El debate en torno a la fortaleza de nuestra moneda ha tomado un matiz crítico que la narrativa oficial no logra contener. Quienes analizan la macroeconomía nacional bajo los lentes del catastrofismo suelen agitar el fantasma de una devaluación descontrolada o una pérdida total del valor del colón.
Sin embargo, ese diagnóstico es técnicamente incorrecto: con reservas internacionales en máximos históricos y un superávit primario consolidado, Costa Rica no reúne las condiciones para un desplome estructural. El peligro real es mucho más sutil, pero igualmente dañino: una depreciación abrupta y desordenada provocada por las tensiones de la trinidad imposible, combinada con una preocupante rigidez en los precios de la economía real.
El trilema de Mundell-Fleming dicta que ninguna economía puede mantener simultáneamente la libre movilidad de capitales, una política monetaria autónoma y un tipo de cambio fijo o estrictamente administrado. Costa Rica optó por las dos primeras. Por diseño, el tipo de cambio debería flotar libremente. Sin embargo, la masiva intervención del Banco Central de Costa Rica (BCCR) para absorber el exceso de divisas demuestra que el emisor ha intentado, de facto, gestionar un piso cambiario.

Esta distorsión ha sido alimentada por la propia institución; las autoridades del BCCR han admitido formalmente que su política monetaria restrictiva ha influido de forma directa en el comportamiento a la baja del tipo de cambio y en la permanente deflación, validando los reclamos de los sectores productivos sobre el impacto inducido del “súper colón”.
Esta política convirtió al colón en el activo predilecto para el carry trade, atrayendo capitales especulativos que liquidaron sus posiciones en dólares para capturar altos rendimientos locales.
En el momento en que el premio por invertir en colones se reduzca o la percepción de riesgo país cambie, estos flujos “golondrina” exigirán una salida expedita, amenazando con una corrección cambiaria violenta que desarticularía los presupuestos corporativos y golpearía con dureza a los deudores indexados en dólares.
Pero mientras el riesgo financiero madura en los escritorios bancarios, la economía real ya sufre una asimetría intolerable. La teoría económica más elemental dicta que una apreciación cambiaria funciona como un amortiguador de la inflación, abaratando los bienes terminados y las materias primas importadas para trasladar ese alivio directamente al consumidor.
En Costa Rica, este canal de transmisión no funciona. El sector importador y las grandes cadenas de distribución han decidido no trasladar la ganancia cambiaria a las góndolas, capturando una renta desproporcionada.
Los intermediarios compran con un dólar barato y venden bajo la inercia de precios de una economía indexada al dólar caro del pasado.
Esta resistencia a bajar los precios responde a fallas estructurales y a la psicología del mercado local. Por un lado, Costa Rica arrastra estructuras oligopólicas en bienes de consumo masivo, insumos agrícolas y medicamentos, donde la falta de competencia feroz diluye cualquier incentivo para sacrificar márgenes de ganancia.
Por otro lado, los importadores operan bajo un esquema de cobertura empírica: ante la ausencia de un mercado profundo y accesible de derivados financieros (como forwards o swaps) que les permita blindar su riesgo cambiario, las corporaciones transforman el precio en góndola en su única línea de defensa.
Temiendo la depreciación desordenada implícita en el trilema económico, prefieren mantener los precios internos elevados y utilizar el margen extra actual como un fondo de autoprotección informal.
Todo esto, mientras los costos logísticos locales, los salarios y los servicios públicos —que se pagan en colones— absorben parte de los beneficios teóricos del tipo de cambio.
Aceptar un colón fuerte sin una caída proporcional en el costo de la vida es el peor de los mundos posibles. Es asumir los costos del desempleo agrícola y de la pérdida de competitividad en el turismo y la exportación tradicional, a cambio de absolutamente nada en la acera del consumidor.
Mientras el sector comercial retiene los beneficios de la apreciación, la riqueza nacional se redistribuye de forma regresiva: desde los sectores productivos de las zonas rurales hacia los eslabones más concentrados de la intermediación.
La parálisis en el canal de transmisión de precios y la especulación defensiva de los importadores no se resolverán con exhortaciones morales ni con controles de precios de corte dirigista. La solución de fondo exige una reforma financiera estructural que dote al tejido empresarial de herramientas modernas de gestión de riesgo.
BCCR y la BNV deben actuar de inmediato
El Banco Central y la Bolsa Nacional de Valores (BNV) tienen la capacidad legal y técnica de transformar el mercado cambiario local, migrando de la actual flotación rústica hacia un ecosistema desarrollado de derivados financieros accesibles.
Esta reforma de coberturas debe articularse bajo tres ejes de ejecución inmediata: primero, la evolución de Monex hacia los derivados, permitiendo la negociación de plazos estandarizados dentro de la plataforma para romper el oligopolio de las ventanillas bancarias. Segundo, la creación de una cámara de compensación centralizada administrada por el BCCR que actúe como contraparte central de liquidación, diluyendo el riesgo de impago y abaratando drásticamente el costo de las garantías para las pequeñas y medianas empresas. Y tercero, el lanzamiento de “futuros del colón” en la BNV a través de microcontratos de bajo valor nominal.
Este cambio requiere conectar de forma eficiente a las Operadoras de Pensiones Complementarias para que el ahorro institucional provea la liquidez y actúe como la contraparte natural de los flujos comerciales.
Garantizar estabilidad cambiaria no radica en mantener un dólar bajo o acumular divisas en las bóvedas del emisor. La verdadera estabilidad económica radica en dotar a los sectores productivos de la capacidad de planificar a largo plazo sin temor a una volatilidad desordenada.
Si el BCCR y la BNV asumen este liderazgo, los importadores ya no tendrán justificación técnica para trasladar sus miedos financieros a las góndolas, y el “súper colón” finalmente se traducirá en un alivio real para el bolsillo de los costarricenses.
La estabilidad macroeconómica es un medio, no un fin en sí mismo; y si el bienestar se queda atrapado en la aduana de los importadores, la política cambiaria pierde su legitimidad social.
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El autor es analista financiero y de valores.