El vinilo no es una moda pasajera: se ha convertido en el formato físico prémium de la industria musical y la generación Z está en el centro de este renacer. Para sellos, artistas y tiendas, los discos representan poco volumen frente al streaming, pero un ingreso estratégico por margen, fidelidad y construcción de marca.
En el 2024, los ingresos globales por música grabada alcanzaron unos $29.600 millones, con el streaming como responsable de la mayoría de ese monto, mientras los formatos físicos retrocedieron un 3,1%.
En ese contexto, los discos de vinilo fueron la excepción: sus ventas crecieron un 4,6% y encadenaron 18 años consecutivos de alza, compensando parcialmente la caída del CD.
Para las discográficas, el vinilo funciona como un producto de alto valor agregado: tirajes limitados, precios que pueden ir de los $30 a los $70 en ediciones especiales y una base de fans dispuesta a pagar por variantes, colores y arte exclusivo.
La Federación Internacional de la Industria Fonográfica (IFPI, por sus siglas en inglés) resume este fenómeno como un “nicho robusto” que fortalece el ingreso físico, incluso en un mercado donde casi todo el crecimiento viene de las suscripciones digitales.

Gen Z: del streaming al objeto de colección
Contra el estereotipo del joven 100% digital, la generación Z (personas nacidas entre mediados de los 90 y principios de los 2010) es protagonista en el boom del vinilo. Un reporte de Futuresource Consulting, citado por CNN, indica que las ventas de discos han crecido en promedio un 18% anual en el último lustro y que cerca del 60% de los centennials declara comprar vinilos.
“Gen Z está jugando un papel desproporcionado en el renacer de los vinilos”, resume el análisis difundido por el medio estadounidense.
Lo más revelador es por qué compran: según datos recopilados por la Vinyl Alliance y retomados por CNN, el 56% de los jóvenes valora principalmente la estética del disco, mientras el 37% reconoce que usa los vinilos como elemento de decoración en el hogar.
En paralelo, cifras de Luminate indican que alrededor del 50% de quienes adquieren vinilos en Estados Unidos no posee tocadiscos, lo que subraya su carácter de objeto identitario, más allá de su función como soporte de audio.
Identidad, diseño y experiencia
Para la generación Z, el vinilo condensa varias capas de valor: diseño gráfico, storytelling del artista, sensación de “ritual” y un componente de estatus en redes sociales. Una investigación de Record of the Day, basada en más de 2.500 fans, señala que 76% de los jóvenes compradores adquiere al menos un vinilo al mes y que casi el 30% se considera “coleccionista acérrimo”, lo que confirma un patrón de consumo recurrente y no meramente ocasional.
El renacer del vinilo está reconfigurando la estrategia de lanzamientos. Sellos y artistas priorizan ediciones especiales, variantes por país o por tienda y bundles (paquetes) que combinan el LP con merchandising, entradas o contenido digital exclusivo.
Para la cadena de valor física —prensadoras, diseñadores, distribuidores y tiendas indie— el formato ha significado una nueva ola de inversión y especialización.

Oportunidades en Costa Rica
Aunque no existan aún grandes cifras públicas sobre el mercado de vinilo en Costa Rica, la tendencia global ofrece pistas claras para la región. En un entorno donde el streaming paga centavos por reproducción, un tiraje corto de vinilos —pensado para fans locales y coleccionistas internacionales— puede convertirse en una fuente crítica de caja para bandas y sellos nacionales.
“El cliente tradicional del disco de vinilo en Costa Rica va de los 30 a los 50 años de edad, gente que vivió aquel San José lleno de tiendas de discos; sin embargo, hay una clientela nueva de muchachos de 15 a 19 años, que están interesados en el formato. Algunos de ellos ni siquiera tienen tocadiscos, los compran como un objeto de colección”, afirmó Arnoldo von Storren Rojas, propietario de Twistin’ Bones.
Para Arnoldo, aunque esa joven clientela está dispuesta a pagar altas cifras por un disco, los clientes más nostálgicos no están tan acostumbrados a los nuevos precios del vinilo.

“Antes compraban los discos en ¢500 en las tiendas de San José, Alajuela o Heredia; ahora valen más de ¢20.000. Han salido muchas prensas nuevas, ediciones limitadas, sellos pequeños independientes alrededor del mundo y artistas que han hecho que se incremente el precio, acaparando la industria. Además, aunque en décadas pasadas había varios sellos que prensaban discos en Costa Rica, en la actualidad ya no se producen en el país”, agregó.
Un espacio de encuentro
El renacer del vinilo ya tiene una cara muy concreta en San José: la Feria Cultural del Disco de Vinilo, que se ha consolidado como el punto de encuentro más importante para coleccionistas y curiosos del formato en Costa Rica.
El evento gratuito se realiza periódicamente en el centro de la capital, con ediciones recientes en espacios como el icónico edificio Steinvorth, y convoca a decenas de vendedores, sellos y melómanos de distintas generaciones.
En cada edición, la feria ofrece venta y exhibición de LPs, CDs y casetes, DJ sets en vivo, oferta gastronómica y un ambiente que replica, a escala local, la cultura de digging que se ve en las grandes capitales del vinilo.

Para la industria local, esta feria funciona como un termómetro del apetito por el formato físico y como una vitrina clave para proyectos emergentes que apuestan por tirajes cortos en vinilo.
“La feria la realizamos unas cinco veces al año, la próxima será en marzo. Empezamos en el 2016 y hemos realizado más de 30 ediciones; al principio teníamos la asistencia de unas 200 personas y hoy tenemos más de 1.500 en un solo día del evento. Gracias a la feria han salido un montón de negocios nuevos, la mayoría negocios en línea, somos contados los que tenemos tienda física”, afirmó Arnoldo, también organizador de la feria.
La escena del vinilo en Costa Rica se sostiene también en algunas tiendas especializadas, concentradas en el Gran Área Metropolitana, como Denki Records, Twistin’ Bones, Decibeles, Vendimusic y la histórica Discos Napoli (hoy tienda virtual), así como diversos vendedores independientes que han encontrado en redes sociales y marketplaces un canal directo con la comunidad.
Esta red de comercios y ferias convierte al disco de vinilo en algo más que un producto: en un ecosistema cultural donde la generación Z convive con melómanos veteranos, reforzando el rol del disco como experiencia, objeto de colección y, cada vez más, negocio atractivo para el sector musical costarricense.
