La tasa del Impuesto al Valor Agregado (IVA) en Costa Rica es del 13%, una cifra que todos los consumidores tienen grabada en su cotidianidad. Sin embargo, lo que verdaderamente ingresa a las arcas del Ministerio de Hacienda es apenas la mitad de su potencial, lo que ubica al país por debajo del promedio de América Latina.
Así lo evidencia el informe Estadísticas tributarias en América Latina y el Caribe 2026, elaborado de forma conjunta por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), el Centro Interamericano de Administraciones Tributarias (CIAT), la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).
Para entender esta brecha, el estudio utiliza el llamado “ratio de eficiencia del IVA”. Aunque suene técnico, el concepto es bastante directo: compara lo que un país debería recaudar si todo el consumo pagara el impuesto completo, sin excepciones ni evasión, frente a lo que realmente logra cobrar.
Esa diferencia, precisamente, es la que revela cuánto se pierde en el camino, que responde a varias causas.
Por un lado, están las exenciones y tasas reducidas que alivian la carga en ciertos bienes y servicios, pero también recortan la base de recaudación. Por el otro, aparecen factores más estructurales como la evasión, el fraude o incluso limitaciones en la gestión tributaria.
En el caso de Costa Rica, el resultado es concreto: con un ratio de 0,51, el país recauda apenas la mitad de lo que, en teoría, podría captar a partir del IVA, y se ubica por debajo del 0,61 promedio de América Latina y el Caribe.
Ahora bien, si se observa el promedio en Centroamérica y México, Costa Rica apenas iguala el margen, justamente establecido en un 0,51.
Esto ocurre a pesar de que la tasa del 13% no es particularmente baja ni alta dentro de la región; de hecho, se ubica en un punto intermedio, por debajo de países como Argentina, Chile o Uruguay, donde el IVA supera el 19%. Es decir, el problema no pasa tanto por el porcentaje en sí, sino por cómo se aplica, qué se grava y qué queda por fuera.
Ahora bien, el propio informe hace una advertencia importante al recordar que este indicador no debe leerse de forma aislada ni automática, pues un país puede mostrar una alta eficiencia por razones que no necesariamente reflejan una mejor gestión del impuesto.
Por ejemplo, influyen aspectos técnicos como la forma en que se registran las exenciones a lo largo de la cadena productiva o los tiempos en que se devuelven los créditos fiscales. Estos detalles, aunque menos visibles, pueden alterar significativamente el resultado final.
También entran en juego factores externos, donde en economías con fuerte actividad turística, el gasto de visitantes extranjeros puede inflar el indicador, ya que ese consumo genera recaudación, pero no siempre se contabiliza de la misma forma en la base.
A esto se suma el creciente peso del comercio digital, donde la falta de cobro del IVA en servicios importados también puede generar distorsiones.
En este escenario, Costa Rica se ubica en una posición intermedia dentro de la región. No está entre los países con peor desempeño, pero tampoco entre los que logran capturar mejor el potencial del impuesto.
Se mantiene por encima de economías donde la recaudación es más débil, pero todavía queda rezagada frente a aquellas que han logrado cerrar mejor esa brecha.

