El tablero laboral costarricense atraviesa una metamorfosis silenciosa pero profunda. Mientras los sectores tradicionales enfrentan retos de empleabilidad y estancamiento salarial, las plataformas digitales de movilidad han dejado de ser un simple “plan B” para convertirse en un ecosistema de alta eficiencia económica. En las calles del Gran Área Metropolitana se está gestando un fenómeno de rentabilidad que desafía las tendencias de sus pares latinoamericanos.
Esa ventaja competitiva tiene un nombre y una cifra: $9,20 por hora. Según el más reciente estudio del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), en alianza con Uber e Ipsos, este es el ingreso promedio que genera un conductor en Costa Rica, posicionando al país como el líder indiscutible en ingresos por hora dentro de los mercados analizados en la región.
Esta cifra no solo supera a potencias regionales como Chile ($8,80) o México ($7,90), sino que revela una competitividad inusitada frente a las opciones de empleo convencional en suelo nacional. Sin embargo, este liderazgo plantea una interrogante obligatoria para analistas y autoridades: ¿qué factores sostienen este “premium” tico y cuán sostenible es esta bonanza frente a un costo de vida que no da tregua?

Una metodología que cruza la “opinión” con la “realidad”
Para llegar a estas conclusiones, el estudio del BID, en asociación con Uber e Ipsos, no se limitó a realizar una encuesta tradicional. Entre agosto y septiembre de 2024, se recolectaron 13.722 entrevistas completas en ocho países, incluyendo una muestra representativa en Costa Rica.
El valor diferencial de esta investigación radica en la triangulación de datos. Los analistas no solo escucharon lo que los conductores decían ganar, sino que cruzaron esa información con los datos administrativos reales (registros internos) de la aplicación de Uber.
Este ejercicio estadístico permitió detectar un fenómeno curioso: en promedio, los conductores de la región tienden a subreportar sus ingresos en un 28% en comparación con lo que la plataforma realmente registra. En el caso específico de Costa Rica, aunque el subreporte existe, la rentabilidad real se confirma como la más alta de la región.
¿Es suficiente el ingreso frente al costo de vida?
Liderar el ranking de ingresos por hora es un logro agridulce en un país con un costo de vida tan elevado como el costarricense. Sin embargo, los datos sugieren que la plataforma está cumpliendo un rol de amortiguador económico potente. El ingreso promedio de los conductores de Uber en Costa Rica representa 2,6 veces la línea de pobreza oficial del país, la proporción más alta de toda la muestra regional.
Este flujo de dinero es vital para las finanzas domésticas: el 57% del ingreso total del hogar de un conductor tico proviene directamente de sus ganancias en la plataforma. Además, para el 64% de ellos, Uber es la herramienta principal para cubrir todos o casi todos sus gastos esenciales.
Perfil del conductor: Educación alta y profesionalización
El estudio rompe con el mito de que el trabajo en plataformas es un refugio exclusivo para mano de obra no calificada. En Costa Rica, el 53% de los conductores cuenta con educación terciaria o superior, una cifra que refleja un fenómeno de subempleo o de búsqueda de autonomía por parte de profesionales.
Esta alta preparación explica, en parte, por qué el conductor tico es exigente. Al consultarles sobre su “salario de reserva” (el monto mínimo que pedirían para dejar Uber por un empleo asalariado), el promedio solicitado en el país es de los más competitivos, con una mediana de $1.337 mensuales.
Esta cifra posiciona a Costa Rica significativamente por encima de la mediana regional de $1,062 y supera con creces las expectativas registradas en mercados como Brasil ($900), Ecuador ($1.000) y México ($1.000), así como a la República Dominicana ($754), que reporta la aspiración salarial más baja de la muestra.
Únicamente los conductores en Argentina muestran una exigencia superior, con una mediana de $1.593, lo que consolida al trabajador costarricense en el segmento de valores intermedios-altos de la región junto a Chile y Colombia.

La paradoja de la resiliencia
Pese a los altos ingresos por hora, la estructura financiera de los conductores sigue siendo frágil. Costa Rica presenta un contraste preocupante:
Ahorro de emergencia: Costa Rica lidera la vulnerabilidad financiera inmediata en la región, siendo el país con la mayor proporción de conductores que sobreviviría menos de una semana ante una pérdida de ingresos (26%). Esta fragilidad es notablemente superior a la de mercados como México (17%) o Brasil (16%). Mientras que en países como Chile el 33% de los conductores podría resistir entre uno y tres meses, en suelo costarricense la falta de un “colchón” financiero es una realidad para uno de cada cuatro trabajadores de la plataforma.
Deuda: El estrés financiero por endeudamiento es elevado; el 34% de los conductores ticos califica el pago de sus deudas actuales como “muy difícil”. Si bien esta cifra es preocupante, se sitúa por debajo del 45% registrado en Ecuador o el 36% en Brasil, aunque supera el nivel de dificultad reportado en México (18%) o Argentina (23%). En términos de prevalencia, el 80% de los conductores en Costa Rica declara tener alguna deuda, un nivel de apalancamiento similar al de Colombia (86%) y la República Dominicana (87%).
Seguridad Social: Existe un abismo en la protección para la vejez: solo el 38% de los conductores en el país realiza aportes a un sistema de pensiones. Esta cifra representa una brecha masiva frente al 69% de la población económicamente activa (PEA) general de Costa Rica que sí cotiza. A nivel regional, la tasa de contribución tica es superada únicamente por Chile (44%), pero duplica la participación de los conductores en México (14%) y supera con creces a Argentina (31%) y Ecuador (24%), lo que refleja un desafío estructural compartido en toda América Latina para formalizar a los trabajadores gig.
Este ecosistema de alta rentabilidad opera, sin embargo, sobre un terreno movedizo. En Costa Rica, las plataformas de movilidad colaborativa permanecen en una zona gris legal desde su llegada en 2015; a pesar de múltiples proyectos en la Asamblea Legislativa, el país aún carece de un marco normativo que formalice la actividad.
Este vacío legislativo no es un detalle menor: es el principal obstáculo para que el 38% de los conductores que hoy cotiza pueda integrarse de forma robusta y simplificada a la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS), perpetuando un modelo donde el ingreso parece ser alto, pero la protección social sigue siendo una tarea pendiente.
¿Adiós a la flexibilidad?
Un hallazgo que debe poner a reflexionar a los reclutadores tradicionales es que el 52% de los conductores costarricenses estaría dispuesto a dejar la plataforma si se le ofreciera un trabajo asalariado con el mismo ingreso. Esta apertura hacia el empleo convencional sitúa a Costa Rica en el bloque de países con mayor anhelo de formalidad, solo superado ligeramente por Chile (56%) y Ecuador (55%).
En contraste, la disposición al cambio es significativamente menor en mercados como México (47%), la República Dominicana (44%) y Argentina (42%), donde la mayoría prefiere mantener su estatus actual pese a la oferta de un salario equivalente.
Esto sugiere que, a diferencia de esos países donde la autonomía se valora por encima de casi todo, en Costa Rica todavía existe un fuerte deseo por la estabilidad y los beneficios de la seguridad social. De hecho, mientras que en la República Dominicana el 48% de los conductores rechazaría de plano volver a ser empleado asalariado y en México un 45% haría lo mismo, en suelo tico la balanza se inclina hacia la búsqueda de un modelo que hoy el “colaborador independiente” no percibe como una opción financiera robusta a largo plazo.
Los hallazgos del BID confirman que el país lidera la región en ingresos y nivel educativo de sus conductores, estableciendo una ventaja competitiva que posiciona a la economía de plataformas como una alternativa económica de primer nivel en suelo tico.
No obstante, el reto para el país no es solo mantener esos ingresos, sino transformar esa rentabilidad por hora en estabilidad financiera a largo plazo, mediante mecanismos de ahorro y protección social que se adapten a esta nueva realidad digital.
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Este artículo fue publicado por un editor de El Financiero asistido por un sistema de inteligencia artificial.
