Este año se cumple el 250 aniversario de dos textos fundamentales: la Declaración de Independencia de Estados Unidos y La riqueza de las naciones, de Adam Smith. Uno convirtió la soberanía popular en la base de la libertad política; el otro contribuyó a que los mercados se convirtieran en la fuerza organizadora central de la sociedad moderna. En medio de una desglobalización acelerada, un cambio climático cada vez más grave, el auge de la IA y una creciente intervención gubernamental, vale la pena volver a examinar a Smith y preguntarnos qué pensaría él de las fuerzas que están forjando la economía mundial.
El concepto de Smith de la “mano invisible”, la idea de que los individuos que persiguen sus propios intereses en mercados competitivos pueden promover el bien común, ofrece una perspectiva útil a través de la cual considerar qué pensaría él sobre la desglobalización. Su famoso ejemplo de la fábrica de alfileres, que ilustraba cómo la especialización en las distintas etapas de la producción aumentaba drásticamente la eficiencia y la producción, es igual de instructivo.
La globalización moderna extendió ideas como el intercambio de mercado y la especialización más allá de las fronteras, impulsando décadas de crecimiento global. Por el contrario, las fuerzas que impulsan la desglobalización van directamente en contra de la creencia de Smith en los mercados competitivos, ya que los aranceles distorsionan el comercio, las barreras regulatorias restringen los flujos de capital y las fronteras cerradas limitan la movilidad laboral (y esto en medio de una crisis migratoria sin precedentes que ha desplazado a más de 100 millones de personas en todo el mundo). Es casi seguro que Smith consideraría el orden económico actual, cada vez más compartimentado, como un lastre para la eficiencia, el crecimiento y la prosperidad.
En lo que respecta al cambio climático, es probable que Smith se reprochara haber subestimado groseramente los costos sociales de la industrialización que sus ideas ayudaron a desencadenar. Si bien la Revolución Industrial generó una inmensa riqueza, Smith no previó sus importantes externalidades negativas, sobre todo la contaminación y las emisiones de gases de efecto invernadero.
Hoy, ante estos problemas, Smith probablemente seguiría favoreciendo los mecanismos basados en el mercado. Es probable que hiciera hincapié en la inversión y en los incentivos en lugar de en una regulación severa, en línea con la idea de Ronald Coase de que definir claramente quién asume los costos de las externalidades, como las emisiones, puede permitir que los mercados encuentren soluciones eficientes.
Smith también se opondría a las prohibiciones generales que restringen la elección individual. En la medida en que sean necesarios los impuestos sobre el carbono, insistiría en que fueran transparentes y estuvieran diseñados para fomentar una producción más limpia en lugar de castigar a los contaminadores.
Si bien Smith acogería con agrado el potencial de la IA para impulsar la productividad y el crecimiento económico, le preocuparía el creciente poder de mercado de las grandes empresas tecnológicas. Como crítico feroz de las prácticas monopólicas, se mostraba receloso ante cualquier acuerdo que se asemejara a una colusión o a una concentración excesiva. Dado que la mayor parte del valor económico generado por la IA recae en manos de los dueños del capital y no en los trabajadores, también le preocuparía la distribución de esos beneficios.

Smith, que escribió profusamente sobre la cohesión social, probablemente se sentiría consternado por la creciente desigualdad de ingresos y riqueza, y por las disparidades en el acceso a bienes públicos esenciales como la educación y la atención sanitaria. Estas realidades podrían llevarlo a concluir que el papel del gobierno debe evolucionar para abordar los desequilibrios que los mercados por sí solos no pueden corregir.
En particular, en un mundo en el que las máquinas generan enormes cantidades de riqueza sin crear suficientes puestos de trabajo, el Smith de hoy podría abogar por trasladar una mayor parte de la carga fiscal a las empresas altamente productivas, al tiempo que se refuerzan las redes de seguridad social. También podría otorgarle al estado una mayor libertad para financiar bienes públicos mediante la tributación, intervenir cuando los mercados fallan y proteger la competencia.
En ciertos sectores, como el de la defensa, Smith podría incluso aceptar una inversión gubernamental limitada cuando los mercados no puedan proporcionar capacidades esenciales. Pero no llegaría al extremo de convertir al estado en el árbitro principal del capital y del trabajo. Su instinto sería preservar el papel central de los mercados siempre que fuera posible.
A menudo se retrata a Smith como el defensor original del capitalismo sin restricciones, un pensador que creía que los mercados podían resolver todos los problemas. Pero esto es una caricatura de sus ideas. Smith fue, ante todo, un pragmático. Aunque creía que las sociedades debían recurrir en primer lugar a los mercados en busca de soluciones, también reconocía sus límites, una visión moldeada en parte por los excesos financieros y las manías especulativas que provocaron las burbujas del Mississippi y de los Mares del Sur a principios del siglo XVIII.
Asimismo, las ideas económicas de Smith siempre se basaron en una filosofía moral más amplia. Profundamente consciente de las debilidades del comportamiento humano, reconocía la facilidad con la que los individuos pueden distorsionar los mercados mediante el amiguismo, la colusión y el monopolio. Si hoy estuviera vivo, seguiría defendiendo un equilibrio entre los mercados como motor principal de la prosperidad y una supervisión reflexiva destinada a mitigar las externalidades y prevenir un poder de mercado excesivo.
Al enfrentarnos a los desafíos económicos que definen nuestro tiempo, debemos tener presente ese equilibrio: confiar en los mercados cuando funcionan, corregirlos cuando fallan y nunca perder de vista los fundamentos morales que sustentan un sistema económico saludable.
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Dambisa Moyo, economista internacional, es autora de Edge of Chaos: Why Democracy Is Failing to Deliver Economic Growth – and How to Fix It (Basic Books, 2018).