Cuando se habla de listas de espera en Costa Rica la discusión suele centrarse en cuántos pacientes esperan una consulta, un examen o una cirugía. No obstante, pocas veces nos preguntamos qué significa realmente esa espera para una persona y qué factores, más allá de la disponibilidad de médicos, contribuyen a que el problema persista.
Eso nos obliga, a mirar mucho más allá de una cifra acumulada en un registro digital, la espera se construye a lo largo de una cadena asistencial en la que intervienen múltiples decisiones, recursos y dependencias. Las personas pueden ingresar al sistema de salud por una consulta en el primer nivel de atención, requerir posteriormente la valoración de un especialista, necesitar un estudio diagnóstico y, finalmente, ser candidata a un procedimiento terapéutico o quirúrgico.
Lo que muchas personas ignoran, es que cada una de las etapas tiene su propia capacidad, sus restricciones y sus tiempos, por lo cual, si uno de los eslabones se retrasa, el efecto se traslada hacia los demás y termina siendo percibido por el paciente como una sola espera, aunque en realidad sea el resultado de múltiples esperas acumuladas.
Desde una perspectiva bioingenieril, esta característica resulta especialmente relevante porque invita a observar el sistema como un proceso y no como una suma de servicios aislados. En ingeniería sabemos que aumentar la capacidad de un componente no necesariamente mejora el desempeño global, si el cuello de botella se encuentra en otro punto.
En un hospital se podría, por ejemplo, ampliar la disponibilidad de consulta especializada; pero, si los pacientes que salen de esa consulta requieren estudios diagnósticos cuya capacidad permanece limitada, el problema simplemente cambia de lugar. Así mismo, incrementar las horas de funcionamiento de un quirófano tendrá un efecto limitado si existen restricciones en imágenes médicas, laboratorio, esterilización, camas, personal o equipamiento médico.
Es así como, la estrategia presentada por la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS) para reducir estas listas, basada en la depuración de registros, la priorización clínica y el fortalecimiento de la gestión, representa un avance importante. No obstante, existe un componente que pocas veces forma parte del debate público: la disponibilidad y gestión de la tecnología utilizada para diagnosticar y tratar a los pacientes.
Como bioingeniero, considero que también debemos preguntarnos cuántos equipos médicos están realmente disponibles y operando cuando los pacientes los necesitan, pensemos en una persona que esperó ocho meses para una resonancia magnética. Organizó su trabajo, viajó desde otra comunidad y llegó puntualmente a su cita con la esperanza de obtener, por fin, un diagnóstico. Al ingresar al servicio, recibe una noticia inesperada, el equipo presentó una falla y se encuentra a la espera de un repuesto que llegará en 45 días, por lo cual, el examen deberá reprogramarse para una fecha aún sin definir.
Debido a lo anterior, el paciente no percibe únicamente que un equipo dejó de funcionar, siente que su tratamiento, su tranquilidad y su proyecto de vida vuelven a quedar en pausa. Esa realidad, que puede repetirse en distintos servicios de salud, demuestra que la disponibilidad tecnológica también tiene un impacto directo sobre las listas de espera.

La tecnología en salud no puede verse únicamente como un conjunto de equipos, constituye una infraestructura crítica cuya disponibilidad influye directamente en la capacidad de respuesta de nuestro sistema de salud. Es ahí donde, una adecuada gestión tecnológica, acompañada de mantenimiento oportuno, renovación planificada, monitoreo de indicadores y análisis de fallas, permite reducir interrupciones y aprovechar mejor los recursos existentes.
Si a eso se le suma el enorme potencial de la inteligencia artificial y la analítica de datos para predecir la demanda de servicios, optimizar la programación de citas, anticipar fallas en equipos médicos, identificar cuellos de botella y apoyar la toma de decisiones basada en evidencia. Estas herramientas ya forman parte de los sistemas de salud más avanzados y demuestran que la innovación también puede contribuir a disminuir los tiempos de espera.
Las listas de espera son un problema complejo que no se resolverá con una única medida, requieren del máximo aprovechamiento de los especialistas disponibles, infraestructura adecuada, inversión sostenida y el uso estratégico de la tecnología biomédica. Pero especialmente exigen que todos los actores involucrados trabajen de manera coordinada: autoridades sanitarias, personal asistencial, gestores hospitalarios, ingenieros, profesionales en tecnologías de la información, industria, universidades y centros de investigación.
En este punto, la bioingeniería aporta principalmente una forma de pensar, al permitir el análisis de sistemas complejos, identificar interdependencias, medir desempeño, diseñar soluciones y evaluar resultados. No se trata de desplazar otras disciplinas, sino de incorporar herramientas de ingeniería a un problema que requiere necesariamente conocimiento clínico, gestión tecnológica, economía y comprensión de las necesidades de los pacientes.
Reducir las listas de espera no depende únicamente de incrementar la producción de consultas o cirugías, se debe construir un sistema de salud donde las personas, los procesos y la tecnología funcionen como un solo engranaje. Solo mediante una visión integral, colaborativa y sincronizada será posible ofrecer una atención más oportuna, eficiente y centrada en quienes realmente importan: los usuarios de los servicios de salud.
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El autor es decano de la Facultad de Bioingenierías de Ucimed.