavos en Costa Rica, y el quinto, de afromestizos libres.

Este hecho resulta novedoso, desde el punto de vista genealógico e histórico, pues pese a que a menudo se han postulado candidatos con ancestrías que los vinculan a esclavos y su progenie, no había ocurrido que tantos candidatos en una misma campaña fueran sus descendientes.

En cambio, no es para nada extraño que los seis candidatos citados y Rodolfo Piza Rocafort resulten compartir raíces comunes, sobre todo en el caso de aquellas familias extremadamente prolíficas cuyas ramificaciones salieron hacia todos los rincones del país. Por supuesto, la familiaridad o cercanía que podrían tener como parientes lejanos se esfumó al cabo de tres siglos de historia separada y devenires familiares disímiles.

De las raíces africanas

En la Costa Rica del periodo colonial, hubo esclavitud como en el resto de territorios americanos bajo el dominio español. De hecho, durante los primeros años de independencia, la esclavitud siguió vigente hasta 1824. Ese año, cuando el Estado costarricense era parte de la República Federal de Centro América, se declaró su abolición, 39 años antes que Estados Unidos y 64 años antes que Brasil.

En algunas de las culturas precolombinas existió la esclavitud, generalmente por razones de guerra, pero tras la llegada de los españoles a América, los indios fueron esclavizados de manera sistemática, para obtener mano de obra barata y una “mercancía” de fácil transporte. Con las Leyes Nuevas (1542), la esclavitud indígena fue eliminada y sustituida por la de otro grupo humano previamente esclavizado: los negros africanos.

Entonces, el éxodo forzoso a que fue sometida África, sacó de ese continente a cientos de miles de personas, muchísimas de las cuales murieron por los penosos viajes trasatlánticos, las enfermedades y los malos tratos. En este comercio triangular (Europa-África-América), estuvieron involucradas las principales potencias europeas del momento (Holanda, Portugal, Francia, Gran Bretaña y España, principalmente).

Miles de estos esclavos africanos ingresaron al istmo centroamericano por los puertos más importantes de la época (Portobelo, en Panamá, y Trujillo, en Honduras); esto sin incluir el comercio ilegal con franceses, ingleses y holandeses –entre otros–, sobre todo en las costas caribeñas. Las cifras exactas aún están en discusión, pero ellos contribuyeron en las más variadas tareas: carpintería, albañilería, herrería, agricultura, servicio doméstico...

Los esclavos podían casarse con la venia de sus amos. Muchas veces –más de lo que la gente suele imaginar– los amos mantenían relaciones con sus esclavas –pese a prohibición legal–, de las que nacían hijos que eran esclavos de sus padres pues la esclavitud se heredaba por el vientre materno.

La abuela materna de Juan Diego Castro, Ángela Robles Peralta (1895-1997), fue nieta de Clemente Peralta Ulloa (1843-1926), hijo de Telésforo Peralta Corral y María Francisca Ulloa Quirós, quien fue hija de Manuel Ulloa, esclavo de don José María Peralta y Vega, el papá de Telésforo. Es decir, Castro proviene de amos y esclavos de una misma familia. Pero lo llamativo del caso no queda ahí pues Manuel Ulloa fue hijo de Cayetana Ulloa Maroto (1757), esclava e hija del capitán Manuel Alfonso de Ulloa Siles. El capitán Ulloa la engendró con María Josefa Maroto, mulata esclava de doña María Maroto, esposa de don Manuel Alfonso. Nuevamente, Castro desciende de amos y esclavos de una misma familia.

El abuelo paterno de Antonio Álvarez Desanti, Isaías Álvarez Castro (1887-1921), era tataranieto doble de Catarina Calvo Delgado (1785), quien a su vez era tataranieta de Francisco Calvo Cardoso (1668-1742), hijo de Ana Cardoso, parda esclava, y el capitán Miguel Calvo, español criollo nacido en Cartago. Ana fue esclava del capitán Tomás Calvo y doña Eugenia de Abarca, padres de Miguel. Al igual que Castro, Álvarez Desanti proviene de esclavos y amos de una misma familia. Curiosamente, Óscar Arias Sánchez, dos veces presidente (1986-1990 y 2006-2010), premio Nobel de la Paz (1987) y padrino político del candidato liberacionista, desciende también por partida doble de Ana Micaela Calvo Cardoso (1690-1729), otra hija de la parda Cardoso y su amante español. Calvo pasó a la historia como el primer español de Cartago que reconoció en escritura pública (1715) ser padre de hijos que había procreado con una esclava.

Los abuelos maternos de Carlos Alvarado, Manuel Quesada Castro (1914-2007) y Noemy Alvarado Romero (1920-1984), eran primos entre sí y tataranietos ambos de Segundo Venegas Picado (1807), quien fue bisnieto de María Ambrosia Barboza, mulata esclava del sacerdote Gaspar Cascante de Rojas, comisario del Santo Oficio de la Inquisición en Cartago. El cura le donó a su hija Lorenza de Flores y Barboza dos esclavas: Ambrosia y la madre de ella, Josefa de Flores. En 1727, doña Lorenza liberó a las dos esclavas.

El abuelo paterno del doctor Rodolfo Hernández, Rafael Hernández Madriz (1888-1932), fue tataranieto de José Madriz Alvarado (1748), mulato libre, hijo de María Josefa Alvarado y el capitán Tomás Madriz Monsalve, natural de Sevilla, España. María Josefa Alvarado, mulata, era esclava de doña Antonia de la Granda y Balvín –esposa del capitán Madriz–. Madriz y la esclava se convirtieron en amantes y tuvieron cinco hijos, cuatro de ellos nacidos como esclavos. Tras la muerte de doña Antonia, Tomás hereda los esclavos (es decir, a su amante y a sus propios hijos), a quienes libera en 1747. Otro caso similar a los de Castro, Álvarez y Alvarado Muñoz.

El abuelo paterno de Otto Guevara, Uladislao Guevara Cano (1886-1944) fue tataranieto de Nerea Cordero del Mar (1782); ella y sus padres son citados invariablemente como mulatos; no así su esposo, José Ureña Méndez, quien algunas veces es consignado como mulato y otras como mestizo. Mulato hacía referencia a la mezcla de español con africano (lo que implica antepasados esclavos), y mestizo, de español con indio.

Al analizar los ascendientes de los Ureña Cordero, encontramos la mezcla de las tres raíces básicas de todo latinoamericano (español, indio y negro), pero no se logra establecer las raíces primigenias no mezcladas (es decir, no se sabe quiénes fueron los antepasados españoles, indios ni negros). De igual manera, la abuela paterna del candidato libertario, Ángela Barahona Sánchez (1890-1956), era tataranieta de José Chacón Santos (1747), cuyos padres son citados como mulatos libres en la entonces villa de Heredia.

Quizá, el hecho de que ahora más candidatos provengan de esclavos del periodo colonial solo refleja que la mezcla que se inició entre españoles, negros e indios abarca, en cada generación, a más costarricenses.

De raíces compartidas

Los seis candidatos estudiados comparten, por supuesto, muchas raíces del momento fundacional de nuestros orígenes: conquistadores y conquistados están en sus árboles genealógicos. No obstante, los troncos comunes más próximos entre los seis aspirantes nos remiten a dos familias paradigmáticas desde el punto de vista familiar y desde el punto de vista político, pues ambas se encuentran representadas en los primeros años de independencia de Costa Rica. Nos referimos a las familias Mora y Castro.

De acuerdo con el lingüista Miguel Ángel Quesada, el término “tico” para referirse a las personas naturales de Costa Rica tuvo su origen en una forma muy peculiar en que se trataban los costarricenses antes de 1850 y que a los centroamericanos –sobre todo– llamó la atención. Era costumbre que los connaturales de nuestro país se llamaran entre sí “hermanitico” o “hermanitica”, y de ahí los centroamericanos empezaron a llamarnos “ticos”.

Esa forma de tratamiento que alude a un parentesco cercano quizá es solo el reflejo de los lazos familiares remotos que unen a los ticos vallecentraleños, pues invariablemente dos personas con orígenes antiguos en la Gran Área Metropolitana resultan compartir diversas raíces en los siglos XVI, XVII y aun XVIII, cuando sí, todos eran “hermaniticos”.

El primer jefe de Estado fue Juan Mora Fernández (1783-1854), tataranieto del sargento Baltasar de Mora e Inés Martínez Enríquez, de quienes también son descendientes los siete candidatos (ver cuadro genealógico “Origen común por Mora”). El sargento Mora y su esposa se establecieron tempranamente en área de Desamparados, donde tenían propiedades que dedicaron a las actividades agropecuarias. Sobre la filiación de Baltasar (1655-1712), solo se conoce el nombre de su padre, Juan de Mora; mientras, la identidad de su madre se ignora; quizá era mujer soltera que prefirió ocultar el parto. Por su parte, Juan de Mora fue nieto del sargento mayor Juan de Mora Salado, fundador de este linaje, y María de la Portilla, hija y nieta de conquistadores de Costa Rica.

En esta familia hubo una rama que destacó sociopolíticamente desde el dominio español, pues sus miembros fueron capitanes, alcaldes y hasta tenientes de gobernador de la entonces villita de San José. Nos referimos al capitán Francisco de Mora y Martínez, de quien descienden Juan Mora Fernández y Juan Rafael Mora Porras (1814-1860), presidente de la República y héroe en la Campaña Nacional contra los filibusteros (1856-57). Sin embargo, los aspirantes políticos que analizamos descienden de ramas ruralizadas y alejadas del poder durante siglos, salvo Rodolfo Piza, quien procede de una hermana de Mora Porras.

El otro tronco común de los candidatos los lleva a una familia que ha marcado la historia genealógica costarricense notoriamente pues fue tan prolífica que casi no hay josefino, independientemente de su condición socioeconómica, que no la tenga al menos una vez en su árbol y, por supuesto, con la expansión de la frontera agrícola, el apellido llegó a otras regiones del Valle Central y aún más allá. Nos referimos a la familia Castro fundada por el alférez Juan Rodríguez de Castro y sus dos esposas, doña Petronila de Arias y doña Sebastiana de Aguirre.

Juan era único heredero de un viñedo y casas en su tierra natal, no obstante, decidió viajar a Indias –como se le decía a América en aquellos tiempos– en busca de nuevos horizontes, mejor fortuna y quizá alguna aventura.

Por qué se decidió por la Provincia de Costa Rica, la más más alejada y pobre del entonces Reino de Guatemala, es un misterio. Sin embargo, en Cartago, logró concertar un matrimonio ventajoso hacia 1678 con una criolla llamada Petronila Arias, hija del alférez Gaspar de Arias y doña María de Monterroso, criollos cartagineses; por cierto, la Monterroso era nieta del sargento mayor Juan de Mora Salado.

Luego de enviudar, el alférez contrae segundas nupcias en 1710 con doña Sebastiana de Aguirre, también criolla cartaginesa, hija del capitán Sebastián de Aguirre, natural de Valle de Baztán, Navarra, España, y doña Petronila Moreno de Grado, descendiente del conquistador Juan Solano. De este matrimonio nació un solo hijo.

El alférez Juan Rodríguez de Castro, quien sabía firmar, se avecindó en el valle de Aserrí, donde gozó de la confianza de los gobernadores y sus lugartenientes; lo encontramos siempre en muchos de los actos públicos de la zona, ya sea como valuador, defensor de menores o representante de viudas. Sus descendientes están entre los fundadores de San José y ocuparon los principales puestos militares, políticos y eclesiásticos que podían ejercer los españoles. Él y sus hijos varones destacaron en las milicias españolas, donde al menos al menos cuatro de sus seis hijos ejercieron el cargo de capitán.

Por supuesto, no todos los Castro –como simplificaron el apellido sus nietos– permanecieron en la élite local, pues es común que en familias tan grandes algunos conserven poder y riqueza, mientras otros se ruralizan, pierden poder o se empobrecen. No obstante, otros vuelven a acumular fortuna, como don Florentino Castro Soto (1875-1955), cafetalero y uno de los hombres más ricos de su tiempo, abuelo del candidato Juan Diego Castro.

Asimismo, tras la independencia, algunos de sus miembros pasaron a engrosar lo que sería la élite que dirigiría los destinos de la naciente república. Destaca entre ellos el doctor José María Castro Madriz (1818-1892), presidente de la República y otros que, aunque no llevan el apellido, son descendientes de la familia; entre ellos los mandatarios José María Montealegre Fernández (1815-1887) y Próspero Fernández Oreamuno (1834-1885).

De conquistados y conquistadores

Otra de las ramas que comparten los candidatos –excepto Piza– remite a una de las matriarcas indígenas de los costarricenses de hoy: Catalina Tuia, india curridabateña conocida también como Catalina Pereira, quien nació hacia 1574. Ella no fue una princesa indígena –como les hubiera gustado a los genealogistas de antaño–, era india de encomienda del capitán Antonio Álvarez Pereira, conquistador, –de ahí el apellido con que también fue conocida–. Según se dice en su testamento, ella no hablaba español, por lo que se necesitó intérprete cuando lo otorgó en 1658.

Ella tuvo dos hijos mestizos que fueron muy prolíficos y por eso hoy alguno de ellos está en casi todo árbol genealógico de los ticos del Valle Central y aun de otras zonas. Estos vástagos fueron Gaspar de Rojas y Gabriel de Aguilar, cuyos padres españoles fueron, respectivamente, el capitán Francisco de Ocampo Golfín, natural de Extremadura, España, y muy posiblemente el conquistador Diego de Aguilar.

Los seis aspirantes a la Presidencia proceden de varios conquistadores de Costa Rica: Juan Solano, García Ramiro Corajo, Cristóbal de Alfaro, Gómez Jaramillo, Pedro de la Portilla y Román Benito, entre otros.

Todos, excepto Álvarez Desanti, son descendientes de Gonzalo Vázquez de Coronado (1550-1612), hijo de Juan Vázquez de Coronado (1523-1565) y doña Isabel Arias Dávila. Don Juan consolidó la conquista del territorio costarricense que había iniciado Juan de Cavallón en 1561 y, por los méritos alcanzados y bien promocionados en la Corte hispana, obtuvo el título hereditario de Adelantado de Costa Rica, con una pensión vitalicia para sus descendientes. Por su parte, doña Isabel nació en Guatemala y descendía de una antigua familia de judíos conversos del siglo XV; por ella, muchos costarricenses llevan sangre judía en sus venas.

Los siete candidatos tienen en su árbol a doña Juana de Vera Sotomayor (1596), hija del capitán Luis Méndez de Sotomayor, que vincula a los aspirantes presidenciales –y al pueblo costarricense en general– con la realeza europea, pues descendía del rey Fernando III –de Castilla y León–, de Guillermo el Conquistador (rey normando que conquistó Inglaterra) y Rurik (fundador del estado ruso), entre otros. Entonces, estas ascendencias vinculan a los candidatos con muchas de las casas reales europeas del pasado y del presente: Noruega, Inglaterra, España, Suecia, Hungría, Italia, Francia, Escocia, Polonia, Grecia, los antiguos estados alemanes y el Imperio de Constantinopla.

De extrajeros "más recientes"

Algunos de los candidatos tienen antepasados que se establecieron en Costa Rica en los siglos XIX y XX. Juan Diego Castro Fernández es tataranieto de Lorenzo Montúfar Rivera (1823-1898), intelectual guatemalteco que trabajó en varios países centroamericanos donde dejó honda huella. Antonio Álvarez Desanti es bisnieto de Vicent Marie Desanti Tomasi (1869-1901), natural de la isla de Córcega, territorio francés en el mediterráneo, quien se avecindó en San Mateo en 1889.

Otto Guevara Guth es nieto de Otto Guth Scharff (1906-1969), nacido en Cachí, Cartago, hijo de Federico Guth Wolf y Luisa Scharff Nengeboren, nacidos en Bohemia, en el Imperio austrohúngaro. Guevara también es bisnieto de Manuel Barahona Vargas (1846), nacido en Colombia, quien se estableció en Esparza.

Indudablemente, el candidato con más raíces fuera de Costa Rica es Piza Rocafort: su madre, María del Carmen de Rocafort Martín (1937) nació en Madrid, España; su abuelo Benjamín Piza Díaz-Remón (1860-1935) nació en Panamá, hijo de madre panameña y padre judío de la isla de Santo Tomás; su bisabuelo José Durán Santillana (1831-1909) fue natural de Suchitoto, en El Salvador; su tatarabuelo José Antonio Chamorro Gutiérrez (1821) nació en Nicaragua; su cuarto abuelo Léonce de Vars du Martray (1829-1882) era francés; su cuarta abuela Guadalupe Salazar Aguado (1825-1859) fue oriunda de León, Nicaragua.

El único de los candidatos analizados cuyas raíces son muy criollas es el doctor Hernández, pues en su genealogía el primer extranjero que se pudo documentar fue don José de Liz, natural de La Coruña, Galicia, España, quien casó en Cartago en 1744, con Josefa Lorenza Villalta. Hace cuatro años, de los aspirantes cuyas genealogías se investigaron, el más criollo fue Johnny Araya Monge, del PLN y hoy alcalde de San José; su antepasado extranjero más próximo fue Martín de Avellaneda, originario del País Vasco, quien casó en Cartago, en 1708, Rosa Viterbo de Chaves.

La mezcla racial, entre indios, negros y españoles, que marcó a la Costa Rica del periodo colonial, se presenta claramente en las familias de los candidatos analizados –excepto Piza Rocafort, quien no tiene antepasados afrodescendientes y muy pocas raíces indígenas–; además, también hay presencia de algunos migrantes posteriores de Latinoamérica, España y el resto de Europa –salvo el doctor Hernández Gómez–. Es decir, de alguna manera todos sintetizan la historia genealógica de los costarricenses en los últimos 457 años.

¿Cómo se elaboró este trabajo?

Para la realización de este trabajo, se escogieron los candidatos con mayor preferencia en las distintas encuestas que se han dado a conocer en la última semana: Antonio Álvarez, del Partido Liberación Nacional; Rodolfo Piza, del Partido Unidad Social Cristiana; Carlos Alvarado, del Partido Acción Ciudadana; Otto Guevara, del Movimiento Libertario; Rodolfo Hernández, del Partido Republicano Social Cristiano; Juan Diego Castro, del Partido Integración Nacional; y Fabricio Alvarado, del Partido Renovación Nacional.

Se elaboró el árbol genealógico exhaustivamente hasta sus sextos abuelos (cada persona tiene 16 tatarabuelos, 32 cuartos abuelos, 64 quintos abuelos y 128 sextos abuelos) y a partir de ahí se siguieron aleatoriamente algunas de las líneas hasta el periodo de la conquista (1561 en adelante); para ello se consultaron las fuentes primarias en el Registro Civil, Archivo Nacional y Archivo Histórico Arquidiocesano Bernardo Augusto Thiel.

Para las historias familiares referidas a la esclavitud, nos basamos en Negros y blancos, todo mezclado (EUCR, 1997), de Tatiana Lobo y Mauricio Meléndez; y los artículos “Josefa Flores y sus descendientes” (Asogehi, 1996 y 1997) y “Amos y esclavos: las familias Fallas de Costa Rica (1684-1786)”, publicado en línea (2013), ambos de Mauricio Meléndez.