Costa Rica está acumulando riqueza a un ritmo significativo. El patrimonio neto del país alcanzó aproximadamente $333.000 millones en 2025 y podría superar los $457.000 millones hacia 2030. Es una trayectoria positiva, pero también plantea una pregunta más profunda: ¿cómo queremos construir la riqueza del país en los próximos años?
El verdadero valor del patrimonio no está únicamente en cuánto crece, sino también en su composición, su capacidad de resistir distintos ciclos económicos y las oportunidades que ofrece para financiar inversión y crecimiento de largo plazo.
Esta discusión cobra especial relevancia en un momento en que el mapa mundial de la riqueza está cambiando. El Global Wealth Report 2026 de Boston Consulting Group (BCG) muestra que la riqueza financiera global creció 10,7% en 2025, su mayor expansión desde 2021, mientras los mercados emergentes tendrán un papel cada vez más relevante en la creación de nueva riqueza hacia el final de esta década. Costa Rica forma parte de esa transformación.

Una de las características del patrimonio costarricense es el peso que mantienen los activos reales, particularmente los bienes inmuebles. La propiedad ha sido históricamente una herramienta importante para construir y preservar patrimonio, pero un entorno económico más volátil también recuerda el valor de complementar esa base con una mayor diversificación. Combinar activos reales con alternativas financieras permite distribuir riesgos, participar de distintas fuentes de crecimiento y responder mejor a los ciclos económicos.
Los datos muestran que Costa Rica avanza en esa dirección. Los activos financieros pasarían de aproximadamente $84.600 millones en 2025 a cerca de $109.700 millones en 2030. Paralelamente, la riqueza financiera mantenida fuera del país también continuará creciendo durante los próximos años.
Esta evolución tiene implicaciones que van más allá de las decisiones individuales de inversión. A medida que aumenta el patrimonio, surgen nuevas necesidades de asesoría, productos y acceso a mercados. Para Costa Rica, profundizar el mercado financiero, ampliar las alternativas de inversión y fortalecer la educación financiera puede contribuir a que ese crecimiento se traduzca en una base económica más sólida y resiliente.
También supone un desafío para las instituciones financieras. El Global Wealth Report 2026 señala que los mercados emergentes protagonizarán una parte relevante de la próxima ola de creación de riqueza. Capturar esa oportunidad requerirá evolucionar desde modelos centrados principalmente en depósitos hacia propuestas más amplias de gestión patrimonial que acompañen las distintas etapas de acumulación, inversión y preservación del patrimonio.
La tecnología acelerará esa transformación. La inteligencia artificial ya está modificando la gestión patrimonial a escala global, desde la elaboración de planes financieros hasta el análisis de portafolios y la atención al cliente, haciendo posible una asesoría más eficiente, personalizada y escalable.
Costa Rica tiene razones para mirar hacia adelante con optimismo. Las proyecciones muestran un país que continuará acumulando patrimonio, pero la oportunidad no consiste solamente en alcanzar una cifra mayor. Consiste en construir una riqueza mejor preparada para el futuro: más diversificada, más resiliente y respaldada por un ecosistema financiero capaz de evolucionar junto con ella.
Porque el éxito económico de un país no se mide únicamente por cuánto patrimonio logra acumular, sino también por su capacidad de convertirlo en inversión, crecimiento y bienestar sostenible para las próximas generaciones.
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Joaquín Valle del Olmo, Managing Director and Senior Partner, Boston Consulting Group (BCG)