El sonido rítmico del cepillo contra el cuero y el chasquido seco del paño al lustrar fueron durante décadas la banda sonora de los parques y esquinas más concurridas de las ciudades costarricenses.
El oficio de limpiabotas, también conocido como lustrador o bolero, se arraigó en el paisaje urbano desde principios del siglo XX, convirtiéndose en una especie de termómetro social: una profesión de origen humilde, a menudo ejercida por niños y jóvenes, que ofrecía la primera oportunidad laboral y un sustento esencial para muchas familias.
Hoy, ese personaje se ha vuelto una rareza. Pese a haber sido un pilar del trabajo callejero que incluso mereció reglamentos municipales específicos en la capital desde 1924, la figura del limpiabotas va en una acelerada vía de extinción.
El cambio en la moda, la preponderancia del calzado deportivo sobre el zapato de cuero, la automatización de la limpieza en el hogar y la informalidad laboral han erosionado su clientela y su relevancia económica.
Los pocos limpiabotas que resisten —principalmente hombres adultos mayores— lo hacen aferrados a la tradición, en los mismos parques que los vieron empezar hace medio siglo, como narradores, confidentes y testigos privilegiados de la vida cotidiana del país.

Décadas de historia
El oficio de limpiabotas se consolidó en Costa Rica como parte del trabajo callejero urbano desde inicios del siglo XX, vinculado al crecimiento de San José y de las cabeceras de provincia. En la capital, el Parque Central y el Parque La Merced se convirtieron desde temprano en puntos de concentración de estos trabajadores, muchos de ellos niños y adolescentes de familias pobres que encontraban en el cajón de betún su puerta de entrada al mercado laboral.
Una investigación del profesor de Historia Carlos Izquierdo sobre trabajo infantil en San José muestra que los limpiabotas fueron uno de los oficios callejeros más visibles, junto con pregoneros y vendedores ambulantes, al punto de que la Municipalidad dictó en 1924 un reglamento especial para inscribir y controlar a limpiabotas.
“A partir del período liberal, limpiar zapatos se volvió una ocupación de paso para muchos menores, pero también una profesión de por vida para hombres adultos que trabajaban durante décadas en la misma esquina o parque”, resalta el estudio.
En Alajuela, la esquina suroeste del Parque Central se volvió sinónimo de limpiabotas desde mediados del siglo XX, hasta el punto de ser un referente urbano de la ciudad. Una crónica publicada en el año 2000 describe cómo generaciones de trabajadores, identificados por apodos como “Bigotes”, “Chumica” o “Los Marimbas”, construyeron ahí una pequeña comunidad laboral con rutinas, clientela fija y hasta códigos propios.
Tanto en la capital como en la ciudad de los mangos, el limpiabotas ha sido un trabajador de origen popular, con educación incompleta y pocas alternativas formales de empleo. Su jornada arrancaba a las 6 a. m. y terminaba de noche, con el cepillo, el betún, las panas, el agua, el asiento de madera y el cajoncito típico al hombro.
Más allá de la economía, fue un personaje urbano que conocía a clientes ricos y pobres, escuchaba confidencias, comentaba la política y hasta combinaba oficios, desde vendedor ambulante hasta hacer trabajos ocasionales de limpieza o pintura.

En declive, pero aún vivo
En las últimas décadas, el oficio de limpiabotas ha entrado en un declive acelerado, presionado por varios factores: la informalidad laboral generalizada, el cambio en los estilos de vestimenta (menos uso de zapatos de cuero), el auge del calzado deportivo, el deterioro de los centros urbanos y la competencia de productos de limpieza rápida en el hogar.
Trabajadores veteranos, como Óscar Alvarado, Guillermo Chavarría, Omar Rojas y Ernesto Navarro, hablan de un oficio “que se está muriendo” en San José, donde quedan menos de una decena de limpiabotas y la mayoría de ellos supera los 60 años de edad. El oficio se volvió mayoritariamente de adultos mayores, con ingresos variables y sin cobertura social estable, en un contexto de informalidad.
En Alajuela, la conocida esquina del Parque Central también se ha ido quedando vacía. Tras la muerte de la mayoría de ellos y la falta de relevo generacional, esporádicamente se observa a uno o dos lustradores ejerciendo su oficio.
Aunque no existen estadísticas oficiales actualizadas desagregadas solo para limpiabotas en las encuestas de empleo, el propio gremio reconoce que hoy trabajan muchos menos que hace 30 o 40 años y que la clientela habitual se ha reducido a oficinistas mayores, algunos turistas, pensionados y trabajadores nicaragüenses.
“Ya son pocos los que usan zapatos de cuero o los que tienen la costumbre de mantenerlos bien aseados. Aquí venimos todos los días, desde temprano, pero los días realmente buenos son los fines de semana, cuando pasan los nicaragüenses. Como en su país fabrican tan buenos zapatos y tienen la tradición de cuidarlos, aquí son buenos clientes”, confesó Alvarado, quien tiene más de 30 años en el oficio.
El precio por cada lustrada va de los ¢1.000 a los ¢3.000, pero la mayoría de los boleros reconoce que hay días en los que nadie pone un pie sobre sus cajones. Cuando eso pasa, deben apoyarse en trabajos esporádicos, como vender frutas, limpiar lotes, pintar casas, hacer mandados o incluso pedir prestado para poder pagar el pase del autobús o el alquiler de un cuarto para pasar la noche.
“Hay que aceptar que son tiempos difíciles, hasta más que durante la pandemia. Es un trabajo duro, sin seguro, sin pensión, de todos los días, y hoy la gente es muy diferente. Cuando yo me criaba, había mucha clientela y uno quería ganarse la platita honradamente, y gracias a Dios nunca me faltó la comida; pero ya nadie quiere ser limpiabotas, y cuando nosotros no estemos, esto se muere con nosotros”, se lamentó Guillermo Chavarría.

Oficios que han desaparecido (o casi) en Costa Rica
El declive del limpiabotas se inscribe en una tendencia más amplia: la desaparición gradual de oficios tradicionales urbanos y rurales, transformados por la tecnología, los cambios de consumo y la regulación.
Si bien no existe un censo oficial exhaustivo de “oficios desaparecidos”, la historiografía laboral y la memoria popular permiten identificar ocupaciones que prácticamente han dejado de existir o subsisten como rarezas.
Entre los oficios u ocupaciones que han desaparecido o se han vuelto residuales en Costa Rica, pueden mencionarse:
- Lechero repartidor de leche fresca casa por casa, desplazado por la pasteurización industrial y la venta en supermercados.
- Afilador ambulante de cuchillos y tijeras, que recorría barrios con su piedra de afilar, hoy reemplazado por servicios en ferreterías o la compra de utensilios desechables.
- Operador de linotipo en periódicos y talleres de impresión, sustituido por la composición digital y los sistemas de autoedición.
- Ascensorista en edificios de oficinas y hoteles, figura común en la primera mitad del siglo XX y prácticamente inexistente tras la automatización.
- El pregonero de periódicos a viva voz en las calles, que en San José fue regulado junto a los limpiabotas y hoy es casi inexistente.
- Zapateros artesanales. Se reporta una disminución de jóvenes en este oficio, relegado a personas mayores de 40 años.
- Telefonistas u operadores de una central. Con la automatización de los sistemas telefónicos, estas funciones ya no son necesarias.
En conjunto, estas desapariciones muestran cómo la modernización económica reconfigura la estructura ocupacional, pero también borra de la escena cotidiana personajes que fueron parte de la identidad urbana y rural del país.
