La figura del CEO o de altos ejecutivos suele asociarse con el éxito: grandes ingresos, viajes, vacaciones de ensueño, reconocimiento y la impresión de tener la vida bajo control. Desde fuera parece una posición envidiable. Sin embargo, la realidad muchas veces es distinta. Muchos viven bajo enorme presión, duermen poco, toman decisiones durísimas, sufren por la ansiedad y, en ese camino, a veces descuidan su propia vida o su familia. La distancia entre la imagen pública y la experiencia interior puede ser grande.
Una persona calificada como un prestigioso profesional se me acercó recientemente para conversar. Después de unos minutos dijo algo que he escuchado muchas veces: “En el trabajo todo parece ir bien. Gano bien, tengo una familia bonita, nunca imaginé que tendría tanta gente a mi cargo. Pero esta no es la vida que quiero vivir”.
Días después, un gerente de una empresa describía una escena frecuente. Llega del trabajo completamente agotado. Tiene tan poca energía que apenas puede conversar con su esposa o jugar con sus hijos. Para desconectar, enciende el televisor. Tres o cuatro horas frente a la pantalla. Casi todos los días. “Vivo fundido y así llego al trabajo,” decía.
Con una persona más joven la conversación tomó otro rumbo. “¿Cuánto tiempo pasas conectado a redes sociales mientras trabajas?” Le preguntamos. Nos miró con sorpresa y respondió: “La pregunta no es cuánto tiempo estoy conectado… sino cuándo no lo estoy”. Vive medicado y lleno de ansiedad.
Un director financiero hablaba de las heridas que arrastra desde la infancia: un padre alcohólico, violencia en la casa, recuerdos que siguen pesando décadas después. A veces no duerme, aún pasados muchos años.
Una talentosa ejecutiva relataba su propia historia: “Un día mi esposo se fue. Nos dejó a mí y a mis hijos. Nadie lo vio venir. La nuestra parecía una familia normal. Nunca habló de sus preocupaciones o si tenía un problema conmigo. Simplemente se fue”. Su voz se quebraba mientras hablaba.
En el fondo de muchas conversaciones aparece una pregunta que las personas formulan casi en voz baja: ¿Qué me pasa que no logro entender lo que me pasa ni lo que le pasa a los otros? Simplemente no entiendo. Y, sobre todo: ¿Qué salida puede haber para una vida que empieza a sentirse así?
Una conversación que empezó hace 2.500 años
Hace más de dos mil quinientos años los filósofos griegos iniciaron una conversación profunda sobre cuál es la mejor manera de vivir la vida.
Se preguntaban: ¿Cómo se alcanza la felicidad? ¿Cuál es la mejor vida que puedo vivir? ¿Depende la felicidad de nuestras decisiones o es cuestión de suerte?
Aristóteles utilizó una palabra griega que se volvió central en esa reflexión: “eudaimonia”. Suele traducirse como felicidad, pero su significado tiene mayor hondura. Para Aristóteles la verdadera felicidad era el resultado de una vida bien vivida, plena, una vida que encuentra sentido y deja huella, una vida lograda.
Con el paso de los siglos esa conversación continuó hasta llegar a las Ciencias Sociales en el siglo XX. De esa evolución ha surgido en las últimas décadas un campo de investigación que está creciendo rápidamente: Human Flourishing en inglés, o florecimiento humano.

Los seis pilares del florecimiento humano
Las investigaciones actuales sobre Human Flourishing proponen observar seis ámbitos que influyen de manera decisiva en la calidad de vida de las personas:
- Felicidad y satisfacción con la vida
- Salud física y mental
- Sentido y propósito
- Carácter y virtud
- Relaciones cercanas: familia y amistades
- Estabilidad material y financiera
Son ámbitos que interactúan entre sí. Cuando alguna de ellas se debilita, las demás también pueden resentirse. Más que una fórmula, estos seis ámbitos funcionan como un mapa que ayuda a orientar la búsqueda de una vida más plena.
En los últimos años hemos tenido la oportunidad de conversar con investigadores de Harvard y Baylor y con algunos que lideran estos estudios en otras instituciones. Al mismo tiempo, cientos de conversaciones personales con ejecutivos, profesionales, y padres y madres de familia en distintos países permiten observar algo llamativo: el malestar humano muchas veces nace de una vida que perdió su norte. No logran contestar el “para qué” de sus acciones.
Redescubrir el mapa de la propia vida
En distintos encuentros o conferencias realizados recientemente en países como El Salvador, Honduras, y Costa Rica muchos han descubierto que algunas de las heridas que arrastran durante años tienen que ver con no haber pedido perdón o no haber perdonado, con haber hecho sufrir a los seres queridos, con no haber sabido controlar el carácter, con haber tomado decisiones sin pensar en profundidad y luego vivir arrepentidos.
Otros reconocen que su vida se fue llenando de activismo, ruido, distracciones, hasta perder orden, dirección y extraviarse completamente.
Aparece un patrón frecuente en cantidad de conversaciones: muchos no tienen con quién hablar de estas cuestiones profundas. A menudo solo encuentran ayuda cuando acuden a un psicólogo o a un psiquiatra, cuya labor es valiosa y necesaria en muchos casos. Sin embargo estamos convencidos de que grandes inquietudes humanas empiezan a aclararse cuando las personas encuentran un espacio de conversación sincera, valiente, comprensiva, donde puede mirar su vida con más perspectiva.
Pero también descubren que es posible recuperar el rumbo cuando vuelven a preguntarse por el sentido de su vida y por sus verdaderas prioridades y trabajarlas.
Cada vez más organizaciones con las que trabajamos comprueban que cuando las personas encuentran mayor sentido en lo que hacen, cuando sus relaciones mejoran y cuando pueden alinear su trabajo con sus valores, no solo aumenta su bienestar personal sino que también crece su capacidad de iniciativa y su despliegue profesional. Es parte de lo que muchos de esos CEO y altos ejecutivos que mencionábamos al inicio también necesitan.
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El autor es Ingeniero Industrial y M. Sc. en Comunicación Social. Es director de Espacios para Reconectar con tu Vida, una iniciativa que acompaña a las personas a trazar una hoja de ruta para vivir y trabajar con mayor sentido y trascendencia.
joaquin.trigueros@ieels.org