Los clubes campestres, popularmente conocidos como country clubs, nacieron en el Reino Unido ligados a deportes como el golf y el tenis, pero fue en Estados Unidos, hacia finales del siglo XIX, cuando se consolidaron como símbolo de estatus, vida social y ocio organizado. Con el tiempo, este modelo de club privado se exportó a diferentes regiones del mundo y se adaptó a las realidades locales, incluyendo la centroamericana y, en particular, la costarricense.
En Costa Rica, los country clubs se han asentado sobre todo en la Gran Área Metropolitana (GAM), acompañando el crecimiento urbano, el desarrollo inmobiliario y la expansión de los servicios orientados a los segmentos de ingresos medios-altos y altos. En cantones como Alajuela (La Guácima), Santa Ana, Escazú o Moravia, estos clubes combinan áreas verdes, instalaciones deportivas y espacios sociales en zonas donde el valor del suelo y la densidad habitacional hacen cada vez menos frecuente el acceso a grandes jardines o áreas recreativas privadas.
Hoy, en la GAM operan una decena de clubes de campo, entre proyectos consolidados desde hace décadas y desarrollos más recientes que integran residenciales cerrados con club privado. La única provincia de la región Central que no cuenta con un country club formalmente establecido es Cartago, donde las opciones de recreación privada se orientan más a fincas, hoteles de montaña y clubes más pequeños o especializados.
El Financiero recopiló 10 clubes campestres que funcionan con un modelo de ingreso ya sea por acción o membresía. Uno de los establecimientos que operaba, La Campiña Country Club, ubicado en San Rafael de Montes de Oca fue clausurado en agosto del año pasado, de acuerdo con la municipalidad de ese cantón y por eso no fue tomado en cuenta para este reportaje. En ese momento operaba bajo el nombre de Villa Green Paradise.
En cuanto a precios de acciones, los rangos van desde los ¢600.000 en adelante. Además, se puede dar la situación donde el precio de las participaciones se negocia entre particulares por medio de distintos canales como redes sociales o páginas de compra y venta.
Precios en detalle
La forma de ingreso a estos clubes suele dividirse entre la compra de acciones y la adquisición de membresías, esquemas que definen tanto el nivel de compromiso económico como el tipo de vínculo con la institución. En algunos casos, el ingreso implica una inversión inicial elevada —que puede alcanzar varios millones de colones— acompañada de cuotas mensuales, mientras que en otros se han incorporado modelos más flexibles para atraer a familias jóvenes o personas que desean “probar” la experiencia sin comprometerse de por vida.
Un aspecto relevante del mercado actual de clubes sociales en Costa Rica es que varios de los centros más exclusivos y tradicionales ya no cuentan con inventario propio de membresías. Al haber alcanzado su límite de capacidad operativa, estas instituciones han dejado de vender acciones directamente, lo que obliga a los interesados a adquirirlas únicamente mediante negociaciones privadas entre particulares. Este modelo de traspaso externo no solo ha convertido a las acciones en activos con valor de reventa fluctuante, sino que mantiene el rigor de los procesos de admisión, ya que, independientemente del acuerdo económico entre comprador y vendedor, el ingreso del nuevo socio sigue estando sujeto a la aprobación final de las juntas directivas o comités de admisión de cada club.
Más allá de la puerta de entrada, los country clubs ofrecen un catálogo de servicios que suele incluir canchas de tenis, golf, piscinas recreativas y semiolímpicas, gimnasio, restaurantes, escuelas deportivas para niños y programas sociales para diferentes edades. La promesa implícita combina seguridad, exclusividad y una vida social activa, elementos que resultan especialmente atractivos para familias que buscan espacios de recreación estructurados y cercanos a los principales centros urbanos.
Complementando la flexibilidad de sus modelos de ingreso, diversos clubes en Costa Rica han diseñado categorías específicas de membresía para extranjeros o residentes temporales que no desean realizar la inversión de una acción patrimonial. Estas modalidades, conocidas generalmente como membresías diplomáticas, transitorias o de cortesía internacional, permiten a ejecutivos de multinacionales y personal de embajadas disfrutar de la totalidad de las amenidades por un periodo determinado mediante el pago de cuotas mensuales o anuales.
Acciones y membresías
En los country clubs de Costa Rica, la diferencia entre una acción y una membresía va mucho más allá del precio que paga la familia para entrar. Una acción suele entenderse como una participación casi permanente en el club, mientras que la membresía se parece más a un “alquiler” del derecho de uso por cierto tiempo. Esto influye en cuánto se invierte al principio, qué derechos se obtienen y qué pasa con ese dinero en el futuro.
Las acciones, por lo general, tienen una validez de hasta 99 años, lo que en la práctica las vuelve casi vitalicias. Eso significa que una familia puede disfrutar del club durante décadas y, además, transferir esa acción a sus hijos como parte de su patrimonio. En muchos casos, estas acciones se pueden heredar, lo que las convierte en un activo familiar de largo plazo, no solo en un gasto recreativo de hoy.

Las membresías funcionan de manera distinta. En lugar de comprar una parte del club, la persona paga por el derecho a usar las instalaciones por un periodo específico, que puede ir de uno a varios años, dependiendo del reglamento de cada club. Al terminar ese plazo, la membresía puede renovarse si las partes están de acuerdo y si el socio sigue cumpliendo con el pago de las cuotas mensuales o anuales. Si la persona deja de pagar o decide no renovar, simplemente pierde el acceso, sin recuperar el monto invertido.
Otra diferencia clave está en el valor económico. La acción tiene un valor capital propio, que puede subir con el tiempo si el club es muy demandado o se vuelve más prestigioso. Es común que estas acciones se negocien en el mercado secundario, es decir, en compra-venta directa entre personas interesadas. Para encontrar compradores o vendedores, muchas familias recurren al boca a boca, grupos de WhatsApp, redes sociales o recomendaciones dentro del mismo círculo social, lo que crea un pequeño mercado informal alrededor de estas acciones.
Con las membresías, ese valor capital prácticamente no existe. El dinero que se paga funciona como un canon por el uso del club: se paga la cuota de ingreso (si la hay) y las mensualidades, pero ese monto no se recupera ni se revende después. Es similar a arrendar una casa o comprarla: el arrendatario disfruta del espacio mientras paga, pero no puede vender ese contrato como un activo a otra persona.
Un ejemplo sencillo ayuda a verlo mejor: imaginemos a una familia en Heredia que compra una acción en un club con campo de golf, piscina y canchas de tenis. Pagan una suma fuerte al inicio, la inscriben a nombre del padre y, 20 años después, cuando sus hijos ya son adultos, pueden traspasarles la acción o venderla a otra familia interesada, tal vez incluso a un valor mayor al que pagaron en un inicio. En cambio, otra familia decide optar por una membresía en un club diferente: paga una cuota de ingreso moderada y una mensualidad para usar el gimnasio y la piscina durante tres años. Al terminar ese periodo, si ya no quieren seguir, dejan de pagar y listo; no tienen nada que vender ni heredar, pero tampoco inmovilizaron tanto capital al inicio.
Al final, elegir entre acción y membresía suele depender de la visión que tenga la familia. Quienes buscan un compromiso a largo plazo, ven el club como una extensión de la casa y piensan en dejar algo a sus hijos, tienden a inclinarse por la acción. Quienes prefieren flexibilidad, no quieren atarse a un solo club o no pueden o no desean hacer una inversión grande de entrada, suelen optar por la membresía, aun sabiendo que ese dinero no se recuperará como un activo revendible.
Otros requisitos de ingreso
Además del pago de la acción o membresía, los clubes tienen otros requisitos para permitir nuevos miembros. Los requisitos más comunes son por ejemplo tener una constancia de ingresos, recomendaciones de otros socios activos e incluso hoja de delincuencia.
Hay clubes donde los interesados tienen que someterse a entrevistas con representantes de las juntas directivas para dar el visto bueno o no a los nuevos miembros. Cada organización tiene sus reglas particulares, por ello lo ideal es que, en caso de interés, se revisen los sitios web, estatutos y reglamentos de cada club.
Hay que tomar en cuenta también que la compra de acciones o membresías no solamente beneficia al comprador; también esa sombrilla cubre a familiares cercanos —como hijos, pareja, padres e incluso suegros del accionista—. Al igual que las condiciones de ingreso, cada club tiene sus requisitos para los núcleos familiares.
La infraestructura de los clubes sociales en Costa Rica ofrece un ecosistema integral que combina el deporte de alta competencia, el bienestar físico y el esparcimiento social bajo un mismo techo. En el ámbito deportivo, estas instituciones se han consolidado como los principales centros de entrenamiento para disciplinas de raqueta, ofreciendo decenas de canchas de tenis (tanto al aire libre como techadas), ráquetbol, squash y la reciente incorporación de pistas de pádel.
El componente acuático es igualmente robusto, con una oferta que abarca desde piscinas olímpicas y semiolímpicas para entrenamiento técnico hasta piscinas recreativas equipadas con toboganes, jacuzzis y áreas de clavados. Para quienes buscan el contacto con la naturaleza, los clubes disponen de extensas áreas verdes que suman hectáreas de senderos para caminatas, viveros, capillas y zonas de picnic con ranchos para parrillas.
La experiencia se extiende al bienestar y la relajación mediante gimnasios, salas de masajes, saunas, y servicios especializados de fisioterapia. El perfil ejecutivo y social también está cubierto con una amplia gama de salones para eventos, salas de lectura, cavas y espacios de coworking. Finalmente, la oferta gastronómica es sumamente diversa, integrando desde comedores formales con menú a la carta y servicios de catering hasta cafeterías, bares y locales de comida rápida, permitiendo que el usuario encuentre soluciones tanto para la vida familiar como para los negocios.
En conjunto, los country clubs costarricenses no solo representan espacios de recreación y deporte, sino también un espejo de las transformaciones sociales, urbanas y económicas del país. En ellos convergen aspiraciones de bienestar, pertenencia y prestigio, pero también debates sobre acceso, exclusividad y desarrollo urbano. Así, más allá de sus canchas y piscinas, estos clubes reflejan la manera en que las familias costarricenses construyen hoy sus formas de convivencia, ocio y comunidad en una sociedad cada vez más diversa y dinámica.

