Este 16 de junio de 2026, Costa Rica perdió uno de sus referentes culturales más longevos: la Librería Lehmann cerró definitivamente sus puertas después de 130 años de historia ininterrumpida.
Lo que comenzó en 1896 como una modesta librería católica fundada por un inmigrante alemán sobrevivió a dos guerras mundiales, deportaciones, confiscaciones, décadas de litigios judiciales y la revolución digital, hasta que las condiciones del mercado ya no dieron más. Su historia es, en muchos sentidos, la historia cultural de Costa Rica misma.

El hombre detrás del nombre: Antonio Lehmann Merz
Antonio Lehmann Merz nació en 1871 en Alemania, en el seno de una familia de agricultores. Lejos de seguir el campo, encontró su vocación entre libros y papel: se formó como librero y editor al servicio de la Editorial de Benjamín Herder, una de las casas editoriales católicas más importantes de Europa.
Su camino hacia Costa Rica no fue directo. En 1892 viajó a Quito, Ecuador, donde fundó una librería y estableció una estrecha colaboración con el obispo Pedro Schumacher en labores diocesanas. Sin embargo, en 1895 una revolución liberal desató una persecución contra religiosos y colaboradores extranjeros, obligando a Lehmann a buscar nuevos horizontes. Fue entonces cuando Bernardo Augusto Thiel, segundo obispo de Costa Rica, lo invitó a establecerse en San José.
Lehmann Merz llegó a un país pequeño pero con una élite letrada que valoraba la cultura impresa. Con el respaldo espiritual y material del obispo Thiel y de los padres paulinos, adquirió equipo de imprenta y en 1896 fundó la Librería Católica, instalada en una vieja casa en la calle 4, entre avenidas 2 y 4. El negocio comenzó con apenas cuatro empleados que vendían libros religiosos y científicos importados, rosarios, papelería y material de oficina, mientras la imprenta producía breviarios y materiales eclesiásticos para la Iglesia.
De Librería Católica a Librería Lehmann
El crecimiento fue sostenido. En 1904, el negocio se trasladó a la Avenida Central, entre calles Central y 2, donde amplió su catálogo hacia literatura general, material didáctico y artículos de librería. Fue en ese período que se sumaron colaboradores clave, entre ellos Federico Sauter, un técnico llegado desde Alemania para asumir la administración del negocio.
En 1912, Lehmann Merz regresó a Alemania con su familia para educar a sus hijos en el oficio editorial europeo, según la tradición centroeuropea de la época. Durante su ausencia, los colaboradores tomaron decisiones que resultarían históricas: adquirieron un terreno en la Avenida Central entre calles 1 y 3, y entre 1916 y 1917 construyeron un edificio propio. El inmueble fue diseñado por el arquitecto costarricense Jaime Carranza Aguilar —quien había estudiado en Hamburgo— y decorado por el catalán Gerardo Rovira, con molduras, guirnaldas e inscripciones en un estilo neoclásico que lo convirtió en uno de los edificios más elegantes del centro josefino.
Con Sauter al frente en ausencia del fundador, el negocio fue rebautizado como Librería Lehmann-Sauter y Compañía. Cuando el hijo del fundador, Antonio Lehmann Ringwald, regresó en 1932 y compró la parte de Sauter, la empresa se consolidó como Librería Lehmann a secas, y su imprenta comenzó a producir masivamente los textos de enseñanza para las escuelas costarricenses, distribuyendo también a mercados internacionales. La librería dejó de ser un comercio de curiosidades culturales para convertirse en un pilar del sistema educativo nacional.

La Segunda Guerra Mundial: el golpe más injusto
En pleno apogeo comercial, la historia dio un giro brutal. Al declarar Costa Rica la guerra a los países del Eje en diciembre de 1941, el gobierno de Rafael Ángel Calderón Guardia desató una campaña de persecución contra los ciudadanos de origen alemán, italiano y japonés residentes en el país. La Librería Lehmann, propiedad de una familia alemana, quedó en la mira.
Ante el riesgo inminente de confiscación, los Lehmann tomaron medidas de protección: traspasaron las acciones de la empresa al médico de confianza Antonio Peña Chavarría, y transfirieron el edificio al sacerdote alemán Enrique Kern. La lógica era simple: si los bienes estaban en manos de terceros de confianza, no podrían ser expropiados. El plan, sin embargo, salió terriblemente mal.
En octubre de 1942, Antonio Lehmann Ringwald fue expulsado del país y enviado a campos de internamiento para ciudadanos del Eje en Estados Unidos, junto con otras familias alemanas que habitaban Costa Rica. El texto de la declaratoria de Patrimonio Histórico del edificio resume el drama con precisión: “Sus propietarios originales —de ascendencia alemana— fueron expulsados de nuestro país desde octubre de 1942 hasta julio de 1946, a un campo de concentración en Estados Unidos, viéndose obligados a pasar el edificio a manos de un tercero, perdiendo posteriormente la titularidad de la propiedad; pasando de ser propietarios reales a arrendatarios de la edificación”.
Durante la guerra, la librería quedó bajo control de terceros y operó bajo el nombre de Librería Atenea. El sacerdote Kern, quien custodió el inmueble, fue también expulsado del país en 1943. A su regreso en 1946, transfirió la propiedad nuevamente, pero antes de morir en 1951 la dejó en herencia a doña María Ramírez Sáenz, quien a su vez la donó al sacerdote Carlos María Ulloa, fundador del Hogar de Ancianos que lleva su nombre. La cadena de traspasos fue irreversible: el edificio que los Lehmann habían construido con sus propios recursos nunca volvería a sus manos.
La familia Lehmann recuperó las acciones de la empresa en 1954, pero el inmueble quedó definitivamente en manos del Hogar Carlos María Ulloa. Así, durante décadas, la Lehmann pagó un alquiler para ocupar el edificio que ella misma había levantado.
Una empresa que creció más allá de los libros
Lejos de sucumbir a esa injusticia histórica, la familia Lehmann construyó una empresa comercial sólida durante el siglo XX. La imprenta fue durante décadas el corazón productivo del negocio, publicando no solo libros sino también los textos escolares oficiales que usaban los niños costarricenses en las aulas. Esta posición estratégica como proveedor del sistema educativo fue, durante mucho tiempo, la base financiera que sostuvo todo lo demás.
Con los años, la librería se diversificó ampliamente: además de libros, comercializaba artículos de papelería y oficina, material para arte y manualidades, juguetes educativos, discos y, más tarde, equipo de cómputo. Este modelo de tienda de cultura y artículos escolares resultó exitoso en un país con alta escolaridad y una clase media ávida de cultura.
En su período de mayor expansión, la Lehmann operó varias sucursales en el Gran Área Metropolitana. En 2013, cuando cumplió 117 años, celebró su aniversario abriendo una nueva tienda en el complejo comercial Expresso Tibás, apostando por el formato de centros comerciales que dominaba el comercio costarricense en ese momento. Contaba además con locales en Plaza Mayor (Rohrmoser) y en otros centros comerciales, además de su sede histórica en el centro de San José.
El largo litigio por el edificio propio
La disputa legal por el edificio de la Avenida Central se formalizó en 1979, aunque sus raíces se remontaban a décadas anteriores. El conflicto fue escalando con el paso de los años: en el año 2000 surgió una nueva tensión por el incremento de la renta, y la situación volvió a agudizarse en 2017, cuando un aguacero bloqueó las tuberías del techo, causó el colapso parcial de la estructura y generó pérdidas millonarias de inventario.
La Lehmann retuvo el pago de parte del alquiler al Hogar Carlos María Ulloa como protesta por la falta de respuesta en el mantenimiento, mientras el Hogar alegaba que no se siguieron los procedimientos correctos. Los tribunales fallaron en dos oportunidades confirmando que la propiedad pertenecía legalmente al Hogar, y que la Lehmann no tenía derecho sobre el inmueble.
En 2016, el Ministerio de Cultura y Juventud de Costa Rica declaró el edificio como Patrimonio Histórico Arquitectónico y Cultural de la República, reconociendo explícitamente en el texto de la declaratoria su valor como testimonio de las persecuciones de la Segunda Guerra Mundial en suelo costarricense. La protección patrimonial llegó, con ironía, cuando ya era inminente la salida de sus históricos inquilinos.
El 30 de septiembre de 2019, tras 103 años de ocupar aquel edificio, la Librería Lehmann lo desocupó definitivamente. La empresa se trasladó a un espacio más reducido en el edificio contiguo, con entrada por la Calle 3 al costado oeste del Edificio Omni, apenas a unos metros del lugar donde había funcionado por más de un siglo.
La competencia, el mercado digital y el replanteo estratégico
El siglo XXI trajo desafíos que ninguna librería tradicional pudo ignorar. El cambio en la dinámica del mercado educativo —con el Ministerio de Educación distribuyendo textos de manera directa, restando el papel intermediario de las librerías— fue un golpe severo para el modelo de negocio de la Lehmann. La competencia de plataformas digitales, libros electrónicos y fotocopiadoras erosionó aún más su base de clientes.
En 2015, El Financiero reportó que la empresa replanteaba su estrategia, apostando hacia la especialización y tratando de diferenciarse de las cadenas de librerías mediante una propuesta más enfocada en artículos culturales y materiales de arte. Fue una apuesta tardía frente a competidores que operaban con mayor escala y respaldo financiero.
La Librería Internacional se consolidó como su principal rival, expandiéndose agresivamente con locales en los centros comerciales más importantes del país. La diferencia de escala y capitalización entre ambas empresas se hizo cada vez más evidente. Mientras Lehmann cerraba sucursales, Internacional abría nuevas tiendas.
La contracción del negocio se aceleró a partir de 2019. La pérdida del edificio patrimonial fue el primer y más simbólico golpe, pero no el último. La sucursal de Plaza Mayor en Rohrmoser, una de las más activas, cerró sus puertas en años posteriores, eliminando la presencia de Lehmann en uno de los centros comerciales más concurridos de San José.
La sucursal de Tibás también desapareció del mapa comercial, y la empresa quedó reducida a su único punto de venta en el centro de San José: una operación mínima comparada con la cadena de múltiples locales que había sido en sus mejores años.
El capítulo más simbólico del declive de la Lehmann se escribió en 2025. Tras la salida de la tienda de ropa ETA Fashion, que había ocupado el edificio histórico después de que Lehmann lo desocupara en 2019, el inmueble patrimonial tuvo un nuevo inquilino: la Librería Internacional inauguró allí en marzo de 2025 su local más grande, de 1.000 metros cuadrados.
El edificio que Antonio Lehmann Merz había mandado a construir en 1916, que los Lehmann perdieron como consecuencia directa de las injusticias de la Segunda Guerra Mundial, y por cuyo uso habían pagado alquiler durante décadas, pasó a albergar a su mayor competidor comercial. La ironía histórica difícilmente podría ser más densa.
La Librería Lehmann dejó una huella que va mucho más allá del comercio. Fue el negocio donde generaciones de costarricenses compraron sus primeros libros, donde se vendieron los textos con los que aprendió a leer buena parte del país durante el siglo XX, y donde la cultura impresa encontró durante décadas su mejor escaparate en el centro de San José.

Su historia condensa algunas de las tensiones más profundas de la historia costarricense: la xenofobia de guerra que destruyó familias inmigrantes que habían hecho de Costa Rica su hogar, la lentitud de un sistema judicial que nunca reparó una injusticia evidente, y la presión implacable del mercado moderno sobre los negocios familiares de base cultural.
Desde que Antonio Lehmann Merz abrió su Librería Católica en 1896 hasta que sus descendientes cerraron la última sucursal en 2026, varias generaciones de una misma familia apostaron por los libros como proyecto de vida en Costa Rica. Esa apuesta duró 130 años.

