Afortunadamente, hemos empezado a reconocer el valor que tiene la arquitectura en la vida social, económica y cultural de un país. No se trata únicamente de estética. La manera en que organizamos los espacios expresa identidad, condiciona nuestras relaciones y puede facilitar —o dificultar— la vida cotidiana.
Costa Rica cuenta con ejemplos notables. Ronald Zürcher nos ayudó a pensar en grande cuando las cadenas hoteleras internacionales comenzaron a invertir en el país. Su arquitectura no intentó importar un paisaje ajeno, sino interpretar el nuestro. Bruno Stagno, nacido en Chile pero radicado hace décadas aquí, comprendió con extraordinaria sensibilidad nuestras condiciones topográficas y climáticas, y desarrolló la influyente escuela de Arquitectura Tropical.
La arquitectura reúne sensibilidades que pocas profesiones igoran combinar. Exige creatividad artística para trabajar materiales, proporciones, movimiento y luz, pero también precisión matemática en planos, estructuras y maquetas. Hoy incorpora, además, modelado digital, inteligencia artificial y nuevas tecnologías constructivas.
A esa complejidad, la arquitecta nacional Marcia González nos enseña que se suma la neuroarquitectura: el estudio de cómo los espacios construidos influyen en el cerebro, las emociones y la conducta. La luz natural puede favorecer nuestros ritmos de sueño; el ruido persistente eleva el estrés; la presencia de vegetación contribuye a la calma; y una distribución comprensible reduce la carga mental y facilita la orientación. Un estudio clásico realizado en Estados Unidos observó que pacientes hospitalizados con vista hacia árboles evolucionaban mejor y más rápidamente que pacientes similares en espacios cuyas ventanas daban a una pared.
En el Reino Unido, los Maggie’s Centres han convertido la arquitectura en parte del acompañamiento a personas con cáncer, mediante jardines, luz, escala humana y espacios que favorecen la conversación. En Singapur, hospitales como Khoo Teck Puat integran vegetación, agua y ventilación para crear ambientes menos intimidantes y más restaurativos. Empresas internacionales, por su parte, han comenzado a incorporar iluminación circadiana, áreas de descanso y contacto con la naturaleza para favorecer el bienestar, la creatividad y la productividad.
La oportunidad para Costa Rica es enorme. Escuelas que favorezcan la concentración; hospitales que reduzcan ansiedad; oficinas que mejoren bienestar y productividad; viviendas y espacios públicos que combatan aislamiento y promuevan convivencia. La buena arquitectura no debería ser un lujo ni un detalle posterior. Debe formar parte de la inversión pública, la planificación urbana y los criterios con que medimos el desarrollo. Porque los edificios no solo ocupan espacio: también moldean la forma en que pensamos, sentimos y vivimos.

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Dyalá Jiménez es abogada y se especializa en resolución de disputas internacionales. Es miembro de las más prestigiosas instituciones de arbitraje del mundo, como el Ciadi del Banco Mundial, el Consejo Internacional de Arbitraje Comercial y el Consejo Internacional de Arbitraje para el Deporte. Es exministra de Comercio Exterior y conforma la Junta Directiva de Cinde.