Dos veces en el último siglo, la carga sobre la maquinaria del dinero se volvió insostenible y obligó a modificar los cimientos de las finanzas internacionales. Hoy asistimos a otro cambio como resultado del ascenso de las stablecoins, los depósitos tokenizados y las monedas digitales de los bancos centrales (MDBC). Pero esta vez, no tiene lugar por medio de tratados o políticas cambiarias. La cuestión ya no es qué banco central emite el activo que sirve como «ancla» del sistema monetario mundial, sino quién es el dueño de la infraestructura por la que circula el valor.
Cuando en 1944 los Aliados acordaron establecer tras la Segunda Guerra Mundial una arquitectura monetaria internacional basada en el poderío económico de Estados Unidos y en el dólar con respaldo en oro, los gobiernos aceptaron límites a su soberanía monetaria a cambio de tipos de cambio estables y un suministro fiable de liquidez mundial por parte de Estados Unidos. Pero la posterior profundización de los mercados de capitales volvió insostenible el sistema de Bretton Woods. En 1971 Estados Unidos abandonó la convertibilidad del dólar en oro, y el mundo pasó a un régimen de tipos de cambio flotantes basado en el dólar, que fue lo bastante flexible para una economía global cada vez más integrada y un sistema financiero cada vez más complejo, pero también frágil y propenso a crisis recurrentes. Aun así, el dólar mantuvo su dominio sobre las transacciones y reservas internacionales, gracias a la profundidad y seguridad de los mercados de bonos del Tesoro de los Estados Unidos, el alcance global de sus finanzas y la credibilidad de sus instituciones.
Hoy la estructura de la economía mundial ya no es la misma: China es el principal participante del comercio internacional; la eurozona es un importante exportador de capital; y economías emergentes como la India y los países de la ASEAN ocupan un lugar central en las cadenas de suministro y son importantes fuentes de demanda de energía. Pero a pesar de la evolución hacia una economía multipolar, el sistema monetario sigue siendo en gran medida unipolar. El dólar todavía representa más o menos la mitad de los préstamos transfronterizos, un 60% de las reservas internacionales de divisas y más del 50% de la facturación comercial. También es la moneda a la que están atadas casi todas las stablecoins en circulación.
El desajuste estructural resultante tiene amplias consecuencias, ya que todos los países (incluidos aquellos que se han consolidado como centros mundiales de producción) siguen expuestos a los ciclos monetarios estadounidenses, a escaseces periódicas de dólares y a shocks asimétricos. Estas vulnerabilidades son sistémicas (no episódicas) y se manifestaron en los déficits mundiales de financiación que hubo en 2008 con el inicio de la crisis financiera global, en 2020 durante la pandemia de COVID‑19 y en 2022 cuando la Reserva Federal de los Estados Unidos empezó a subir los tipos de interés para combatir la inflación. Los desequilibrios se manejaron, pero nunca se resolvieron.
Puede ser que el ascenso del dinero digital rompa este atasco. La innovación crucial aquí no son las monedas en sí, sino la estructura de liquidación subyacente. Los activos tokenizados, los pagos programables y la creación de marcos de mensajería mejorados permiten a estados y actores privados construir una infraestructura alternativa con capacidad para eludir a los intermediarios tradicionales. Con un diseño adecuado, estos rieles monetarios pueden ser la base de un sistema abierto y estable que amplíe el acceso, reduzca las fricciones y modernice una infraestructura financiera internacional que está quedando obsoleta.
Pero hay también otra posibilidad, no tan deseable: que la nueva arquitectura monetaria afiance un sistema bipolar compuesto por bloques geopolíticos rivales con estándares incompatibles. Por eso los proyectos de monedas digitales se han convertido en instrumentos de la geopolítica. Las pruebas piloto transfronterizas de MDBC de China no buscan sólo una mejora de la eficiencia sino también influir en la definición de las normas de gobernanza. La búsqueda europea de «soberanía digital» surge de preocupaciones por la seguridad, derivadas de la evidente falta de fiabilidad de Estados Unidos como socio. Las economías emergentes están creando nuevos sistemas de liquidación por fuera de los canales tradicionales basados en el dólar. Al mismo tiempo, las stablecoins privadas obligan a los gobiernos a replantearse el ejercicio de la influencia.
De modo que la tecnología está logrando aquello que no pudo hacer la política: un realineamiento del poder monetario desde la base hasta la cima. Estados Unidos todavía tiene potencial para liderar, porque conserva las instituciones más fiables, los mercados de capitales más profundos y el ecosistema de activos de reserva más sólido. Pero el cumplimiento de este potencial no dependerá sólo de los activos, sino también de la arquitectura. La amenaza a la primacía del dólar no es una moneda rival, sino la posibilidad de que la infraestructura financiera internacional evolucione en formas que diluyan las ventajas de la apertura, entre ellas los efectos de red que hacen atractivo el mantenimiento de carteras y la liquidación de transacciones en dólares.
Para mantener su posición central en el sistema monetario mundial, Estados Unidos debe ayudar a construir los rieles que transportarán la liquidez internacional en la era digital. Esto implica mejorar la infraestructura de pagos local y transfronteriza para lograr interoperabilidad y evitar una balcanización digital. También implica ofrecer claridad regulatoria sobre las stablecoins denominadas en dólares y los pasivos bancarios tokenizados, para que no haya actores privados actuando casi como bancos centrales sin los debidos mecanismos de protección. E implica promover un marco de gobernanza multilateral para que los rieles digitales transfronterizos cumplan los mismos principios que dieron resiliencia al sistema que siguió a la década de 1970: apertura, transparencia y gobernanza fiable.
La creación de ese sistema redunda en interés de todos. Para Europa y China, la modernización de los rieles de pago digital permitiría una mayor autonomía monetaria sin las desventajas de la fragmentación. Para las economías emergentes, sería una senda creíble para reducir la exposición a shocks externos. Y para Estados Unidos, reforzaría la resiliencia de las cadenas de suministro, evitaría la dependencia de ecosistemas digitales rivales y mejoraría la competitividad de las inversiones, al hacer que los activos en dólares sean programables y atractivos como garantía. Además, la incorporación de estándares regulatorios y mecanismos de identificación digital fiables en la infraestructura financiera internacional ampliaría la influencia de Estados Unidos en la diplomacia comercial y el uso de herramientas económicas de política exterior.
Un orden monetario abierto, interoperable y estandarizado puede por fin ofrecer lo que ni el sistema de Bretton Woods ni el régimen de tipos de cambio flotantes pudieron dar en forma simultánea: liquidez, estabilidad y soberanía.
---
Traducción: Esteban Flamini
Silvia Sgherri es investigadora visitante y profesora adjunta en la Escuela Elliott de Asuntos Internacionales de la Universidad George Washington.