Tras declarar que el ejército iraní “ha desaparecido”, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, pidió a Gran Bretaña, Francia, Japón y Corea del Sur -así como a China, socio estratégico de Irán- que enviaran dragaminas y fuerzas navales para reabrir el estrecho de Ormuz. Ante la reticencia de los aliados, la petición se convirtió en una advertencia: la OTAN se enfrentaría a un futuro “muy sombrío” si se negaban a hacerlo.
La opinión generalizada es que Trump se enfrenta a un problema de credibilidad: tras haber pasado años insultando a sus aliados, se da cuenta de que estos no acudirán en su ayuda cuando los necesite. Eso es cierto, pero es una visión superficial, como si un colapso estructural pudiera deberse a sentimientos heridos. Hay algo más fundamental en juego.
Analicemos lo que realmente implican esas negativas. El ministro de Defensa alemán, Boris Pistorius, lo expresó con claridad: “Esta no es nuestra guerra; nosotros no la hemos iniciado”. Francia, España, Italia y Japón respondieron de manera similar. No se trata simplemente de que estos gobiernos guarden rencor. Lo que manifiestan es que Trump inició una guerra sin consultarles, una guerra que ya les está costando muy cara -el petróleo por encima de 100 dólares el barril, los mercados de seguros paralizados, las cadenas de suministro interrumpidas, las fuerzas expuestas a represalias iraníes- y ahora les exige que asuman también sus riesgos militares.
Es como si Trump no hubiera pagado el seguro contra incendios y luego hubiera presentado un reclamo por un incendio que él mismo provocó, sin avisar al vecindario. Ahora los vecinos le están aplicando su propia lógica.
Esa lógica refleja la crítica de Trump al sistema de alianzas de la posguerra. La crítica clásica -habitual entre la izquierda, los realistas y los antiimperialistas- sostenía que la OTAN y el orden internacional liberal nunca estuvieron a la altura de lo que prometían. El discurso de los valores compartidos no era más que una cortina de humo para encubrir el dominio estadounidense.

Según la versión de Trump, sin embargo, Estados Unidos no era el administrador del sistema, sino su víctima. Los estados más débiles se aprovechaban de la protección, los recursos y el riesgo militar de Estados Unidos, aportando poco a cambio. El “orden basado en reglas” no era un mecanismo para promover los intereses estadounidenses. Era una estafa. El defecto fatal de las guerras de Estados Unidos en Irak y Afganistán no fue la incompetencia, sino el altruismo: Estados Unidos derramó sangre y gastó dinero sin obtener nada tangible a cambio. La estrategia de Trump para Venezuela representa la lección aprendida. Olvidémonos de la democratización. Quedémonos con el petróleo.
Esto no es cinismo en el sentido convencional. Un cínico da por sentado que el lenguaje moral encubre el interés propio. Trump sugiere lo contrario: la sinceridad de Estados Unidos era precisamente el problema. El orden liberal no era una máscara, sino una ilusión que había que descartar, no gestionar. Algunos comentaristas le han reconocido una suerte de franqueza radical, al admitir abiertamente que la política es transaccional y que los valores compartidos siempre fueron una ficción amable.
Ese diagnóstico no es del todo erróneo. Pero decir que Trump está dejando atrás la hipocresía es confundir lo que realmente ha descartado. El hipócrita persigue sus propios intereses en privado, mientras que en público profesa valores compartidos. Lo que Trump ha repudiado es más fundamental: la disposición a tratar a los socios de forma justa porque se necesitará su cooperación en el futuro.
Este tipo de reciprocidad no es una máscara para ocultar el interés propio. Es una estrategia a largo plazo para obtener la cooperación de partes a las que no se les puede simplemente dar órdenes. Lo que Trump ha descartado no era un disfraz, sino una actitud. El cierre del estrecho de Ormuz es el reflejo de esa actitud descartada: un sistema que en su día convirtió el poder militar y económico bruto en cooperación organizada entre estados.
La creación de alianzas, entendida correctamente, es una forma de preparación para emergencias. Estar presente cuando hay poco en juego, proporcionar beneficios antes de que se necesiten con urgencia y tratar a los socios como tales, en lugar de aprovecharse de ellos, crea una reserva de buena voluntad a la que se puede recurrir cuando estalla una crisis. Esta lógica no es sentimental; es actuarial. Se pagan primas cuando no se necesita cobertura, porque para cuando se necesita, el plazo de pago ya habrá expirado.
Cuando Gran Bretaña sugirió que podría desplegar buques una vez superado el peligro inmediato, Trump protestó argumentando que los necesitaba antes de la victoria, no después. Tiene razón. Pero no podía disponer de ellos entonces porque hacía tiempo que había agotado los recursos de los que se obtienen tales compromisos. Cuando estalló la crisis, recurrió instintivamente al lenguaje de la obligación de alianza -el mismo vocabulario que había pasado años criticando-. Incluso Trump entiende, en cierto modo, que la mera capacidad militar no puede sustituir a la cooperación organizada.
La lección que han extraído los aliados es aún más trascendental. El sistema de alianzas funcionó en parte porque creó normas que limitaban a todas las partes, incluidos los posibles oportunistas. Una vez que la potencia hegemónica adopta abiertamente una lógica puramente extractiva, habilita a todos los demás a razonar de la misma manera. Cuando Pistorius dice “nosotros no hemos iniciado la guerra”, no está traicionando a Trump. Ha aprendido de él. Los aliados no han abandonado la lógica del apoyo mutuo; han adoptado la alternativa que propone Trump.
Esto hace que el trato de Trump hacia Rusia resulte aún más revelador. Mientras reprendía a Francia y Alemania por no enviar buques de guerra, a Trump se lo interrogó sobre los informes de que el presidente ruso, Vladímir Putin, le está proporcionando a Irán información de inteligencia sobre las fuerzas estadounidenses. “Creo que podría estar ayudándolos un poco, sí, supongo, y probablemente él piense que nosotros estamos ayudando a Ucrania, ¿no?”, respondió Trump. “Es como, bueno, ellos lo hacen y nosotros también, para ser justos”. Rusia ayuda a Irán a atacar a soldados estadounidenses, y Trump lo califica de justo -un ojo por ojo predecible- en función del interés propio.
Aquí se revela la arquitectura oculta de la visión del mundo de Trump. A los aliados se les impone una obligación incondicional -estar presentes, cumplir, pagar- mientras que a los adversarios se los exime de responsabilidad gracias a la misma lógica de reciprocidad que Trump les niega a sus amigos. Putin recibe comprensión; el presidente francés, Emmanuel Macron, recibe amenazas. El aliado es el incauto. El adversario, en un sentido perverso, es el modelo.
El sistema multilateral que Trump ha desmantelado no era una trampa tendida por estados más débiles para estafar a una superpotencia crédula. Era una infraestructura -una infraestructura que transformó la capacidad militar en acción coordinada al convertir a socios potenciales en socios reales, y al establecer una definición compartida de lo que constituye “nuestro” problema.
Estados Unidos tenía esa infraestructura. Ahora ya no, porque Trump ha borrado sistemáticamente esa definición compartida, reduciendo el concepto de “nuestro” a “mío”, de modo que cada gobierno hoy calcula sus propios intereses por separado. Lo que llevó décadas construir ha sido demolido en meses. Sus ruinas yacen en el estrecho de Ormuz.
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Stephen Holmes, profesor de Derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad de Nueva York y becario Richard Holbrooke en la Academia Americana de Berlín, es coautor (junto con Ivan Krastev) de The Light that Failed: A Reckoning (Penguin Books, 2019).