El sector de la nutricosmética —productos que prometen belleza a través de la nutrición— vive su era dorada. Impulsada por la narrativa del “bienestar preventivo” y la influencia de redes sociales, la industria del colágeno hidrolizado ha pasado de ser un nicho de gimnasios a un gigante que domina las góndolas de farmacias y supermercados en Costa Rica y el mundo.
No obstante, mientras las gráficas de ventas apuntan al alza, la comunidad científica académica ha comenzado a levantar banderas rojas. La Dra. Farah Moustafa, dermatóloga y profesora de la Escuela de Medicina de la Universidad de Tufts, es tajante: el colágeno oral no cuenta actualmente con respaldo para ser recomendado como tratamiento antienvejecimiento.
Un mercado de miles de millones
La magnitud del negocio es incuestionable. Según proyecciones de firmas como Grand View Research y Mordor Intelligence, el mercado global de colágeno alcanzó una valoración estimada de $4.900 millones en 2024, y se proyecta que llegará a los $8.700 millones para 2034, con una tasa de crecimiento anual compuesta (CAGR) del 5,8%.
En América Latina, la tendencia es similar. El mercado regional de colágeno hidrolizado se valoró en aproximadamente $72,4 millones en 2025, con proyecciones de crecimiento sostenido por encima del 6,4% para la próxima década.
En Costa Rica, estos productos se clasifican como “productos de interés sanitario”, lo que obliga a las empresas a gestionar registros ante el Ministerio de Salud, un proceso que, si bien garantiza que el producto no sea tóxico de forma inmediata, no certifica la efectividad de sus promesas comerciales.

La brecha entre el marketing y la fisiología
El principal argumento de venta —que ingerir colágeno repone directamente el colágeno perdido en la piel— choca con la biología básica. “El colágeno es una proteína que debe descomponerse para ser absorbida”, explica la Dra. Moustafa. Una vez en el tracto digestivo, se fragmenta en aminoácidos que el cuerpo distribuye según sus necesidades generales, no necesariamente enviándolos a la dermis para “rellenar” arrugas.
La experta señala tres puntos críticos que los consumidores y analistas de mercado suelen pasar por alto:
- Sesgo de financiación: Un meta-análisis de 23 ensayos controlados aleatorios reveló que los estudios que apoyan el uso de colágeno tienen una mayor probabilidad de ser de baja calidad y estar financiados por las mismas empresas farmacéuticas que venden el producto. Por el contrario, los estudios independientes de alta calidad no hallaron beneficios significativos.
- Riesgos de inocuidad: Los suplementos de origen marino presentan riesgos de contaminación con metilmercurio. Además, la Academia Americana de Dermatología (AAD) advierte que muchos de estos productos en el mercado carecen de verificación de terceros y transparencia en su etiquetado.
- Vacío regulatorio: A diferencia de los medicamentos, los suplementos no se someten a pruebas rigurosas de seguridad o eficacia antes de su comercialización masiva.
El costo de oportunidad: ¿dónde invertir el presupuesto de salud?
Para el consumidor informado —y para el bolsillo del costarricense— la pregunta es de eficiencia. Mientras un tratamiento con colágeno de alta gama puede costar entre $40 y $80 mensuales, la ciencia sugiere que existen intervenciones con un “ROI” (retorno de inversión) dermatológico mucho mayor.
“El uso de protector solar para evitar el daño UV, el uso regular de retinol tópico y evitar el tabaquismo son estrategias mucho más efectivas y estudiadas para preservar el colágeno natural”, afirma Moustafa.
Desde una perspectiva nutricional, la experta recomienda que, en lugar de procesados caros, se priorice una dieta rica en Vitamina C (fresas, kiwis, cítricos) y proteínas de alta calidad, que proporcionan los bloques de construcción necesarios para que el propio cuerpo sintetice su colágeno de forma orgánica.
En conclusión, el colágeno oral parece ser, por ahora, un caso de éxito de comercialización que supera con creces su realidad clínica. Para la industria, el reto en los próximos años será migrar hacia fórmulas con mayor biodisponibilidad y evidencia independiente si desean sostener su crecimiento frente a un consumidor cada vez más escéptico y educado.
