A dos semanas de las elecciones presidenciales del 1.º de febrero de 2026, Costa Rica vive un fenómeno que rompe con la tradición: la candidata que lidera las encuestas ha brillado por su ausencia en la mayoría de los debates televisados y ya anunció su ausencia al de cierre, un espacio clásico de la política nacional que ha estado en manos de Teletica, la televisora con mayor audiencia del país.
Laura Fernández, del Partido Pueblo Soberano (PPSO), alcanzó el 40% de intención de voto según la encuesta del Centro de Investigación y Estudios Políticos (CIEP) de la Universidad de Costa Rica (UCR) publicada este 21 de enero, el umbral exacto para ganar en primera vuelta. Sin embargo, de al menos diez debates convocados, confirmó su asistencia a menos de la mitad.
Su estrategia desafía la lógica tradicional de las campañas políticas anteriores. Mientras candidatos como Álvaro Ramos (PLN) con 8% y Claudia Dobles (Coalición Agenda Ciudadana) con 5% se esfuerzan por ganar visibilidad en cada foro disponible, Fernández opta por una campaña selectiva que prioriza otros espacios de comunicación con el electorado. En algunos debates donde no asistió, como el de Grupo Extra del 20 de enero, una silla vacía marcó simbólicamente su ausencia, generando críticas de rivales.
La popularidad, el salvavidas
La clave de esta estrategia radica en un activo político fuera de lo común: el presidente Rodrigo Chaves mantiene un 58% de aprobación, cifra excepcional al analizar la historia política reciente y también sólida, a pesar de que Costa Rica atraviesa tensiones institucionales sin precedentes.
Fernández, exministra de Planificación y persona leal a Chaves, se presenta explícitamente como la candidata de la “continuidad”, aprovechando el capital político de un mandatario que, aunque constitucionalmente impedido de buscar reelección consecutiva, sigue dominando la escena política. Ha sido explícita en que le gustaría que Chaves fuera uno de sus ministros, algo que la oposición ve como una manera de mantener el fuero del actual mandatario, sobre quien pesan varias acusaciones que podrían avanzar cuando deje la presidencia y desaparezca el fuero especial que lo protege.
Este respaldo explica en buena parte por qué Fernández puede permitirse eludir debates sin consecuencias electorales graves. Su apoyo creció de 30% en diciembre a 40% en enero, un salto de diez puntos en apenas un mes que coincide con la intensificación de la campaña, pero también con la asociación más explícita con el presidente. El vínculo con el mandatario se está convirtiendo en su mejor carta de presentación.
Nuevo ecosistema mediático
La estrategia de Fernández también responde a una transformación profunda en el consumo de medios en Costa Rica. En 2025, el 92,6% de la población costarricense tenía acceso a Internet, con 3,83 millones de usuarios activos en redes sociales, representando el 74,5% de la población total, buena parte de ellos votantes empadronados. Las plataformas digitales superaron a los medios tradicionales: YouTube alcanza unos 4 millones de usuarios y Facebook cerca de 2,5 millones, por ejemplo. Plataformas como TikTok e Instagram también suman millones.
Este cambio estructural significa que los debates televisados ya no son el único —ni necesariamente el principal— canal para conectar con votantes. La televisión abierta, aunque mantiene un 89,2% de penetración, enfrenta una tendencia decreciente. El terreno electoral se disputa cada vez más en pantallas personales que en estudios de televisión. Para una candidata respaldada por un presidente que domina la comunicación de confrontación y directa con sus bases, las redes sociales ofrecen un canal más controlable y efectivo que los debates tradicionales.

¿Qué dice la ciencia sobre los debates?
La investigación académica respalda la estrategia de Fernández. Un estudio publicado en The Quarterly Journal of Economics en 2023 analizó 62 elecciones en 10 países durante seis décadas y concluyó que los debates televisados tienen “efectos mínimos” en la decisión de voto. Los investigadores encontraron que los debates no afectan significativamente ni la formación de preferencias individuales ni las cuotas de voto agregadas, incluso en elecciones competidas o cuando participan candidatos poco conocidos.
Este hallazgo desafía la percepción popular. Aunque los debates atraen millones de espectadores y generan intensa cobertura mediática, su impacto real en el resultado electoral es insignificante. Según el estudio, los debates contribuyen apenas un 3% del aumento total en la consistencia de la elección de voto durante una campaña, y solo un 2% de la disminución en la distancia entre las intenciones previas y el voto final.
Las razones son múltiples. Primero, quienes ven debates suelen ser votantes altamente comprometidos que ya decidieron su voto. Segundo, al menos en sistemas bipartidistas como Estados Unidos, la polarización es tan profunda que los votantes filtran selectivamente lo que ven, confirmando sus prejuicios previos. Tercero, cualquier efecto de un debate tiende a desvanecerse rápidamente: son eventos de corto plazo que se añaden a una “pila gigante de información” acumulada durante meses de campaña.
Sin embargo, la evidencia presenta matices importantes. Un estudio de 2023 sobre debates presidenciales en América Latina encontró que en sistemas de partidos débilmente institucionalizados —como varios países latinoamericanos— los debates pueden tener efectos más pronunciados. La volatilidad electoral es mayor cuando los votantes carecen de lealtades partidarias estables, haciendo que nueva información obtenida durante la campaña pese más en sus decisiones. Además, los debates importan más en primeras rondas que en balotajes, y tienen mayor impacto sobre votantes indecisos o independientes.
En Costa Rica específicamente no existen estudios dedicados exclusivamente al impacto de debates. Sin embargo, el país exhibe características que sugieren efectos moderados: un sistema multipartidista relativamente institucionalizado comparado con otros casos latinoamericanos, pero con creciente fragmentación (20 candidatos presidenciales en 2026) y un 32% de indecisos dos semanas antes de la elección.
La estrategia de Fernández no está exenta de riesgos. Investigaciones recientes en Estados Unidos indican que candidatos punteros que evitan debates enfrentan costos potenciales: proyectan debilidad, permiten que rivales controlen la narrativa y alienan a votantes que valoran el escrutinio democrático. En 2022, candidatos republicanos que eludieron debates enfrentaron críticas por “falta de respeto a la democracia”.
Katie Hobbs en Arizona, quien rechazó debatir en 2022, vio cómo esa decisión se convertía en una vulnerabilidad electoral significativa a pesar de liderar encuestas. El análisis académico sugiere que debates benefician especialmente a candidatos desafiantes y menos conocidos, quienes tienen más que ganar de la exposición. Al evitar debates, Fernández cede terreno a rivales que necesitan desesperadamente visibilidad.
Nuevo paradigma
El caso de Laura Fernández en Costa Rica este 2026 ilustra cómo la convergencia de tres factores —alta popularidad del líder político asociado, transformación del ecosistema mediático hacia plataformas digitales y evidencia científica sobre el limitado impacto de debates— está redefiniendo las estrategias electorales.

Ir a los debates en televisión dejó de ser indispensable cuando un candidato puede capitalizar directamente el respaldo de una figura popular, comunicarse efectivamente a través de redes sociales (con o sin ayuda de terceros), y contar con suficiente ventaja en encuestas. La investigación académica confirma que los debates rara vez cambian resultados electorales, especialmente cuando las preferencias ya están consolidadas y el respaldo partidario es fuerte.
Sin embargo, esta transformación plantea interrogantes sobre la calidad democrática. Si los candidatos punteros sistemáticamente eluden el escrutinio público, ¿qué mecanismos quedan para que los votantes evalúen comparativamente sus propuestas? ¿Cómo se garantiza la rendición de cuentas en un entorno donde la comunicación política privilegia canales controlados sobre espacios de confrontación abierta?
Con un 32% de indecisos aún en juego, los próximos días determinarán si la apuesta de Fernández —evitar debates mientras capitaliza la popularidad de Chaves— resulta ganadora. Su caso podría establecer un precedente, marcando el fin de una era donde los debates televisados eran considerados eventos ineludibles del proceso democrático.
