Hay una porción de Costa Rica que no se parece a ninguna otra; un territorio donde la geografía parece haber sido esculpida por un arquitecto con delirios de grandeza. Hablamos de Península Papagayo, un territorio de 560 hectáreas que se adentra en el Pacífico como la silueta de un gigante dormido. Sus colinas moldeadas por la fuerza del viento y el oleaje de Guanacaste, actúan como una muralla natural que resguarda de forma celosa algunas de las aguas y paisajes más imponentes del país.
Por su belleza natural, Península Papagayo se ha consolidado como el epicentro del turismo de ultra-lujo, no solo en Costa Rica, también en la región centroamericana, atrayendo a las firmas hoteleras más prestigiosas del planeta que buscan ofrecer refugios de exclusividad absoluta.
Esta codiciada porción de tierra alberga propiedades icónicas como el Four Seasons Resort, pionero en redefinir el estándar del servicio premium en el país; el Andaz Costa Rica Resort, que destaca por su arquitectura orgánica y su vibra de diseño local; y el Waldorf Astoria, una de las adiciones más exclusivas orientadas al mercado residencial de alta gama.
A este selecto catálogo de hospitalidad internacional se ha sumado recientemente Nekajui, a Ritz-Carlton Reserve, del portafolio de Marriott International. Esta incorporación termina de consolidar a la península no sólo como un destino de descanso, sino como la meca definitiva del lujo descalzo y la privacidad en Centroamérica.
Precisamente visité la Península con el objetivo de conocer las instalaciones de Nekajui y vivir la experiencia como un viajero de alto perfil. Este hotel (que requirió una inversión de $200 millones) abrió sus puertas en el primer trimestre del 2025 y cuenta con 107 habitaciones y suites con vistas al mar, así como tres lujosas tiendas de campaña en las copas de los árboles. Los alojamientos van desde habitaciones, con una superficie a partir de 81 metros cuadrados, hasta suites de una y dos habitaciones y 36 residencias privadas con dos a cinco dormitorios.
Viajé hasta el hotel en un vehículo de lujo, con capacidad para siete pasajeros y todas las comodidades posibles (incluyendo wi-fi). El conductor asignado, Alexander, se encarga de que el camino sea ameno: me pregunta qué música prefiero escuchar, si la temperatura del aire está bien y además me ofrece agua y snacks para el camino.

Aunque el tiempo de viaje puede ser un poco desalentador (hasta siete horas por sentido debido a las presas y obras viales), no puedo negar que viajar de esta manera lo hace menos sufrido.
Una vez en el destino, cruzar el puesto de control que da acceso a la península es como atravesar una frontera invisible. A un lado queda la realidad de las interminables presas de Costa Rica y hasta las preocupaciones diarias; del otro, solo queda aprovechar de adentrarse en esta exclusiva estancia.
El lujo desde dentro
Llegar a Nekajui no es llegar a un hotel convencional. Las propiedades con el sello “Reserve” de Ritz-Carlton se cuentan con los dedos de las manos a nivel mundial: hay nueve propiedades y la de Papagayo es la cuarta de Latinoamérica (dos se encuentran en México y una en Puerto Rico), lo cual pone a Costa Rica como referente de esta categoría de turismo en Centroamérica.
La filosofía de un Reserve es explícita: el lujo no se trata de opulencia predecible, más bien se trata de una inmersión cultural y ecológica donde el verdadero lujo es la privacidad, el espacio y el tiempo.
En la lengua de los indígenas chorotegas, los habitantes originarios de estas tierras, Nekajui (pronunciado nek-ah-wee) significa “jardín”. El nombre no es solo una estrategia de marketing, es una descripción literal de la geografía que cobija la propiedad.
Tras el ingreso principal a las propiedades de Península, el vehículo se interna por un sendero privado que va entre el bosque tropical seco en un paisaje donde el bosque y el mar se unen en una combinación que deleita la vista y aviva el deseo por conocer lo que vendrá.

Al llegar, la bienvenida prescinde de los mostradores tradicionales: los huéspedes son recibidos en La Casita, un espacio cuya arquitectura está directamente inspirada en la sencillez y calidez de los tradicionales pueblos costarricenses. Tras este primer contacto, se ingresa a La Casona, el amplio y luminoso salón central del resort. Allí me recibe Pablo, quien se presenta como mi Manzu (amigo en lenguaje chorotega) y quien será mi guía durante estos tres días en la propiedad.
Enterados de mi llegada, Pablo y su equipo de trabajo me reciben por mi nombre, me dan una toalla para refrescarme y la bienvenida a la propiedad. De inmediato me explican la identidad del hotel y se ponen a las órdenes para atender cualquier necesidad que pueda surgir de ahí en adelante.

Diseñada como una interpretación moderna de las históricas haciendas de Guanacaste, el espacio de La Casita rinde homenaje a los ganaderos tradicionales de la sabana y al espíritu de la región guanacasteca: la arquitectura fusiona materiales autóctonos y un diseño sostenible con un estilo contemporáneo y refinado.
Este resort frente al mar, construido con materiales locales como la piedra y la madera autóctonas de la región, evoca una profunda conexión con su entorno natural. El diseño, elegante por su sencillez, refleja el compromiso con la preservación del medio ambiente.
A lo largo de la propiedad, los jardines y los senderos ofrecen infinitas oportunidades de descubrimiento. Caminar por Nekajui es casi recorrer una pequeña galería de arte viva: con más de 550 piezas, entre las que se destacan casi 125 obras originales de más de 30 artistas latinoamericanos.
En el patio central, justo entre La Casita y La Casona, se erige un árbol de ceiba, conocido por el equipo del hotel como el árbol de la vida. Para las culturas prehispánicas, la ceiba era el eje del mundo, y aquí funciona como un punto que conecta a los huéspedes con la historia profunda de la región.
A un costado se ubica La Capilla, un espacio inspirado en las capillas personales de las antiguas haciendas guanacastecas. Sus paredes están adornadas con 650.000 mosaicos hechos a mano de manera local, una obra de artesanía que simboliza el poder de la conexión humana. Ideal para eventos sociales y reuniones, La Capilla es la representación física de la calidez de la comunidad.
Mientras contemplo las primeras vistas del hotel, Pablo me comenta que mis pertenencias ya están en la habitación y que mi transporte interno (carritos similares a los de golf) están listos para llevarme no solo a mi cuarto, sino también a cualquier lugar de la propiedad que desee conocer. El personal, mayormente de la zona de Guanacaste, también está pendiente de que el proceso de registro sea lo más expedito posible.

Una vez completado este paso, llega la hora de conocer la habitación, la cual está diseñada para no querer dejarla. Con vistas perfectamente enmarcadas de la Playa Pochote y el Océano Pacífico, las habitaciones del resort operan como miradores privados. Cuentan con puertas de vidrio de varios paneles que van del suelo al techo y que se deslizan para acceder a un amplio corredor con vista al mar.
En mi caso, el hotel me asignó una con vista al océano cuyo precio promedio ronda los $1.000 la noche dependiendo de la temporada. Se trata de un espacio de 81 metros cuadrados que cuenta con dos televisores, una cama king size, sofá cama, dos duchas (interna y externa), balcón privado, comedor exterior, así como un mini bar complementario con bebidas gaseosas y alcohólicas importadas, así como cervezas artesanales de Nicoya.
En diciembre por ejemplo (el inicio de la temporada alta de turismo), los precios de las habitaciones empiezan en $2.262 por noche en las habitaciones con vista al mar. Por otro lado, las opciones de tiendas en los árboles llegan hasta los $5.860 por noche durante la temporada alta.
La experiencia en la habitación también incluye el servicio de limpieza diario (normalmente se designan a dos trabajadores para habitaciones de este tipo), así como la opción del “turndown”, que se realiza mientras el huésped va a cenar y consiste en ajustar la iluminación y la cama para dormir.
También los interiores contemporáneos revelan sutiles guiños tradicionales que reflejan los vibrantes colores de la flora y fauna de la región. La decoración, inspirada directamente en la rica cultura chorotega, incluye piezas de cerámica y cuadros que resaltan el carácter del hotel y a los artesanos guanacastecos.

Viajes culinarios: una experiencia en sí misma
La experiencia de la estancia de lujo se complementa con la gastronomía, con sus distintos conceptos a lo largo de la propiedad. Por la mañana se puede disfrutar de un desayuno en El Mirador, un espacio que, como su nombre lo indica, permite deleitarse con una vista del océano ya sea en las mesas del restaurante o en su piscina infinita.
El menú (que incluye alternativas tanto a la carta como buffet), ofrece las clásicas opciones costarricenses llevadas a un nuevo nivel de excelencia con ingredientes locales de la más alta calidad, para deleitar tanto al público extranjero (la mayoría de los visitantes) como al local. La repostería del buffet merece una mención aparte, especialmente por sus rollos de canela, rellenos de una crema de limón que los vuelve adictivos.
En cuanto a los precios, un desayuno completo puede rondar los $70 por persona.
Para el almuerzo, hay varias alternativas desde Niri, una propuesta especializada en comida ibérica y que ofrece una vista privilegiada a playa Pochote, hasta Brisa, con opciones al estilo mexicano con alternativas de mariscos. También el hotel cuenta con Café Rincón, un espacio acogedor que no solo ofrece lo mejor del grano de oro nacional (con postres de otro mundo), pues también incluye propuestas para disfrutar de una buena comida al mediodía.
Uno de los puntos más destacados de la propiedad es el Niri Beach Club. Rodeado de árboles, a tan solo unos pasos de la playa, se accede a este club privado a través de un elegante funicular que no deja a ningún huésped indiferente, pues ofrece un paseo corto con vistas al océano, al bosque y a la propiedad, desde una perspectiva única y poco común en Costa Rica.
Con un menú inspirado en las cocinas española y portuguesa, Niri rinde homenaje a la tierra y el fuego mediante un gran horno de leña, platos de influencia ibérica, variedades de aguas frescas y versiones modernas de platos clásicos playeros, convirtiéndose en el escenario ideal para ver caer el atardecer o para disfrutar de su piscina. Aquí un tiempo de alimentación completo puede rondar los $200 por persona.
Después, se puede ir a caminar por la playa o realizar alguna actividad acuática como snorkel o kayak.
Otra opción gastronómica del hotel es Puna, el restaurante de autor ideado por el chef peruano-italiano Diego Muñoz, cuyos platillos combinan ingredientes autóctonos de Costa Rica con técnicas internacionales. Inspirado tanto en los altiplanos andinos como en los paisajes locales, esta experiencia culinaria recuerda lo mejor de los platillos peruanos y algunas combinaciones con lo italiano, dando como resultado una experiencia memorable que se acompaña con algunas bebidas típicas del país sudamericano como el pisco sour.
No puedo dejar pasar la oportunidad de agradecer las recomendaciones del salonero de turno, Eduardo, quien sabía el menú con puntos y comas y acertó hasta con el postre, una versión mejorada del clásico suspiro a la limeña.
Si los comensales todavía están con energía y buscan una experiencia más para cerrar la noche, el hotel también ofrece la opción del bar La Casona, el cual ofrece cócteles infusionados con hierbas y flores locales elaborados con ingredientes provenientes directamente de los jardines del resort, acompañados de una selección de deliciosas tapas, snacks y aperitivos. Además, es un excelente lugar para una sesión de fotos.

El rejuvenecimiento de la Zona Azul
El bienestar en Nekajui encuentra su máxima expresión en el Nimbu Spa & Wellness, cuyo nombre rinde homenaje a la palabra «agua» en la lengua ancestral chorotega. Este espacio ocupa una superficie de 2.500 metros cuadrados y está diseñado como un ecosistema de sanación que se integra con la selva tropical. Al spa se accede a través de un puente colgante que se convierte en un preámbulo de relajación, pues solo quedarse a mitad del recorrido y contemplar el mar, la brisa y en este caso un poco de lluvia, da una sensación de paz difícil de resumir en palabras.
Me dirijo al spa para recibir un masaje de cuerpo completo y, junto mi terapeuta Hanzell, acordamos enfocarnos en la zona lumbar y fue la mejor decisión. El masaje tiene una duración de 60 minutos en una especie de bungalow privado con vista al mar. Aquí parece que cada espacio ha sido diseñado con el propósito de calmar los sentidos, inspirar el alma y sintonizar el cuerpo con el ritmo pausado de la naturaleza guanacasteca.
Durante todo el proceso, el aire se llena del aroma de aceites esenciales extraídos de la juanilama, una planta nativa conocida por sus propiedades calmantes y medicinales.
Antes de empezar el tratamiento, uno de los terapeutas procede a realizar un ritual típico de la zona: enciende unas ramitas de incienso y otras hierbas aromáticas con el objetivo de “alinear los chakras” y energías internas del huésped; para el extranjero, este momento es una novedad, un primer paso hacia una experiencia memorable y para el visitante local es una muestra del peso cultural de la zona y un esfuerzo por mantener vigentes estas tradiciones centenarias.
En cuanto a precios, varía según el tratamiento: los de cuerpo completo inician en $295 y pueden llegar hasta los $549; los faciales desde $319 hasta $520; los tratamientos de uñas empiezan en $100 y rituales de bienestar tienen un precio base de $300. La mayoría de tratamientos van de los 30 a 60 minutos de duración.
Luego del masaje, exploro el corazón de Nimbu: allí se encuentra una piscina de hidroterapia, tanto en agua caliente como fría. Además, hay un cuarto de vapor, un sauna y todo lo que se necesita para completar el tratamiento. Como despedida, el equipo me obsequió una pulsera con unas pequeñas piedras volcánicas diseñada para “mantener las energías alineadas”.
Justo en la misma ala de la propiedad se encuentra el gimnasio, el cual tampoco desentona con la identidad del hotel: máquinas de fuerza y de cardio de última generación y tecnología enfocadas en hacer que el huésped tenga una experiencia completa de ejercicio, incluso tiene una zona específica de cardio al aire libre para entrenar con vista al mar. Prácticamente Nekajui cuenta con lo que se puede comparar con un piso de un gimnasio convencional de la GAM.
Como valor agregado, el centro de fitness (que opera 24/7) cuenta con clases de yoga diarias guiadas por instructores profesionales y la ayuda de estos profesionales de 7 a.m. a 5 p.m. para que los huéspedes realicen sus ejercicios bajo la supervisión de un especialista en caso de que tengas dudas o quieran mejorar su técnica.

El retorno a lo esencial
Dejar Nekajui es un proceso lento. Mientras el transporte del hotel sube por última vez desde la habitación para tomar el vehículo de regreso a la capital (nuevamente Alexander será el conductor) queda en la memoria la experiencia de sentirse especial y del servicio que cada trabajador da a los huéspedes, independientemente de dónde provenga.
Pablo y su equipo de trabajo se forman en una fila y nos despiden de la propiedad, deseándonos que podamos regresar pronto.
Volver a la rutina común de las ciudades es inevitable, pero la experiencia en este rincón de Papagayo permanece. Nekajui ha demostrado que el futuro del turismo de ultra-lujo no radica en la construcción de habitaciones extravagantes o ajenas al entorno, sino en la capacidad de crear un diseño en armonía con la naturaleza. Al final, el verdadero valor de este jardín atemporal no se mide en sus comodidades exclusivas, sino en su éxito para devolvernos, aunque sea por unos días, al ritmo original de la tierra.
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El Financiero se hospedó en el hotel Nekajui, a Ritz-Carlton Reserve por cortesía de su administración. Ninguna condición de publicación fue requerida.

