Una pregunta que nos hacemos muchas veces los intérpretes es si debemos ser meros reproductores de lo escrito en la partitura o hay posibilidades de ser creativos. Hasta el siglo XVII, el tema no era motivo de preocupación porque muchas veces los compositores tocaban sus propias obras. Además, se tocaba y se escuchaba la música de su propio tiempo. Así, el compositor estaba a mano para saber qué quería exactamente de su obra. Esto va a cambiar en el siglo XIX, cuando surge interés por revivir a los grandes maestros del pasado. Mendelssohn, por ejemplo, tuvo un papel protagónico en el redescubrimiento de Bach. Wagner por su parte, escribe con devoción y respeto de Mozart y de Beethoven. Para finales del siglo XIX, se había conformado un canon de la “buena música”, que era, en gran medida, alemana. Así, en la programación de las orquestas no podían faltar obras de Bach, Mozart, Beethoven, Brahms y Schumann, entre algunos otros.
La canonización de una serie de compositores y obras influyó en la interpretación. Había que ser respetuoso con el genio creador y, por lo tanto, los intérpretes debían reproducir fielmente lo que el compositor había querido decir.
A mediados del siglo XX, con el aporte de investigación de la musicología, surge la corriente de la interpretación históricamente informada. Se trataba de revivir la sonoridad propia de la música medieval, renacentista y barroca por medio del uso de instrumentos antiguos, el respeto a las prácticas de interpretación y de ornamentación de la época.
En las últimas décadas, sin embargo, se reconoce que nunca podremos revivir exactamente la sonoridad de tiempos pasados. Por otro lado, los compositores contemporáneos también invitan a los intérpretes a aportar a la obra.
Actualmente, se considera que las partituras son una especie de mapas o de esqueletos de las piezas.
Son los intérpretes quienes agregan detalles fundamentales para dar vida a la obra. Y es esta posibilidad infinita de interpretaciones lo que enriquece nuestra vida musical.